jueves, 7 de mayo de 2009

El sueño de la ministra

Con la más que comentada polémica de la SGAE he querido escribir sobre el tema ciertamente relacionado de nuestro cine. Nadie sabe bien cuál es el problema del cine español, o todos lo sabemos pero no nos ponemos de acuerdo... Tampoco aspiro a resolverlo y no busco otra cosa que entretenerles.
Agradeceré sus comentarios como siempre.


EL SUEÑO DE LA MINISTRA

La crítica de Nueva York se había rendido sin dificultad y la consideraba la obra cumbre de Almodóvar. Antes había barrido premios en los festivales europeos desde Cannes hasta Mejorana del Campo. Aquella conmovedora historia de amor entre dos guardias civiles, hijos de familia franquista y republicana, se había metido en el bolsillo a la crítica europea, que no dudaba en compararla con el Bergman más maduro. Para la mafía gay de San Francisco era simplemente una obra de culto.

Pero la ministra se aburría. Peor aún, los párpados se le cerraban. Una y otra vez, se llevaba la mano a la boca con la mayor discreción posible y ahogaba un bostezo. ¡Era tan duro a veces ser Ministra de Cultura! Ella hubiera querido que la invitaran a la cuarta entrega de Piratas del Caribe y allí estaba, salvando el cine y la cultura patrias. A su lado sonreía el mismo Almodóvar, ya con el cabello blanco pero tan jovial en el fondo como cuando sujetaba una pancarta en tiempos pasados. Atrás rondaban los periodistas con sus cámaras, observando el menor de sus gestos, que no la película. La ministra, como política que era, podía sentir a los periodistas sin verlos, ansiosos de una exclusiva, si bien intuía que estaban no menos aburridos que ella.
Se llevó la mano a la boca y calló un suspiro sin siquiera poder mirar el reloj. No comprendía muy bien el argumento de la película, así que era una suerte que hubiera leído antes una sinopsis. Ya no podía quedar mucho porque era la escena donde la película alcanzaba su clímax. Juan, un maduro guardia civil interpretado por Javier Bardem, hijo de un oficial republicano, confesaba al fin su amor por Paco, hijo de un oficial franquista, interpretado por Antonio Banderas. Para hacer más difícil su decisión, Juan había sido seducido por una folclórica sevillana que bailaba para los guiris interpretada por Penélope Cruz.
Al fondo sonaba una conocida canción de Perales.

EL AMOR
ES UNA GOTA DE AGUA EN UN CRISTAL
ES UN PASEO LARGO SIN HABLAR
ES UNA FRUTA PARA DOS

Sí, la canción era hermosa pero tan relajante... La ministra sintió que la clara voz de Perales la arrastraba al palacio de Morfeo como un canto de sirena. Pero no, debía ser fuerte. Se pellizcó con disimulo el brazo.

Los ojos de Bardem y Banderas alumbraban la sala de cine con su amor cuando, Con voz queda, Bardem confesaba lo que le quemaba el alma:
-Paco, yo tengo algo que no me puedo callarme por más tiempo porque me duele en el mismo alma. Yo te quiero...
-Eso no puede ser, Juan, tú sabes que no puede ser... Nuestras familias lucharon en bandos diferentes.

EL AMOR
ES UN ESPACIO DONDE NO HAY LUGAR
PARA OTRA COSA QUE NO SEA AMAR
ES ALGO ENTRE TÚ Y YO

Había llegado el momento cumbre, que bien podía valerle a Javier Bardem el tercer oscar a mejor actor principal, el momento en que Juan descubría su amor al mundo.
-Paco, yo te quiero, y cuando dos hombres se quieren ni siquiera el Generalísimo puede separarlos.

EL AMOR ES LLORAR
CUANDO NOS DICE ADIÓS,
EL AMOR ES SOÑAR
OYENDO UNA CANCIÓN,
EL AMOR ES BESAR
PONIENDO EL CORAZÓN

¡Y vaya que sí se besaron poniendo el corazón! No con un beso en la mejilla, ni siquiera un “piquito”. Fue un beso de los de antes, de aquellos con los que Humphry Bogart o Clark Gable daban color al cine y sorbían el alma a hermosas mujeres que se derretían entre sus brazos. Mostachos que se frotaban, tricornios rozándose... ¡Cuántas sutiles metáforas para describir los sentimientos más íntimos entre dos hombres!

