domingo, 13 de septiembre de 2009

Espanyols

Llevaba mucho tiempo este breve relato en el disco extraíble, sin encontrar la ocasión para mostrarlo. Hoy es una buena fecha por motivos obvios. Es un relato bastante "sentido" por mi parte y he optado por la emotividad y no por el sarcasmo sutil, como prefiero quizá demasiado a menudo. Al menos ésa era mi intención.
El tema que inspiró este relato fue el último toro de Osborne en El Bruc, Cataluña.




ESPANYOLS

"El animal que canta, que llora y puede echar raíces rememoró sus garras",
del poema Canción primera de Miguel Hernández.



Llegaron por la noche, tratando de ocultar su cobardía y su miseria entre las sombras pero los vio venir de lejos. Centinela sin sueño, su majestuosa figura presidía el horizonte desde que los dorados dedos de la aurora acariciaban su negro perfil hasta que se fundía con la misma noche. Su sola presenciaba daba seguridad al viajero y confortaba al español de paso que, lejos de su casa, recordaba que aquel lugar, toda España era en cierta forma también su hogar, un hogar para convivencia de todos y nunca extraño. A los venidos del otro lado de la frontera daba igualmente la bienvenida

¡Tantos años de leal servicio y habían venido para asesinarle! ¡Tantos años en vela, apostado como sus hermanos de raza, guardando cada uno de ellos un rincón de España, desde las verdes y rocosas montañas hasta los cerros cubiertos por el sempiterno olivar, pasando por los campos de trigo y también allí donde la tierra seca se tostaba desnuda al Sol! ¿Quién vigilaría después de él aquella mediterránea esquina de la piel de toro?

Sintió una tristeza nunca conocida y apuró el negro cáliz de hiel porque el enemigo había llegado y no se traba esta vez de un invasor llegado de tierra extranjera, no. Los enemigos eran compatriotas suyos, hijos que se revolvían contra sus padres y los padres de sus padres y sus ancestros y cuanto amaban. Hijos ignorantes que en su rebeldía analfabeta y sin causa se habían dejado convencer para destruir los símbolos de la misma tierra que los había visto nacer y en cierta forma destruirse a sí mismos.

Sintió, repito, tristeza, que no rencor. La bestia era demasiado noble para ello, una bestia con sangre de aceituna, de vino, de sudor y también -¡ay!- de sangre española, demasiada sangre. Algunos le habían calumniado, intentando hacerle símbolo de una de las dos Españas que habían combatido entre sí. ¡No habían entendido o no querían entender! Lo cierto es que su padre había sido uno de los perdedores, un comunista que había diseñado un logotipo para la bodega de unos británicos que había arraigado en España hasta hacer de ella su hogar. Y el creador había dado algo más que forma -me atrevo a llamarlo espíritu- a su obra como sólo puede conseguir un auténtico creador. El toro de Osborne dejó de vender más que vinos y vendió la esencia de todo un país, si es que es eso posible. Pero nada de eso importaba en la hora más amarga. Le dolía la juventud de sus asesinos, jóvenes atetados con nacionalismo de porro y litrona que vociferaban como una ruidosa jauría al servicio de intereses bastardos. Sintió cada una de sus injurias antes que las patadas y los golpes con que le derribaron. ¡Parecía tan sólido que parecía mantenerse en pie por algún extraño poder y no había más que una estructura de metal!

Crujió la madera como el sollozo de una bestia herida cuando la muchachada bailoteó sobre él, recreándose con el odio histérico que les ahogaba. Rieron con la agonía de la bestia y celebraron aquella “épica” victoria quizá imaginándose almogávares que habían tomado Constantinopla y no como villanos sin valor ni honor que disfrutan con la vejación de un supuesto enemigo que jamás les había deseado ni hecho mal alguno. Olvidaron las gestas -las verdaderas- de sus ancestros para regodearse con crueldad cobarde y victoria que sabía a miseria para ellos y vergüenza para sus padres y compatriotas, especialmente de los nacidos en aquella esquina de España.

