jueves, 31 de julio de 2008

Rey Khardam IV

Mucho, demasiado, he tardado en continuar esta serie. ¡Y ahora he conseguido escribir un capítulo de un tirón! Confieso que me quedé atascado pero he conseguido encontrarle un final que, en dos o tres capítulos, llegará. Pido disculpas por el retraso.

Como siempre, agradeceré y responderé vuestros comentarios.

ÍNDICE

Capítulo VI (próximamente)
Epílogo (próximamente)


REY KHARDAM

IV


Y así ocurrió que Volgrod, el aventurero venido del lejano Norte, acabó envuelto en las intrigas que mantenía el clero de Emmesu contra los invasores de Alnyria. Acompañado de una devota bailarina de tentadoras curvas y a la que deseaba (si es que eso no lo ha adivinado aún el lector); de un oficial khárdita al que había arrebatado el puesto y ahora era su compañero; y de un astuto sacerdote al que hubiera deseado no conocer jamás, osó Volgrod penetrar en el lugar más sagrado de los alnyrios.

Se decía que el altar del dios Emmesu, protector de Alnyiria y levantado por los antiguos reyes, lucía más esplendoroso que el salón de audiencias del rey Khardam, pero eso no pudo juzgarlo Volgrod porque no accedieron al altar. En vez de eso se internaron en una siniestra galería de piedra. Los relieves de las paredes apenas se vislumbraban a la triste luz de las antorchas y caminaban auténticos tramos de penumbra. Como la oscuridad nunca fue una buena aliada de la confianza, Volgrod procuraba no perder de vista al sacerdote que aún no les había entregado la recompensa prometida. Advirtió que descendían. La galería, estrecha y no muy alta, tan silenciosa que se escuchaba el sonido de cada pisada, agobiaba el ánimo de los tres compañeros. Sólo Andiasat, el sacerdote alnyrio, parecía tranquilo mientras comenzaba sus explicaciones:

-Admírate, extranjero, del magnífico templo del dios Emmesu, construido incontables siglos antes de que tu miserable país tuviera siquiera un nombre. Cuando tus ancestros dormían en chozas, los alnyrios rezaban a sus dioses en templos maravillosos y quemaban incienso en pebeteros de oro para la gloria de su dios... Decenas de millares de hombres levantaron este templo para Él y el dios les bendijo y les prometió que podrían servirle incluso después de su muerte. Así se hizo, pues los cuerpos de aquellos hombres cimientan este sagrado edificio.

Volgrod sintió horror y asco de aquel hombre que tan bien sabía hacerse odiar a propósito.

-Muy interesante esta visita turística -repuso Volgrod, burlón, sin dejarse intimidar-, pero de este lugar sólo me sorprende su sordidez. Me es indiferente a quién rindáis culto mientras se nos pague la recompensa prometida.

-No esperaba que comprendieras, pagano extranjero. Para ti este lugar no debe ser más sagrado que el suelo cubierto de vómitos de alguna taberna de tu país. Pero reconozco que no has visto, ni verás jamás, el altar con sus columnas de alabastro ni el ídolo de Emmesu, envuelto entre nubes de incienso...

-Yo lo que sé es que este lugar me cansa y llevamos mucho rato descendiendo. No hay nada digno de verse aquí.

-¡No esperarías que dos extranjeros profanaseis el sagrado altar! Ya he concedido mucho acogiéndote en el templo. Pero no te preocupes, que pronto tendrás tu recompensa. En los sótanos se encuentra la tesorería del templo.

Claro que se preocupaba Volgrod, y para mayor precaución tenía la mano derecha sobre la empuñadura del sable. No confiaba en aquel sacerdote que tanto odiaba a los extranjeros...

¿Había oído algo? El sacerdote estaba murmurando palabras incomprensibles en voz baja pero no tanto como para no comprender que no era una oración.

-¿Qué estás murmurando...?

No consiguió respuesta. Volgrod dio un traspié y a punto estuvo de caerse. Tuvo la sensación de que el suelo se había levantado, como si alguien tratase de arrancar las losas del suelo.

-¡¿Qué está ocurriendo aquí...?! -exclamó Nerdkem.

-¿No os lo dije antes, extranjeros? Emmesu tiene buenos servidores en su templo...

Ahora sí que Volgrod perdió el equilibrio y se dio de bruces contra el suelo. Oyendo cómo se desplomaba también el cuerpo del oficial khárdita, intentó levantarse. No pudo hacerlo. El vello de la pierna se le erizó cuando vio los dedos de una esquelética mano alrededor de su tobillo, y detrás de la mano asomaba un brazo entero sin carne. Algo había levantado la losa e intentaba salir. Volgrod cortó la huesuda muñeca de un sablazo y buscó al traicionero sacerdote.

Le vio correr por el camino de vuelta con energías insospechadas para un hombre tan poco vigoroso pero no pudo seguirlo. Una losa había salido de su sitio y asomaba el cráneo de un muerto viviente, uno de tantos obreros que seguían sirviendo a Emmesu más allá de la muerte, como había dicho el sacerdote Andiasat.