EL AMOR ES PARAR
EL TIEMPO EN UN RELOJ,
ES BUSCAR UN LUGAR
DONDE ESCUCHAR TU VOZ

¡Aquello era demasiado para la buena ministra! Se tomó un pequeño descanso. Durante apenas cuatro o cinco segundos cerró los ojos. El instante le pareció una eternidad, una pequeña dosis de droga para superar un momento realmente difícil de la vida. Le supo a gloria y bien podía repetir la experiencia. Dejó en libertad otra vez los párpados y éstos cayeron solos. La música de Perales la embriagó como morfina.

EL AMOR ES CREAR
UN MUNDO ENTRE LOS DOS,
ES PERDONARME TÚ
Y COMPRENDERTE YO...

-¡Ejem...!
Como no bastaran los carraspeos, el secretario de la ministra tuvo que despertarla con un codazo no tan discreto como hubiera querido. La pobre mujer abrió los ojos. Estaban bajando ya los créditos pero la alegría le duró poco cuando comprendió el tremendo error que había cometido. Con la mayor diplomacia se dirigió a Almodóvar:
-Es increíble la enorme sensibilidad de tus películas, Pedro...
-Sí, claro...
Pero, a pesar de su sonrisa, bien la hubiera fulminado Pedro Almodóvar con los ojos. ¡Qué duro era esto de la política! Nuestra ministra se supo caída en desgracia en aquel instante. Las portadas de los diarios del día siguiente con su rostro dormido y la cabeza echada sobre el hombro de un más que incómodo Almodóvar no la sorprendieron porque apenas una hora antes el presidente la había destituido por SMS. ¡Tantos desvelos por salvar la cultura nacional y la recompensaban así!
¡Qué ingrata puede ser la política!

viernes, 27 de marzo de 2009

Laro el cántabro

Para acabar marzo un breve relato, casi un divertimento, sobre el guerrero cántabro Laro, que habría combatido para el ejército cartaginés. Aprovecho además para recordar aquellos paisajes del norte tan familiares.


LARO EL CÁNTABRO

¡Cuán cierto es que el oro atrae a los hombres como la miel a las moscas! Mas, aunque compremos sus servicios, su voluntad es voluble y su lealtad se gana sólo con esfuerzo y siempre que haya algo más que avaricia en su empeño. Los cartagineses aprendimos muy duramente esa lección cuando vimos a nuestros antiguos aliados revolverse contra nosotros para ganarse el favor de Roma. Pero por aquel entonces Cartago resurgía del desastre, se alzaba de nuevo con orgullo pese a las humillantes condiciones de Roma, y el oro y la plata fluían en abundancia a la Nueva Cartago que estábamos construyendo en Iberia. Con la misma abundancia llegaban los grupos de mercenarios ansiando alistarse a las órdenes de Aníbal, ¡qué las bendiciones de Baal sean siempre con él!

En gran número desembarcaban las huestes de jinetes númidas. Sí, hombres de Cartago, los mismos númidas que ahora campan por nuestros dominios buscando pillaje, combatían para Aníbal con el servilismo traicionero que le es propio a su raza. Con la misma facilidad que montan a pelo sus caballos y aparecen y desaparecen en sus escaramuzas cambian de aliados. Pero entonces venían para prometernos lealtad, acompañados de los no menos numerosos lanceros libios y moros.

A los africanos se unían los hombres de los muchos pueblos que habitan Iberia y cuyos nombres no puedo recordar, pueblos muy diversos que no comparten entre sí sino un gusto común por la guerra. En Iberia encontramos hombres y recursos para desafiar otra vez a Roma. Del sur y levante llegaban los íberos con sus espadas retorcidas y sus escudos redondos, gentes más o menos civilizadas por el contacto con nuestros antepasados fenicios. También de los montes y mesetas del interior, más inaccesible y menos civilizado, poblado por gentes de lengua céltica.