-¡Espanyol! -le gritaban entre patadones, haciendo del honor un insulto, y aquello dolió sobremanera a la inanimada bestia y a todos los que nos sobrecoge la mayestática serenidad de su perfil y sentimos la bestia como nuestra.

¿Español? ¡Sí, español desde la tierra que lo sostenía hasta el hálito de sus cuernos de madera, y lo peor es que ellos, ¡ay!, ellos también eran españoles!



domingo, 6 de septiembre de 2009

Rey de reyes

El rey de reyes era el título para los antiguos emperadores de Persia. He aquí un relato que confieso que me dejó bastante satisfecho. Las imprecisiones históricas como confundir al célebre Leónidas con el también rey de Esparta, su suegro Cleomenes están calculadas para que parezca una crónica manipulada...


REY DE REYES

Y ocurrió que en el año trigésimo, según se cuenta desde el ascenso de Darío al trono de los Aqueménidas, el Gran Rey resolvió enviar una embajada al otro lado del mar de los griegos para exigir obediencia de las ciudades que permanecían insumisas. Dos embajadores partieron, pues, a aquel confín del Imperio, ambos ricamente enjoyados, mostrando apenas una pizca del poder del Rey de Reyes a aquellos que seguían ciegos a la luz de Ahura Mazda.

Pero he aquí que de la embajada sólo un esclavo fenicio, conocedor de la lengua de los griegos, regresó para contar su triste historia, y sus ropajes de seda estaban raídos y polvorientos por el largo viaje cuando se postró ante el Rey de Reyes y, tembloroso e inclinando la cabeza hasta tocar el suelo con la frente, se dirigió a Él con los títulos que merece el elegido de Ahura Mazda:

-¡Oh, he aquí el más humilde de tus esclavos, Gran Rey Darío, Rey de Reyes, señor de los arios; hijo del linaje de los Aqueménidas, que son arios; rey de Persia y de Media; rey de Babilonia, de Asiria, de la Bactria y del Indo; faraón de Egipto...


El Gran Rey alzó ligeramente la mano y sólo entonces se interrumpió el esclavo y alzó el rostro lo suficiente para hablar con voz alta y clara, pero sin atreverse a mirar a los ojos del que ha visto la luz de Ahura Mazda. Tal como narró el embajador su relato ha sido escrito aquí por voluntad del Rey de Reyes:

-¡Oh, Gran Rey, este esclavo tuyo viene a darte testimonio de la desventura de nuestra embajada! Comenzaré diciendo que no hubo problema alguno mientras viajamos a través de las tierras que ilumina el Dios verdadero. Sin incidentes viajamos por los caminos de piedra del Imperio hasta la ciudad de Sardes y luego hasta las ciudades de los griegos de la orilla oriental de su mar, que ahora están sometidas a tu gran poder. Desde el camino admiramos la grandeza de tus ciudades y de las provincias bien gobernadas.

>> Pero en cuanto hubimos atravesado el estrecho que los griegos llaman los Dardánelos no hallamos más que miseria, pues aquel estrecho separa los dominios de Su Majestad de la barbarie. Nada hay allí que pueda añadir esplendor a los dominios de los Aqueménidas. La ciudad de Atenas, que es la principal entre los griegos, cabría diez y veinte veces entre los muros de Susa o Persépolis. Los templos en los que guardan las imágenes de sus falsos dioses y de los que tanto se jactan cabrían dentro los sagrados recintos del Dios Ahura Mazda.

>> Tampoco vale gran cosa esa tierra difícil, de costas tortuosas y áridas colinas donde sólo crecen olivos de retorcidos troncos. Apenas hay comunicaciones entre unas ciudades y otras, ni comercio ni intercambio de conocimiento.

>> Menos valen aun sus habitantes, vanos y jactanciosos, soberbios y necios. Siempre en discordia entre sí, su entretenimiento es la conspiración. Los persas enseñamos a nuestros jóvenes a decir la verdad por encima de todas las cosas pero los nobles entre los griegos confían la educación de sus jóvenes a algunos que llaman sofistas y que no son más que charlatanes para los que la sabiduría no es sino demostrar cualquier argumento mediante engaños y retórica vacía.