Sin tiempo para meditar sobre la miseria moral del clero de Emmesu, advirtió que el muerto, aunque carecía de mano izquierda, aferraba una espada oxidada con la derecha. Antes de que consiguiera salir del todo le sesgó el cráneo de un mandoble.

Pero había muchos más. Hasta una veintena de losas no estaban ya en su sitio. Los esqueletos vivientes atacaban con sus espadas cortas y se defendían con rodelas. No parecían muy ágiles ni muy fuertes pero tenían el número a su favor y, lo que era peor, no ofrecían carne que pinchar o cortar. De nuevo Volgrod se vio luchando con Nerdkem espalda contra espalda. Entre ambos Erminyeh se defendía, demostrando con su daga la misma agilidad con la que había bailado ante el lujurioso Khardam.

-¡Malditos sean los sacerdotes de Alnyria y sus dioses! -blasfemaba Nerdkem.

-¡Ya deja de hablar, alnyrio, y lucha! -le gritó Erminyeh, que no soportaba las blasfemias contra su fe ni siquiera en esos momentos.

-¡Debo estar en el mismísimo infierno de Emmesu! -blasfemó Nerdkem otra vez, pero no se arriesgo a comprobar si aquello era el infierno y se encontraba muerto ya cuando uno de los muertos vivientes arremetió contra él. Esquivándole, consiguió segar su tibia con el sable. El esqueleto se desplomó pero, arrastrándose por el suelo, seguía aferrando la espada...

No se agotaban. Volgrod o Nerdkem esquivaban o paraban sus golpes para contraatacar pero comprobaron que aquellos montones de huesos jamás dejaban de luchar.

-¡Nunca les mataremos así! ¡Seguidme! -ordenó Volgrod.

Primero corrió Volgrod en la misma dirección en la que había escapado Andiasat pero luego cambió de opinión.

-¿¿Se puede saber por qué nos internamos más aún en esta maldita galería?? -preguntó Nerdkem.

-Porque no creo que ese canalla fuera tan iluso como para dejar el camino libre. Si intentamos seguirle hallaremos alguna trampa o artimaña. Creo que será mejor que continuemos descendiendo.

Así lo hicieron pero la galería se bifurcaba en otras galerías y, al cabo de un buen rato, no parecía haber ninguna salida. Volgrod golpeaba con la empuñadura de la espada los muros y el techo.

-¿Qué estás haciendo ahora?

-No es la primera vez que visito un templo y no creo que sean muy diferentes los sacerdotes de todos los lugares del mundo.

Volgrod ignoró la mirada hostil de Erminyeh. A pesar de saberse traicionada por un sacerdote no podía renunciar a la fe por la que había arriesgado su vida. Claro que no todos los servidores del dios eran dignos, pero incluso así...

-¡Ajá! ¡¿Qué os decía?! -exclamó el mercenario del Norte cuando el pomo de su espada produjo un sonido sutilmente distinto contra el techo. Para él fue mucho más agradable que el sonido rítmico, y cada vez más cercano, de decenas de esqueletos vivientes siguiendo sus pasos.

Con toda la calma que pudo, tanteó el techo hasta que sus dedos se escurrieron por entre las rendijas de una losa. Luego tiró hacía sí y la losa cayó, partiéndose en el suelo con gran estrépito. La losa ocultaba un pasillo vertical con una escalerilla de mano muy bien dispuesta.

Volgrod sonrió de oreja a oreja:

-Sí, los sacerdotes no son muy diferentes. ¡Pero subamos!

Nerdkem empezó a subir el primero. Tras él fue Erminyeh y Volgrod, a pesar de la tensión, no dejó de fijarse en las piernas bien torneadas de ella. La capa en la que se envolvía le dejaba ver ahora todo su cuerpo. Era una verdadera lástima que no hubiera más luz y que una mujer tan hermosa fuera una fanática. Reconoció que la deseaba pero sabía que ella nunca le respondería. Para él no era más que otro bárbaro, como Nerdkem, aunque había algo diferente en la mirada de ella.


Debieron ascender entre quince y veinte metros. No podrían decirlo porque la oscuridad era total arriba. Otra losa les bloqueaba el final del camino pero el khárdita logró quitarla sin demasiado esfuerzo. De pronto una luz estuvo a punto de cegarles. Se escucharon gritos y Volgrod supo que se había cumplido el peor de sus temores. Cuando salió, nada menos que treinta guardianes del templo rodeaban en circúlo la salida del pasadizo. Era inútil luchar. Detrás de los guardianes armados había multitud de sacerdotes.

Pero Volgrod no podía prestarles atención porque estaba maravillado, a pesar de lo difícil de su situación. ¡Realmente el altar de Emmesu era magnífico, el sueño de cualquier saqueador! Oro, plata, diamantes... los alnyrios no habían ahorrado a la hora de construir el templo de su dios y llenarlo de alhajas para celebrar sus ritos. El gigantesco ídolo de Emmesu, al fondo de la instancia, medía doce metros de alto y era todo de oro. Su cuerpo humano tenía la cabeza de una grulla, el animal sagrado que anunciaba las crecidas del río Alnyr, que regaba los campos de Alnyria.