¡Qué magnífico espectáculo, pues, ver a guerreros de tantos pueblos venir a los alrededores de nuestros cuarteles para ser reclutados! Reunimos un ejército magnífico de hombres valerosos para un líder magnífico y yo tuve mi parte en ello como oficial cartaginés. Cada día llegaban más hombres y yo sólo elegía a los mejores y les prometía oro.

Entre semejante multitud, un grupo atrajo mi atención por su ruda presencia, aun entre bárbaros. Cubiertos con simples túnicas de lana basta y con los cabellos largos sueltos o recogidos con una sencilla cuerda, aquellos hombres se comportaban con ademanes propios de la nobleza pese a su tosquedad. Ignorantes hasta no hacía mucho de cuanto ocurría fuera de sus montañas, observaban todo con altanería y altivez. Me gustaban.

Le pregunté a Ergio, mi colaborador y compañero. Nativo de la próspera región de Iberia de Turdetania, regada por el río Betis, me era especialmente útil por sus conocimientos del país y llevaba muchos años sirviendo a Cártago.

-Esos hombres han venido realmente de tierras lejanas, señor. Son cántabros y habitan la costa septentrional de Iberia, entre las montañas que separan la meseta del océano. Raramente las naves griegas y fenicias han visitado aquellas costas frías y difíciles, por lo que permanecen en la barbarie más absoluta. No beben vino ni tienen moneda. Recogen bellotas para hacer pan y cerveza y no tienen más riqueza que sus rebaños de cabras porque desconocen la agricultura y el comercio.

Sí, era un pueblo bárbaro y salvaje en verdad, pero la verdadera causa de mi interés no era el conocimiento de otros pueblos sino el hombre que acaudillaba a aquella veintena de bárbaros.

Del mismo modo que los pastores reconocen a cada una de sus bestias con su nombre y los mercaderes recuerdan el precio de todas sus mercaderías, un oficial debe recordar los rostros de sus hombres. Mas no merezco el menor mérito por recordar un rostro tan singular como el suyo, el de alguien que muy probablemente hubiera sido rey o general de haber nacido entre gentes más civilizadas. El cabello y la poblada barba eran negros como la pluma de un cuervo. Alto como un oso y cubierto de pieles, era la imagen del mismísimo Melkarto (1), que separó Iberia de África con la fuerza de sus brazos.

Le hice una señal para que se acercará con los suyos. Portaba un pequeño escudo redondo. También un enorme hacha de doble filo, ceñida a la espalda con un tahalí de cuero.

-¿Cuál es tu nombre, guerrero?

Hablaba el griego con mucha dificultad, como tantos otros mercenarios, y su expresión era seria, como si siempre estuviera meditando.

-Mi nombre es Laro, cartaginés.

-Me gustaría verte utilizar ese hacha en nuestro ejército, Laro. Parece demasiado pesada para un hombre, aun sujetándola con ambas manos...

Pero él esgrimió el hacha con una sola mano y me hizo una demostración de la rapidez con que podía utilizarla.

-¡Por Baal, que eres fuerte como un oso! Seguramente puedes talar un árbol con la mayor facilidad...

-¡Árboles! Hay muchos árboles en nuestra tierra pero mi hacha no está hecha para cortar madera sino cabezas.

Había hablado con seriedad pero entonces soltó una carcajada aterradora. Muchas veces volví a escuchar esa risa, que resuena en mis oídos, y ahora que soy un hombre viejo le envidio porque alcanzó la única inmortalidad que puede conseguir un hombre. En la euforia del combate olvidaba su condición mortal y reía a carcajadas. Su hacha cortaba el viento y los cuerpos de los hombres con la misma facilidad. Mientras otros sufríamos la angustia y la incertidumbre de la guerra, para él la guerra no era más que un juego. Carecía de toda malicia y era casto de cuerpo y espíritu, pues entre los suyos se considera la virginidad una gran virtud en un guerrero. Sí, era un niño que jugaba a decapitar hombres, un amante de la madre Astarté (2), amorosa y cruel con sus hijos al mismo tiempo.