>> Al dejar Atenas y atravesar la ciudad de Corinto, que es la puerta de la mitad meridional de la Hélade que ellos llaman el Peloponeso, llegamos a la ciudad de Esparta.

El Gran Rey, que no había sabido hasta entonces de aquella insignificante y remota ciudad, exigió saber en detalle sobre tal sitio:

>> Sabe, Gran Rey, que esa Esparta merece más el nombre de aldea que de ciudad y que es más pobre que la menos rica de las capitales de provincia del Imperio. No hay palacios ni grandes templos que la señalen. Ni siquiera la rodean murallas porque los fatuos espartanos alardean de que sus escudos son sus murallas.

>> Sabe, Gran Rey, que si sus edificios son toscos y burdos, más lo son sus habitantes, pues no hay pueblo más estúpido, bárbaro y arrogante que el de los espartanos. A diferencia de los demás griegos, tan aficionados a la intriga y la retórica, los espartanos no saben más que luchar como animales y tienen merecida fama de hoscos y silenciosos. Crían a sus hijos como bestias, sin enseñarles sino a pelearse entre sí. Son obtusos y groseros, y desprecian el menor refinamiento. Dejan que los cabellos les cuelguen largos y se afeitan el bigote pero llevan sin cuidado sus barbas. Son musculosos pero no hermosos, pues muestran las infinitas magulladuras y cicatrices con orgullo. La higiene es desconocida entre ellos.

>> Los espartanos odian a todos los extranjeros y no disimularon su desprecio cuando nos llevaron ante su líder, un tal Leonidas. Nada había en aquel individuo propio de un rey, ataviado con una burda túnica de lana sin adornos como los demás, y como los demás olía a queso rancio, a ovejas y a aceitunas agrias. Olía a griego. Los espartanos lo llaman rey –o diarca, pues tienen dos reyes- pero por su rostro vulgar y sus zafios ademanes se confundiría con un labriego cualquiera.

>> Como los espartanos no construyen palacios, parlamentamos en una de sus plazas sin empedrar. A nuestro alrededor se congregaban espartanos ociosos, envueltos en sus capas rojas, mirándonos con el odio marcado en sus rostros vulgares mientras masticaban algún mendrugo de pan duro o simplemente se espantaban las moscas.

>> -Escucha, Leonidas, rey de los espartanos –habló el principal de tus embajadores con voz clara-, venimos enviados por el Gran Rey para llevar su voluntad hasta el último confín de la tierra.

>> -¿Quién es ese gran rey? -preguntó el tal Leonidas con necedad, y tus embajadores creyeron que podrían mostrarle la luz.

>> -El Gran Rey es el Rey de Reyes, el soberano de la tierra, el que sólo responde ante Ahura Mazda. Los dominios del Gran Rey se extienden hasta los confines del mundo y ahora exige un gesto de buena voluntad de tu ciudad: un puñado de tierra y un poco de agua.

>> -Sabe entonces que los espartanos tenemos nuestros propios reyes y que no obedecemos sino nuestra propia ley.

>> Comprendiendo que hablaban a un necio, intentaron los servidores de Su Majestad ablandarle con la prosperidad de sus dominios. Le hablaron de las largas calzadas que parten de Susa y Persépolis hasta los confines del Caucaso y del Indo; de la grandeza de Babilonia, Ectabana y Nínive, en cuyos mercados se venden y compran mercaderías de todos los países del mundo; de los inmensos beneficios de la paz del Gran Rey y de cómo hasta la última de las provincias del Imperio florece bajo la soberanía de los herederos de Ciro como las mieses brotan del limo del Nilo.

>> Inútil fue su empeño, pues aquel asno no era sino como todos sus embrutecidos compatriotas, orgulloso de su propia miseria. Oh, Gran Rey, os aseguro que nunca pueblo alguno despreció el comercio, el oro y cuanto es bueno y hermoso como el de los espartanos. Antes civilizaréis a los etíopes que, desnudos, cazan elefantes con sus arcos o a los escitas que huelen como los caballos con que cabalgan por la estepa.