-¡Sacrílegos! ¡¿Cómo os atrevéis a profanar el templo de Emmesu?!

El que así hablaba no podía ser otro que el sumo sacerdote. Tendría unos ochenta años y no podía disimular el temblor senil de sus mandíbulas pero, aparte de su mitra orlada de esmeraldas, la firmeza de su voz delataba su condición. A su lado no estaba otro que Andiasat.

-¡Escuchadme, sumo sacerdote! ¡Sólo venimos por la recompensa que nos fue prometida…! –intentó parlamentar Volgrod.

-¡Sacrílegos! ¡Ladrones es lo que sois! ¡No, espías de Khardam!

Los sacerdotes habían olvidado que era un lugar sagrado y les increpaban con sus peores insultos. Todos menos Andiasat, que permanecía en silencio, y el sumo sacerdote, que parecía pensativo.

-Oh, mi señor -se dirigió Andiasat a su superior con voz zalamera-, no hagáis caso de las invenciones de estos espías. Sin duda no son simples saqueadores sino que algo trama Khardam contra nosotros.

-¡Que sean encarcelados entonces!

No hubo lucha. Volgrod se dejó conducir con Erminyeh y Nerdkem a la celda. No permitió que la furia o la desesperación le ofuscaran el juicio. Creía comprender algo de lo que estaba pasando y, sentado en un rincón de la celda, observó a su alrededor para encontrar un medio de fuga. El khárdita maldecía en su rincón. Erminyeh no decía nada. Miraba el suelo de la celda de una forma que conmovió a Volgrod. Hubiera querido acercarse a ella...

Se había dormido. Tenía la espalda dolorida de apoyarla contra la pared cuando fue ella la que se acercó a él para despertarle.

-¿Qué...? -quiso hablar pero ella le cerró la boca con la mano y le besó la cara. Él simplemente abrió los brazos y dejó que buscara refugio en su pecho y se entregara a un extranjero con el deseo que ella misma no habría aceptado antes de que se derrumbase su fe y necesitara algo más fuerte para apoyarse como los abdominales de un mercenario... Luego fue él quien buscó acomodo en ella cuando la cubrió contra el suelo. Echó un vistazo al otro lado de la celda pero Nerdkem se había dado la vuelta para dormir mirando a la pared de forma muy oportuna. Luego olvidó por un momento la celda, Alnyria, el templo de Emmesu y cuanto podía existir más allá del cuerpo de la bailarina y del movimiento dulce de sus caderas...

viernes, 16 de mayo de 2008

La hora de la Teletienda

LA HORA DE LA TELETIENDA


Fue la madrugada de un lunes que el señor García descubrió la más temible verdad, que supo que su vida había tocado fondo y que nada sería ya como antes. Porque la amargura quedaría como un poso en su memoria que enterraría cualquier momento feliz que pudiera recordar.

Ocurrió entre las cuatro y las cinco de la mañana, esas horas extrañas y crepusculares que para la mayoría de las personas normales y decentes transcurren inadvertidas, sin que se sepa si realmente las marcan las manecillas del reloj o si el movimiento de éstas se acelera, y que pertenecen más al mundo onírico que al real.

Pero el señor García permanecía despierto ante el televisor. Insomne desde hacía tantas noches, había reemplazado su perdida facultad de soñar por la contemplación silenciosa de la Teletienda. Absorto, admiraba las virtudes de un nuevo aparato de gimnasia. Escuchaba con atención los consejos de Chuck Norris, actor de tercera clase que, con voz doblada a destiempo, le prometía unos músculos firmes mientras manoseaba las nalgas firmes y bien torneadas de una rubia que le sonreía con labios de colágeno. Sí, aquellos muslos parecían realmente firmes y sus pechos se movían de forma fascinante mientras hacía los ejercicios pero no fue ese el momento en que la vida del señor García toco fondo.

Fue después, cuando llegó la licuadora que lo mismo servía para picar carne que para hacerse un rico granizado de limón y que incluía una coctelera de regalo para las primeras trescientas llamadas. El señor García se arrojó sobre el teléfono para marcar el pedido y dar el número de una tarjeta de crédito en la que apenas le quedaba saldo.

Fue entonces, al colgar el teléfono, que supo que su vida se había ido al garete. No fue un pensamiento de pasajero pesimismo ni de autocompasión. Se le había revelado la más temible verdad, tan cierta y desprovista de falso victimismo, tan claramente como le había sido revelada al príncipe Buda mientras meditaba en las profundidades de un apartado bosque. No hubo gran diferencia entre el descubrimiento del señor García y el de aquel sabio que había vivido veinticinco siglos antes. El señor García supo que nada tenía sentido, que su vida no era más que la espera de su final, y se encogió en el sofá aun sin tener frío. Apagó la televisión y creyó que estaba muerto por un momento.

El sueño llegó con las primeras luces del alba.

Un mes antes habían metido veinte años de su vida en un sobre blanco. Pero dentro no había más que la indemnización por el despido y nada más, ni siquiera una tarjeta o una explicación.