Sí, ahora que soy viejo quisiera escuchar la risa brutal e invencible de aquel guerrero singular, del que tantas historias podría contaros...

  1. Melkarto era el equivalente fenicio de Hércules.

  2. Astarté era la diosa fenicia de la guerra.

martes, 17 de marzo de 2009

Un pájaro de mal agüero (y la crisis se coló en mi blog)

Este artículo apareció originalmente en OcioZero:
http://ociozero.com/?q=node/2742


UN PÁJARO DE MAL AGÜERO


¿Sorprendió la crisis a todos? No al premio Nobel de Economía de 2008 Paul Krugman, un economista con la rara, y dudosa, virtud de acertar las más nefastas predicciones...


Por un capricho aún por explicar, Alfred Nobel dispuso que las matemáticas no tuvieran cabida en su premio. Resulta tan sorprendente que la única ciencia que trabaja con verdades absolutas haya sido excluida que se habla incluso de un idilio de la esposa de Nobel con un matemático. Otros opinan que, como a tantos nos ha ocurrido, el autor tuvo sus problemas con los números en sus tiempos de escolar... Sea como fuere, el Nobel de Economía se ha convertido en la puerta de atrás al Nobel para muchos matemáticos “reciclados”, y es que los que hemos estudiado Economía sabemos bien que el nivel de abstracción en que se encuentra dicha “ciencia” ralla lo absurdo.

De vez en cuando, sin embargo, se concede el Nobel a algún economista por méritos más interesantes. Tal es el caso de Paul Krugman, premio Nobel de 2008. Sí, Krugman se maneja bien con los números pero mantiene los pies sobre el mundo real y escribe con un estilo claro e incluso brillante. Pero mis motivos trascienden la admiración personal por el economista y la relevancia política de este premio Nobel va más allá de la oposición declarada de Krugman hacia Bush y, en general, de la política económica de los llamados neocons que ha inspirado al Partido Republicano desde los tiempos de Reagan.

Paul Krugman bien podría convertirse en el economista más influyente después de la victoria de Obama porque a los méritos citados se une otro realmente peculiar en un economista: el de hacer predicciones arriesgadas, que otros economistas no se atreven a hacer, y acertar. Al propio Krugman le gusta contar como, invitado a México para dar unas conferencias sobre la economía de este país, se atrevió a exponer un punto de vista muy crítico y hacer predicciones muy poco halagüeñas en un momento (principios de los noventa) en que la economía de ese país crecía de forma espectacular. Los organizadores le advirtieron, educada pero firmemente, que era una predicción arriesgada. Poco después estallaba la llamada Crisis Tequila y se iniciaba una crisis devastadora para el país.

Igualmente acertado se ha demostrado con las crisis de Argentina, de Japón, del Sureste asiático… o con la crisis actual, que para él tiene su origen en la falta de regulación sobre ciertas instituciones financieras, que se habrían dedicado a actuar como bancos aprovechando el vacío legal, y que tendría bastante en común con la crisis de 1929.

La solución para la crisis actual que propone es muy poco convencional pero no olvidemos que Krugman también predijo el limitado éxito que tendrían las políticas tradicionales (como bajar los tipos de interés) y apuesta porque sea el Estado el que tome el relevo del sistema financiero con grandes proyectos de inversión pública…

Se trata justo de las medidas que salvaron a países como Estados Unidos o Alemania de la Gran Depresión y el lector se preguntará qué tiene de novedoso resucitar a Keynes, el gran economista de aquella crisis, setenta años después . Quizás también piense que si la actual crisis se asemeja a aquélla bien podemos aprovecharnos de sus enseñanzas.