>> Entonces las palabras de tus embajadores fueron más duras, comprendiendo que aquellos bárbaros eran como bestias, que no entienden otro argumento que la fuerza. Con estas palabras hablaron al reyezuelo de Esparta:

>> -Sabe, pues, que el Rey de Reyes tiene más soldados en sus ejércitos que hombres y mujeres en todas sus ciudades juntas los griegos de ambas orillas. Soldados de todas las naciones del mundo combaten para el Gran Rey, también griegos que han comprendido el poderío de los Aqueménidas. Pero, por encima de todos, están los soldados que acompañan siempre al Gran Rey, los diez mil elegidos de su guardia personal. Los que luchan para el Gran Rey comparten su generosidad y prosperan a la luz del Aqueménida. Los que osan luchar contra Él no encuentran más que la muerte y después de la muerte los sufrimientos que Ariman les reserva en los infiernos.

>> Tampoco se dejó convencer por estos argumentos. Es más, sólo prestaba atención a medias pues al mismo tiempo acariciaba a su hija, una niña llamada Gorgo. He hablado de los hombres de Esparta pero sepa Su Majestad que esos hombres no son engendrados por mujeres mejores que ellos. Son delgadas y nervudas como varones e insolentes como ellos. Ni siquiera tienen el recato de las otras griegas y sostienen la mirada a los demás hombres y hablan en presencia de sus maridos. Cubren sus cuerpos con negligencia y son impúdicas como burras en celo. Aquella criatura, pues, nos miraba con el fuego de un demonio en sus ojos, abrazando las piernas de su padre como una serpiente que se enrosca en una vid. Su padre le acariciaba los cabellos despeinados con sus manazas de uñas negras.

>> -Papá, ¿cómo permites que un sucio extranjero te hable así?

>> Leonidas sonrió a su serpiente con una torva mueca. Ambos embajadores se sintieron justamente ofendidos porque una muchacha descarada osara hablar así en presencia de los enviados de Su Majestad. El embajador Artaxaxes, mi amo, no se contuvo por más tiempo:

>> -Sabe, rey Leonidas, que no hay mejores arqueros en el mundo que los persas y que los escudos de los griegos no pueden defenderlos. Porque las flechas de los arqueros persas caen tan juntas y apretadas que oscurecen la misma luz del Sol...

>> Entonces se adelantó un espartano, un asno llamado Dienekes:

>> -¡Mejor, entonces lucharemos a la sombra!

>> Todos rieron la broma. Tal es el humor de los espartanos, que no saben reír más que del dolor y la muerte. Sólo cesaron las risas cuando su reyezuelo tomó la palabra.

>> -¿Queréis agua y tierra? ¡Pues la tendréis!

Interrumpió en este punto su relato el embajador. El rostro del Gran Rey era imperturbable cuando prosiguió el esclavo.

-Entonces agarró a uno de los embajadores de Su Majestad y lo levantó en vilo. Su compañero protestaba pero a nuestro alrededor no había sino lanzas y espadas, amenazándonos, sin el respeto que les es debido a los enviados del Gran Rey. Horrorizado, fui testigo de cómo ese miserable llevaba a mis amos hasta la boca del pozo y los arrojaba a su interior con estas palabras:

>> -¡Ahí tenéis toda el agua que gustéis! ¡La tierra la encontraréis al fondo!

>> Sus brutales carcajadas casi no dejaban escuchar los horrorizados gritos de los enviados de Su Majestad. Algunos de los espartanos reían tan violentamente que se revolcaban en el suelo como puercos. El propio Leonidas se apretaba los brazos contra el pecho para contenerse.

>> Temí por mi propia vida pero, en vez de arrojarme al pozo con mis amos, el rey de Esparta me despidió con estas indignas palabras:

>> -¡Ahora ve tú hasta ese gran rey tuyo y dile cuál es la respuesta de los espartanos!

>> He aquí cuánto ha visto y oído este servidor de Su Majestad para dar testimonio de la verdad.

Terminado su relato, el embajador gateó hacia atrás besando el suelo que había pisado el Gran Rey hasta salir de su presencia.