-¿Y esto es todo? ¿Veinte años y adiós sin más? ¿Es que no he hecho bien mi trabajo? -preguntó el señor García, casi atragantándose con la rabia; y el jefe de recursos humanos le había escuchado con más condescendencia que piedad:

-No se ponga así, por favor. Claro que ha cumplido su labor y la empresa le está muy agradecida. Sencillamente se ha terminado un ciclo.

-¿Eh?

-¿No recuerda a Del Bosque, el entrenador del Real Madrid? Se terminó su ciclo y se marchó, no fue culpa de nadie.

-Pero había conseguido la Copa de Europa y el Real Madrid tardó años en ganar otro título...

-Eso es anecdótico. Lo importante es que se había acabado su tiempo, el ciclo natural de las cosas. Así que no se atormente más y plantéese esto como un reto.

El señor García no había querido escuchar más y se marchó para no volver. En casa siguieron las interminables discusiones con su señora hasta que se marchó al sofá y con su tristeza hizo una sábana y con la amargura una almohada.

-No molestes a papá.

Era una advertencia inútil. Papá ya estaba medio despierto, indiferente a todo, indiferente incluso a los ojos sorprendidos de su hijo por descubrirle dormido y vestido en el sofá del salón.

-¿Por qué papá puede quedarse en casa y yo tengo que ir al colegio? No es justo.

Porque papá no tiene futuro y tú todavía crees que existe, hubiera querido decirle. El mundo no era justo pero el pequeño era demasiado joven para entenderlo. Que disfrutara los pocos años de genuina felicidad que le quedaban por vivir.

Apático, no dijo una palabra el señor García mientras su mujer se ocupaba de preparar al pequeño. Luego ella le dio un beso de despedida pero sus labios le parecieron fríos. Ignoró su mirada, la preocupación, la lástima, el oculto reproche. Nada importaba sino el sueño siempre insatisfecho. Las horas de trabajo del resto del mundo eran sus horas de descanso.

Por fin se fueron y le dejaron en paz. Girándose, se acomodó lo que pudo en el sofá, cerró los ojos y le dio la espalda al mundo.

jueves, 8 de mayo de 2008

Treinta metros cuadrados

TREINTA METROS CUADRADOS

Treinta metros cuadrados, eso era lo que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo. Treinta metros para ella, para tener su espacio, suyo y de nadie más. Treinta metros, en fin, donde ser libre y soberana de su intimidad. Éste era su sueño, un sueño tan pequeño y a la vez tan enorme que la hacía suspirar, como hacía suspirar también a decenas de miles de millones de personas que, como ella, no podían permitírselo.

¡Pero no era tan fácil soñar despierta si jamás podía estar sola! Tang no podía suspirar sin ser escuchada, sonreír sin ser observada por algún curioso, ni siquiera oír sus propios pensamientos entre el bullicio de las muchedumbres.

El sueño terminaba cada mañana, justo a las seis y media de lunes a viernes y a las siete y media los sábados y domingos. Probablemente soñaran el mismo sueño las doscientas mujeres solteras con las que compartía habitación. A pesar del cansancio, el día comenzaba como debía ser, con organización y disciplina. Medio dormidas, dejando que la empalagosa melodía de una flauta de bambú “Alegre despertar del trabajador” penetrase en sus oídos, abandonaban las literas por orden de altura, de la cuarta litera a la de más abajo. En diez minutos las habitaciones quedaban libres y estaban haciendo cola en los servicios colectivos. Diez minutos en la ducha, cinco en el lavabo y otros diez minutos para sus necesidades. Que ninguna pidiera más si no quería ser amonestada. Para desayunar quince minutos debían ser más que suficientes y tampoco es que el arroz del tazón fuera tan delicioso como para paladearlo con tranquilidad.

Todo había sido, en fin, sobradamente planeado para que los millares de mujeres solteras que vivían en el número 87 de la calle 19 del distrito 31 del nivel 7 estuviesen listas para el trabajo con la eficiencia de un cuartel. Sí, era mucho mejor imaginar que vivía en un cuartel que en una cárcel, aunque no tenía muy clara la diferencia. ¿Quién sabe? Quizá la jaula de la cárcel fuera más espaciosa… antes de marchar a la cámara de gas, claro.

¿Pero cómo el mundo había llegado a esta situación? ¿Cuándo la especie humana había perdido el control de su destino para degenerar en una plaga que a punto había estado de acabar con los recursos del planeta? Malthus se había equivocado de punto a punto: ni la enfermedad ni el hambre frenaron el cataclismo demográfico. Con Occidente en clara decadencia, los conflictos entre razas y naciones se multiplicaron; también las disputas por unos recursos naturales cada vez más escasos. El pueblo soberano ya no podía gobernarse a sí mismo porque había degenerado en una masa desordenada. El modelo capitalista, despilfarrador y anárquico, se colapsaba y la formidable máquina del crecimiento económico dejó de funcionar.

El despotismo asiático era la alternativa. No quedaba más opción. Emperadores y reyes, y luego presidentes y comités de las repúblicas populares, habían gobernado en Asia a miles de millones de hombres con mano de hierro, racionándoles libertades y recursos. Con esa experiencia milenaria, entendían mucho mejor que sus colegas occidentales cómo había que controlar a las masas y pronto el despotismo, el orden y la segregación racial llevaron a la humanidad a un mundo mejor y que además no sólo era el mejor sino también el único viable… Al menos esto era lo que se enseñaba en colegios y universidades. Tang tenía unas cuantas ideas muy superficiales de todo esto, basadas en eslóganes y proclamas aprendidas en la escuela y en la radio colectiva, pero le parecía obvio que la civilización sin orden no podía existir.

¿Y cuántos eran ya? ¿Veinte mil o treinta mil millones de seres humanos? Ésas eran las cifras oficiales del Partido pero podían ser muchos más. ¿Habrían llegado al centenar de millares de millones?

-Estás tardando en salir –le recordó uno de los conserjes que vigilaban a las mujeres que se duchaban, aprovechando mientras tanto para echar miraditas-. Deberías haber terminado dos minutos antes. Harás un par de horas extras de servicio comunal de mantenimiento.

Tang no respondió: no valía la pena discutir con alguien que guardaba un carné del partido en el bolsillo. Se sabía examinada por los ojos oblicuos y lascivos pero estaba ya acostumbrada. Tampoco se dejó herir por el tono desdeñoso de su voz, que hubiera querido decir “qué lástima que seas una sucia mestiza”. No dijo nada, se aclaró el pelo y desayunó a medias para recuperar el tiempo perdido. Luego pasó al ascensor con otras veinticinco jóvenes y descendió a planta baja. Marchó a la estación de Metro con paso ligero pero sin correr, pues estaba prohibido. Cada habitante disponía de no más de cinco metros cuadrados de espacio en la vía pública.

Ah, el Metro era mucho más que un medio de transporte… También era la mejor alternativa para tener relaciones sexuales, un auténtico rincón para la intimidad. Es cierto que podía casarse y apretarse con un compañero en una cama minúscula, eso sí, disimulando mucho a la hora de tener relaciones para que las veinte o treinta parejas con que compartieran habitación no se dieran cuenta. Pero se habían endurecido las condiciones para conseguir una licencia matrimonial desde el último plan para el control demográfico. Por no hablar de que nadie querría casarse con una mestiza esterilizada como ella.

Intentar el sexo furtivo era un imposible. Los antiguos utilizaban sus coches pero ya no existían los vehículos particulares. También estaban los parques o incluso intentaban hacerlo en sus lugares de trabajo, pero los parques tampoco existían ya (una forma estúpida de desperdiciar espacio: ¿quién querría perder el tiempo en un jardín devastado por la lluvia ácida?) y lo del trabajo era mejor dejarlo: la inmoralidad pública podía costar un severo castigo.

Así pues, ¿qué mejor lugar que el Metro, donde hombres y mujeres se hacinaban en los vagones? Tang lo había probado muchas veces. De hecho existía un verdadero código no escrito para hacerlo. No se hablaba del tema, claro, pero cualquiera de sus compañeros de vagón sabía lo que significaba que ella frotara su pierna contra él. No había minifaldas, estaban rigurosamente prohibidas, pero ¿quién podía notar un pantalón muy holgado o una camisa muy suelta por donde se metían unas manos? A menudo entraban las manos de varios hombres mientras otras tantas piernas o brazos la buscaban. Ella no podía tener idea si se trataba de un viejo, de un estudiante o hasta de otra mujer, pero no importaba. Lo mejor era cerrar los ojos -y también la nariz, porque la aromática mezcla de amoniaco, lejía y sudor era muy fuerte- e imaginar cosas maravillosas mientras le metía mano a alguien que tampoco sabía quién podría ser.

Nunca podría conseguir esos treinta metros. No había dejado de pensar en ello, ni siquiera cuando pasó por debajo del gran dragón de color rojo pintado en la fachada del edificio en que trabajaba. Sólo los miembros del Partido tenían acceso a esos pisos especiales de treinta metros y entrar en el Partido era realmente difícil y para ella imposible. Seguiría siendo hasta su muerte una vulgar oficinista mestiza. Nunca había sabido nada de su origen pero podía imaginar una historia vergonzosa. Seguramente el capricho de un miembro del partido por una de esas arias a las que denominaban de forma muy poco caballerosa pero por las que se volvían locos. Claro que no existía la prostitución, institución decadente propia de sociedades caóticas como las antiguas democracias, pero los del Partido podían invitar a sus “amigas”. ¿Y qué mujer con sentido común se resistiría a que un miembro del Partido la llevase a su lujosa vivienda de treinta metros cuadrados?

En realidad no tenía más baza que ésa: atraer a alguno de sus jefes con sus ojos rasgados pero menos oblicuos, el cabello castaño claro y no azabache, la cara más ovalada que redonda, las curvas más pronunciadas… Tang odiaba los rasgos que la revelaban mestiza y al mismo tiempo sabía que la hacían tan despreciable como atractiva.