El rostro del Aqueménida permanecía imperturbable como el de una estatua tallada en granito cuando dictó sentencia.

-¡Esto haré, Yo, Darío, el Gran Rey, señor de los persas y de los medos y de todos los pueblos que viven hasta los confines del mundo! ¡Ejércitos como nunca se vieron sobre la tierra llevarán el poder de Ahura Mazda hasta el otro lado del mar y darán ejemplo a quienes osaran burlarse de la palabra de los Aqueménidas! Es la voluntad de Ahura Mazda y mía.

Pero tiempo después, antes de que se hubieran congregado los ejércitos que darían justo escarmiento a los espartanos, dos de aquellos bárbaros osaron venir hasta la misma Persépolis. Se presentaron ante el Gran Rey sin el menor arrepentimiento, renuentes a postrarse ante el trono de los Aqueménidas, y con este arrogante mensaje:

-Venimos desde Esparta para reparar nuestro error. Que el rey de Persia obtenga justicia en nuestras personas y haga ejecutarnos como sea su gusto para reparar la muerte de sus embajadores.

Pero el Rey de Reyes no quiso escuchar más indignidades. Sin dejarse alterar por semejante proposición, respondió el que es justo a los embajadores de Esparta.

-Los Aqueménidas no conseguimos justicia por el asesinato ni intercambiamos unas vidas por otras. Marchaos, pues, a Esparta y decid a vuestros compatriotas que la sangre no se limpia con sangre y que el señor de los arios no aceptará más disculpa que la sumisión al Gran Trono. Tal es la voluntad de Ahura Mazda y mía.

Avergonzados, sin decir una sola palabra más, marcharon los embajadores de Esparta para dar noticia a sus habitantes del terrible castigo que, como rayo que cae en la tempestad, llevaría el Rey de Reyes a cualquiera que se le opusiera hasta en el último rincón de la tierra.



miércoles, 12 de agosto de 2009

Libro recomendado: El águila del Imperio

Mi ausencia ha sido breve y refrescante, no obstante el calor húmedo y sofocante de Almería. Como el verano es largo y queda mucho todavía, me parece que es momento de recomendar un libro para celebrar el descubrimiento de un autor francamente interesante, Simon Scarrow, así como de su saga de Quinto Licinio Cato.



EL ÁGUILA DEL IMPERIO - SIMON SCARROW


Título: El águila del Imperio (2001)
Autor: Simon Scarrow
Género: Novela histórica
Nota: 8.5


Como tantos aficionados a la Historia, tanto a nivel literario como de ensayo, no puedo evitar cierta envidia de los británicos, por el aprecio que sienten por su Historia y que ha sido la piedra angular del destacado papel de los novelistas británicos en el género histórico. Justo es reconocer que no tienen rival en cuanto a novela histórica de aventuras se refiere. Sirvan nombres como Bernard Cornwell, Donal McFrazier o Patrick O'Bryen como excelentes ejemplos de lo que digo.
También es el caso de Simon Scarrow, que ha elegido la conquista de Britania por el ejército romano como escenario para su saga y es que a menudo la literatura y el cine nos han hecho olvidar que detrás del lujo y refinamiento de Roma había un ejército extraordinario, una maquinaria eficiente y al mismo tiempo brutal. No será fácil el adiestramiento para el joven Cato, acostumbrado a la vida de palacio, y Scarrow consigue que el lector se admire de la dura existencia de aquellos hombres, que ajenos a la relativa abundancia del Imperio que defendían vivían en una tradición casi espartana. También que el lector se entretenga de principio a fin con las aventuras del joven Cato y del veterano centurión Macro.

Scarrow parece más un hombre de acción que un profesor de historia por el talento que demuestra al convertir la Historia en algo vibrante y enganchar así al lector. Hacía tiempo que no me divertía tanto con una novela histórica y de aventuras, así que sólo puedo lamentar que los buenos libros como éste se lean tan deprisa. El siguiente libro de Scarrow espera en mi mesa mientras escribo esta reseña...

lunes, 13 de julio de 2009

Mensajero de muerte

Aunque prefiero la ciencia ficción más reflexiva, esta vez toca un relato de acción espacial. Tengo pensamiento de continuar el relato pero de momento me ha parecido más o menos entretenido para colocarlo en el blog.