Su esperanza era el nuevo jefe de departamento. No parecía muy mayor y era evidente que le gustaban las oficinistas guapas. Con suerte advertiría sus encantos.

Ese día disfrutó de una pequeña pausa a eso de la una del mediodía. Precisamente el jefe de departamento lo hizo llamar a su despacho para una breve entrevista:

-Mañana, a las 8,30 de la noche, quiero que venga a mi casa. Aquí tiene la tarjeta. La espero sin falta.

Ella se limitó a asentir con la cabeza. No hacía falta hablar más. Había recibido una orden como otra cualquiera y él pertenecía al Partido. Aunque teóricamente era ilegal obligarla a este tipo de asuntos, sabía que él no tenía más que informar de incompetencia para enviarla a, pongamos, descabezar boquerones en una planta de procesamiento de alimentos o puede que a algo muchísimo peor. Eso si ella se pretendiese desaprovechar aquella oportunidad, que no era el caso.

Realmente le impresionó la vivienda. Treinta metros cuadrados para sólo ellos dos. El piso estaba insonorizado y a Tang le impresionó el silencio tanto como el espacio vacío. Además era tan bello, había tantos adornos… Incluso vio algunas porcelanas, imitaciones de la antigua artesanía china. Desde luego, aquello le resultó mucho más cálido que el estilo funcional del bloque comunal de Tang.

-Nunca habías visto tanto lujo, ¿verdad? –le dijo él, casi riéndose por el asombro que Tang no podía reprimir-. ¿Te gustan los bonsáis? Bueno, luego podrás verlos mejor. Ahora divirtámonos.

Habían bebido suficiente licor de arroz y él no quería esperar más para cumplir sus deseos.

-Como usted quiera. Espero darle placer de forma satisfactoria –respondió ella, con el debido respeto a un superior, pero él ya estaba besándole el cuello. Se dejó quitar la ropa y luego, durante el acto, jadeó lo suficiente para que él se sintiera complacido pero sin excederse.

No tardó mucho en cumplir con sus obligaciones. Veinte minutos después su jefe de departamento se levantaba muy satisfecho del futón* donde habían yacido. Se puso de nuevo el holgado uniforme y con el pie le acercó a Tang sus ropas. La miraba ahora con otra expresión, como recordando que no era más que una mestiza.

-Eres guapa, sí… Debía ser guapa tu madre. Alguna aria, seguramente rubia con ese cabello tan claro que tienes. Siempre me he preguntado por qué sois tan guapas las mestizas. Al fin y al cabo, no sois más que producto de una corrupción racial que perturba la armonía social y la separación lógica entre etnias. Hacen bien en esterilizaros.

Tang volvió la vista al suelo, casi con ganas de llorar.

-Bueno, no te lo tomes así –le dijo él, con una sonrisa y cogiéndole la barbilla-. Eres guapa y me portaré bien contigo, mi flor de loto. Quiero hacerte un regalo.

Notó el tacto del cartón en la mano. Sabía muy bien lo que era pero no se atrevió a abrir la mano hasta que dejó el piso. Vio con codicia los vales de color verde que podía canjear por algunas comodidades extraordinarias, un incentivo para los trabajadores que se aplicaban más.

Ella se lo merecía. Había servido bien al jefe del departamento y, ¿quién sabe?, quizás él mismo la recomendara al mismísimo director de planta para conseguir la simpatía de su superior.

Tang se sentía muy feliz. Su suerte había comenzado a cambiar.

domingo, 20 de abril de 2008

Gatti di Roma

GATTI DI ROMA

Se oye una exclamación en alguna lengua que no consigo identificar. Otra turista hace un gesto con la mano y, obedientes, volvemos la mirada al centro del coliseo para admirar la peluda cabecita de un felino emergiendo de las profundidades del foso. Somnoliento todavía, parpadea una sola vez y mira a su alrededor con curiosidad. Finalmente, abre las mandíbulas y nos dedica un largo bostezo. Se acabó su interés por nosotros, que no somos más que unos turistas entre los muchos que, fielmente, visitan el coliseo cada día.

Sí, se trata nada menos que de un genuino gato romano. En otro lugar quizás no fuera más que uno de tantos gatos que callejean en las grandes ciudades, pero los “gatti di Roma” son aristócratas entre los gatos, ¡y eso no es cualquier cosa para un animal que es noble por naturaleza! No es su pedigrí lo que le ennoblece, pues los gatos romanos son de una raza indefinida: atigrados o manchados, de color blanco, negro o marrón o de todo un poco a la vez. La pureza racial es un concepto demasiado humano para estos animales sociales que prefieren mezclarse con sibarita promiscuidad. Los gatos romanos jamás se acomplejarían ante la presencia de las razas más puras del Oriente. No se amilanarían ante los cuerpos estilizados y las grandes orejas de los gatos egipcios; ni ante los luengos y suaves cabellos de los gatos persas y de Angora; tampoco se dejan impresionar por los misteriosos ojos azules y caras pardas de los gatos siameses.

Ellos se consideran tan nobles como estos primos lejanos porque saben que de su estirpe desciende el gato romano o europeo, también llamado por algunos zafios humanos gato común o corriente. Pero sus antepasados llegaron desde el Oriente. ¿Quién sabe si fue su exótica belleza la que sedujo a los antiguos romanos o su talento más práctico como reguladores de la población ratonil? No sé en qué preciso momento ocurrió pero puedo imaginarlos con sus ojos curiosos, contemplando desde los regazos de las sirvientas del séquito de Cleopatra la ciudad que pronto iba a ser suya. Lo que nunca imaginaron los romanos es que esos hermosos animales venían como conquistadores para apoderarse de sus corazones como habían hecho antes con los pueblos de Egipto y del Oriente...

Cayó el Imperio Romano pero los felinos conquistaron el mundo, haciendo de la cuna de Occidente su lugar de partida y hoy su santuario. ¡Que se queden los modernos romanos con sus bloques de apartamentos! Los gatti di Roma hacen hoy vida social entre las ruinas del Foro donde en otro tiempo la hicieron sus antiguos amos, aquellos que conquistaron el Mare Nostrum; la colina Palatina, que eligieron los mismísimos emperadores para hacer construir sus palacios, les sirve de lugar de descanso; también juegan entre los jardines y las fuentes de los Borgia; se pasean sin timidez por los suelos de las termas de Caracalla, impresionantes aun despojadas de sus fastuosos revestimientos de mármol; ronronean contentos en la entrada de alguna de las innumerables y centenarias iglesias de Roma... En cualquier rincón donde la Historia pone su coto a la modernidad tienen los gatti di Roma el lugar que les corresponde, que comparten con generosidad con los turistas. Hasta tienen su santuario en el Área Sacra. Allí, entre los templos de la antigua República, los gatos son atendidos por los muchos voluntarios que aman a estos animales. ¡No tenéis más que ver la desvergüenza de un gato despanzurrándose sobre la misma escalinata en que Julio César fuera asesinado! Pero no importa, todo puede perdonárseles, y eso es algo que yo, que pertenezco a un felino doméstico, comprendo muy bien.

Pero en ningún lugar se evidencia su señorío como en el coliseo. Ahora que el gran anfiteatro no tiene ya suelo y el sol deja al descubierto sus sótanos, los gatos merodean y buscan refugio en ese lugar siempre fresco. Desde fuera, los sudorosos turistas admiramos la humedad que guardan las musgosas paredes del foso. Envidiamos su magnífico refugio y ellos, de vez en cuando, salen para echarnos un vistazo. ¿Qué piensan de nosotros? ¿Nos consideran sus invitados? No lo sé y tampoco puedo saber si son las hipnóticas pupilas de ese gato, la magnificencia del lugar o el calor húmedo del Lacio, pero empiezo a ver cosas increíbles reflejadas en las misteriosas pupilas de ese gato, cosas que los demás turistas no podríais ver sino tan sólo soñar...

Hombres y animales se hacinan en los sótanos del coliseo. El olor almizcleño de las bestias es poco más intenso que el de los propios esclavos que, sudorosos, se mueven con rapidez, sin darse un minuto de respiro. Las fieras son tan conscientes de la tensión del ambiente como los humanos y se pasean inquietas en sus jaulas. Llevan días sin comer y el trajín de los humanos, el estruendo amortiguado que llega desde fuera, todo ello las excita y los esclavos se cuidan mucho de acercarse demasiado a los barrotes de las jaulas. Cuando empiezan a girar la manivela, las pocas bestias que permanecían echadas se levantan al sentir que sus jaulas se elevan del suelo.

Cuando por fin las jaulas son abiertas, las bestias parpadean, cegadas por la luz del Sol, que no han visto en muchos días. Al acostumbrarse de nuevo a la luz, alzan la vista y ven más seres humanos de los que jamás creyeran que pudieran existir. Senadores o plebeyos, con togas de bordes púrpuras o con túnicas remendadas, la multitud aúlla como una manada de monos y amedrenta a las propias bestias casi tanto como los hombres y mujeres que no tienen la suerte de estar allá arriba.

Pero el hambre se impone ante cualquier temor que sientan las bestias. No necesitan ser invitadas a matar porque no las mueve a matar el placer sino por instinto: son muy diferentes de los corrompidos humanos, que confunden la crueldad con la necesidad y han pervertido la idea de la supervivencia.

Estremecido, oigo gritos y chillidos de espanto. Capturados por la justicia para abastecer de carne al populacho, la mayoría no son más que delincuentes de poca monta, algunos ni siquiera por eso. Corren como si tuvieran el demonio metido en el cuerpo y apenas puedo escuchar sus alaridos de terror entre las risas del populacho. Sí escucho aplausos y vítores cuando alguno de ellos es derribado por la zarpa o los colmillos de una fiera. Porque los lamentos de terror, las maldiciones furiosas y las lágrimas de los que están abajo son las risas y los aplausos de los que están allá arriba, disfrutando el democrático placer del sufrimiento ajeno. Poderosos y humildes sienten la dicha de saberse seguros, de saber que no son ellos los que padecen. La mayoría de las víctimas están tan famélicas como las bestias pero estás desgarran sus secas carnes a dentelladas, machacando nervios y tendones, buscando con los colmillos el escaso magro que pueden encontrar. La sangre gotea en sus colmillos cuando miran amenazadores arriba, a la muchedumbre, que aplaude con lágrimas en los ojos de alegría...