MENSAJERO DE MUERTE



Pulsó un botón y tres millones de seres inteligentes dejaron de respirar la atmósfera rica en oxígeno del planeta. Pulsó otra vez el mismo botón y fueron siete millones, al menos según las estimaciones del ordenador de la nave, que no se tomó la molestia de observar porque cada segundo era vital. Había evitado los radares volando a velocidad peligrosamente lenta y debía maximizar los daños contra el enemigo, tanto biológicos -que no humanos, porque los alienígenas no merecían el estatus de personas- como materiales.



Para ello disponía tanto de proyectiles nucleares como térmicos. Los proyectiles nucleares tenían un radio mortal mucho más amplio y dejaban un rastro de muerte radiactiva y duradera. Contra los proyectiles térmicos no había refugio y abrasaban cualquier ser vivo que tuviera la mala fortuna de encontrarse en su radio de acción. Igualmente inutilizaban cualquier circuito, incluso los dispositivos ocultos bajo tierra.


La vista que hubiera podido contemplar volando a menor velocidad era sobrecogedora. Aquí y allá, dejaba atrás un rastro de hongos multicolores emergiendo entre nubes de radioactividad magenta sobre lo que antes habían sido ciudades.


Pero aquello era lo más fácil e incluso podía resultar divertido para pilotos con menos sangre fría. Después de la oleada de destrucción intensa de los primeros minutos llegó la respuesta. A las naves en activo se añadían los pilotos listos para incorporarse al momento desde sus hangares, ocultos en los rincones más insospechados de aquel mundo. La caza había comenzado.


Cada segundo antes de escapar era valioso y Jaime no pensaba escapar antes de completar una incursión admirable. Si no hubiera sido tan extraordinariamente difícil y costoso conseguir un buen piloto y una nave como la suya no hubiera dudado en sacrificar su propia vida como aquello kamikazes japoneses del siglo XX por el bien de la humanidad. ¿Qué podía significar su vida -una sola vida- contra las de millones de enemigos muertos?


Sus perseguidores le acosaban en jauría. Aumentó la velocidad hasta los trescientos kilómetros por segundo. Volaba en zigzag, evitando seguir una trayectoria mínimamente predecible. Por el contrario, su nave volaba de forma premeditadamente aleatoria para evitar los impactos de los proyectiles térmicos, no muy numerosos por el enorme daño que el enemigo se hacía a sí mismo cuando éstos fallaban contra un enemigo que volaba a tan poca altura.


No obstante le esperaba una sorpresa. Una vez más su mente fría fue puesta a prueba cuando varias naves aparecieron frente a él como surgidas de la nada, posiblemente ocultas hasta entonces en algún hangar subterráneo. Eran muchos y ya no dudaban en emplear todo su fuego artillero contra él.


Jaime no era un psicópata que buscara el riesgo por frivolidad pero podía asumir el riesgo cuando era la mejor opción. Y en aquel momento la mejor opción era hacer lo que sus perseguidores menos esperaban: descender en picado hacia el mar. El riesgo era grande porque la nave no había sido diseñada especialmente para ello pero resistió el tremendo impacto de la inmersión en el agua a semejante velocidad. El agua tampoco disminuyó su velocidad lo suficiente para ser alcanzado por las naves guardianas, cuyos proyectiles térmicos explotaron sobre el agua. Tampoco encontró algún obstáculo inesperado contra el que estamparse.


No obstante uno de los proyectiles explotó a apenas treinta kilómetros de Jaime. Si hubiera mirado por la escotilla habría visto el agua del mar convertirse en espumosa gaseosa. De haber sido más frívolo y vanidoso hubiera sonreído triunfal porque un impacto a esa distancia y fuera del agua le hubiera achicharrado sin remedio y fundido los circuitos de la nave, aunque la temperatura a sesenta grados del interior de la nave distaba de ser agradable. Como no celebraba jamás una batalla antes de haberla ganado, ni siquiera prestó atención al sistema de refrigeración automático que llenó de aire frío el interior de la nave. En aquel momento sus sensaciones corporales no podían distraerle. Sus sentidos eran sólo para las pantallas de luces y colores que le proporcionaban toda la información necesaria.


Después de unos doscientos cincuenta kilómetros bajo el agua volvió a emerger entre nubes de vapor tan espesas como un muro de escayola. En la superficie del agua flotaban millones de criaturas marinas muertas, cocidas y ahumadas en segundos. Fue suficiente para escapar de los radares de las naves enemigas que, confundidas por el vapor, no previeron el lugar por el que la nave invasora emergió como un cohete en trayectoria casi vertical y escapó.


Sólo cuando se encontró completamente a salvo y de regreso a la base se permitió comprobar las estimaciones de la computadora. Alrededor de ochocientos millones de bajas estimadas y una destrucción material imposible de calcular habían dejado uno de los planetas más valiosos de los alienígenas seriamente dañado. Todo gracias a un solo hombre. Él. Por un segundo se sintió tan orgulloso como para considerarse un héroe. La satisfacción del trabajo bien hecho no le abandonó en horas.


miércoles, 8 de julio de 2009

Libro recomendado: La guerra interminable

Están resultando buenos días para escribir y espero tener más de un relato pronto que poner aquí. De momento recomiendo otro clásico imprescindible (por lo menos en la medida en que se puede afirmar tal cosa) de la ciencia ficción.


LA GUERRA INTERMINABLE

Título: La guerra interminable (The forever war, 1975)
Autor: Joe Haldeman
Género: ciencia ficción, novela
Nota: 8'5/10 ****


De Tropas en el espacio, de Robert Heinlein se ha llegado a decir que es la novela de ficción más polémica de todo el género, a mi parecer una inteligente apología del mundo militar aunque algunos prefieran hablar de simple panfleto fascista. No requiere mayor explicación el gusto que algunas personas sienten por la etiqueta fascista. Quizás parezca extraño reseñar un libro comenzando por hablar de otro pero es que La guerra interminable fue escrita con el propósito declarado de replicar a Heinlein.
Ambos libros sólo comparten la tesis central (un ejército espacial en guerra permanente contra el enemigo alienígena visto por uno de tales soldados) porque sus autores no podrían ser más dispares. Si en Heinlein encontramos a un ex militar con unas nociones científicas más superficiales que su perspicacia psicológica, en Haldeman tenemos a un científico que abomina del mundo burocrático empezando por el aparato militar. Ya desde el principio nos enfrentamos a una guerra muy diferente de la que describía Heinlein, dominada por los procedimientos burocráticos y en la que la mayor parte de las muertes transcurren sin el menor rastro de heroísmo como, por ejemplo, en los accidentes más anodinos. En este punto hay que destacar la formación científica de Haldeman, superior a la de Heinlein, que le concede un mayor realismo. De hecho hay conceptos que son realmente geniales como el problema de la aceleración en entornos de baja gravedad: si queremos movernos con un traje de fuerza en un mundo de escasa gravedad más nos vale controlar nuestros movimientos... No está de más saberlo, así como las lamentables consecuencias de viajar más allá de la velocidad de la luz.
Así mismo, los protagonistas de la novela carecen del espíritu de sacrificio y patriotismo de Heinlein y se resignan como pueden a cumplir las órdenes de un Estado que, incapaz de encontrar remedio para la situación, llega a las situaciones más esperpénticas, incluso interviniendo en la vida sexual de los seres humanos... En medio de tanta anodinidad sólo el amor hace que valga la pena seguir viviendo.
Para terminar de la misma forma que empecé, comparando ambas novelas, diré que Haldeman gana en cuanto se refiere a rigor científico pero carece de la agudeza psicológica de Heinlein, que hace de Tropas del espacio antes una gran novela sobre psicología militar que de ciencia ficción para mi gusto. En cuanto a los contenidos políticos es mejor que el lector juzgue por sí mismo. En lo que sí considero parejas ambas novelas es en el grado de entretenimiento que ofrecen.
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