¡Todo ha sido una ilusión! Nada queda de la plebe romana y no veo más que una veintena de turistas paseando por el coliseo. Callado el estruendo del populacho, siento ese profundo silencio que viene después del estruendo. Allá abajo, los gatos se pasean o se echan para descansar en la sombra. Uno de ellos bosteza y veo sus dientes. Por un momento se me antoja que sus colmillos son más largos y sus ojos son más fieros, que su hocico se vuelve grande y leonino... Pero la visión desaparece tan pronto como cierra la boca. No es más que un gato romano, que me mira con sarcasmo, casi sonriendo. Hay demasiada Historia para mí en este lugar y el gato se burla porque no soy más que un impresionable humano. ¿Es que lo sabe? ¿Acaso alguien más ha podido verlo?

Todavía queda mucho que ver en Roma y sus gatos estarán allí para acompañarme. Cuando encontréis una tienda de recuerdos -lo que será fácil, pues hallaréis una en cada manzana-, ¡no olvidéis comprar un calendario o una postal de los gatti di Roma...!

domingo, 13 de abril de 2008

Libro recomendado: El día de los trífidos

Es evidente que no tiene sentido el intentar escribir si no hay detrás de ello una larga experiencia lectora. Como además hablar de los libros me gusta tanto como escribir mis relatos, me gustaría empezar una serie de pequeñas críticas sobre libros que me parecen recomendables.
Aunque quien haya visitado este blog ya lo sabe, mis géneros preferidos son la ciencia ficción, la Historia, la fantasía y las novelas de aventuras.

Comienzo con un clásico de la ciencia ficción sobre vegetales devoradores de humanos (vale, soy muy friki) que me resultó muy entretenido. Me lo leí en un par de días, por cierto.


EL DÍA DE LOS TRÍFIDOS


Título: El día de los trífidos (1951)
Autor: John Wyndam
Género: ciencia ficción, novela
Puntuación: 8/10
Editorial Booket, edición de bolsillo
9 euros aprox.


“Cuando un día que usted sabe que es miércoles comienza como si fuera un domingo, algo anda muy mal en alguna parte”. De esta manera tan elefante comienza una novela que muestra que la Guerra Fría influyó quizás en el género de la ciencia ficción más que cualquier otro acontecimiento histórico. Y es que por mucho que hoy se hable de terrorismo o de “sociedad del riesgo global”, tenemos que hacer un esfuerzo para imaginar lo que supuso durante décadas la posibilidad de una catástrofe mundial para entender esta novela apocalíptica.

En principio el argumento puede parecer algo bizarro: una epidemia de ceguera combinada con vegetales devoradores de humanos. Pero la idea es realmente genial para tener una novela trepidante que, si bien pierde tensión en su segunda mitad, en ningún momento aburre. El estilo ágil y ameno de Wyndham ayuda igualmente a digerir las trescientas páginas de este libro con mucha facilidad.

Parece que el autor se basó en cierto relato de Wells sobre una humanidad en la que casi todos los humanos son ciegos. No tengo el gusto de haber leído ese texto pero se advierte la influencia de la novela “La guerra de los mundos”. Sin embargo, con todo lo agradable que es la novela de Wyndham, no llega al nivel del genio de Wells. No consigue ese sentimiento de desolación de “La guerra de los mundos” y es que quizás Wyndham debería haber recurrido más a la acción y al terror. Aunque hay momentos de verdadero espanto, no se “pone en el asador” todo lo que se podría. Por poner un ejemplo, es sorprendente la ausencia de descripciones de terror colectivo. El protagonista se pasea por las calles solitarias de Londres y el lector se pregunta dónde están los millones de londinenses ciegos e indefensos. Falta el terror y el sufrimiento humano y es que, a menudo, los autores de este género suelen pecar de cerebrales...

Ameno en todo momento, “El día de los trífidos” parte de un escenario realmente genial, aunque pueda parecer extraño. No aprovecha, sin embargo, todo lo que este escenario podría haber dado de sí para aterrar al lector. Wyndham prefiere ser reflexivo y mostrarnos la fragilidad de nuestra especie y no profundizar en lo siniestro de seres humanos ciegos y devorados por vegetales carnívoros, lo que en mi opinión es un error. Sí, confieso que soy un morboso pero es que me hubiera gustado una buena descripción de un ser humano engullido por un vegetal…

En cualquier caso, es una novela más que entretenida, que se lee con facilidad y con gusto en un par de días. Que se encuentre, además, a un precio razonable en edición de bolsillo es otro punto a favor de este clásico de la ciencia ficción. Lo recomiendo a cualquiera que busque una lectura tan fantasiosa como amena.

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