Son preguntas sensatas pero Paul Krugman habla de lo que él llama la ideología dominante, un conjunto de ideas que, a fuerza de ser repetidas, se convierten en comúnmente aceptadas. No hay más que ver a tantos periodistas convertidos en economistas simplemente por repetir algunas de esas ideas, que poco tienen que ver con Keynes. Ha llovido mucho desde que el economista británico revolucionara la ciencia económica y pocos economistas creían probable otra crisis como aquélla hace sólo algunos años. Las crisis ocurridas en Japón o el Sureste asiático fueron simplemente catalogadas como producto de culturas corruptas y altamente intervenidas. Después de la crisis del petróleo una generación de economistas aceptó que el mejor remedio contra la crisis es el control de la inflación, el equilibrio presupuestario y el control del tipo de interés. La idea de una crisis global con inflación muy baja (o incluso deflación), crecimiento escaso y tipo de interés al mínimo sencillamente les desconcierta.


Con este panorama la aplicación de un gran programa de gasto público en Estados Unidos que propone Paul Krugman no es nada fácil. El abultado déficit público es otro problema y, aunque parezca absurdo, poner en marcha en Estados Unidos un gran proyecto de obras y servicios públicos es mucho más difícil que utilizar esos fondos para financiar una costosa guerra exterior. George Bush financió una guerra que costó (y costará, porque el pago no ha terminado) bastante más de ochocientos mil millones de dólares pero Barack Obama lo tendrá bastante más difícil si apuesta por emplear una suma parecida en construir infraestructuras (de las que Estados Unidos está necesitado, aunque parezca mentira) o incluso en crear un sistema sanitario público.

Ahora bien, si Krugman está en lo cierto, no sólo valdría la pena ese plan por los enormes beneficios sociales sino que sería el mejor remedio para reactivar la economía de Estados Unidos cuando ni bancos ni empresarios van a hacerlo. La alternativa, advierte Krugman, es seguir el caso japonés y una larga etapa de bajo crecimiento.

Está por ver si Krugman tiene razón, y las dificultades de su plan no son pocas, pero al mismo tiempo me aterra cuando la Unión Europea está apostando por seguir el camino opuesto. Si en Estados Unidos un gran plan de gasto público semejante es difícil, en Europa es sencillamente imposible con un Banco Central completamente independiente y cuyas autoridades, aunque desconcertadas por la ineficacia de sus medidas, prefieren seguir los pasos de Japón y su larga decadencia a probar “herejías” económicas. La crisis podría ser bastante prolongada para los europeos si Krugman tiene razón y los “beneficios” provocados por la moneda común hasta ahora (inflación y burbuja inmobiliaria principalmente) serían sólo un adelanto de lo que habría que venir.

Con este negro panorama me gustaría pensar que Paul Krugman no es más que un pájaro de mal agüero y un profeta barato, que lo ocurrido en Japón no puede pasar aquí y que el BCE es una institución sensata y flexible… Pero luego recuerdo que estamos ante uno de los economistas más brillantes de nuestro tiempo y que no tiene de profeta más que su bíblica fisonomía, que su valía supera a la inmensa mayoría de los que se han licenciado a sí mismos como economistas a base de repetir ideas sencillas que suenen sensatas para el gran público.

jueves, 19 de febrero de 2009

Horror Dune [opinión]

HORROR DUNE


“Dios creó Dune para poner a prueba a los fieles”, Frank Hebert.

“Dios creó a Frank Herbert para poner a prueba a los lectores”, internauta anónimo.


Tengo algo que decir y no voy a callarme, aún a sabiendas de las posibles reacciones hostiles e incluso de algún potencial enemigo. También espero encontrar alguna opinión a favor. En cualquier caso allá va: Frank Herbert es un mal escritor. Creo escuchar un murmullo pero permítanme los lectores que matice primero (porque no todo es malo, también tiene sus virtudes) y explique después por qué pienso que es un mal escritor. Luego escucharé los comentarios que, críticos o favorables, agradeceré por igual.


Es bien sabido que escribir supone concebir una idea y luego llevarla al papel o editor de textos. Esta distinción suele merecer poca atención no sólo por lo obvio sino también, y sobre todo, porque ambas capacidades van casi siempre parejas y los grandes creadores de ideas son grandes también a la hora de escribir. Pero en los casos excepcionales en que se rompe de forma evidente tal equilibrio la distinción adquiere máxima importancia. Así ocurre, por ejemplo, con el escritor norteamericano Frank Herbert.


No está en mi ánimo poner en duda el mérito, y la genialidad incluso, de ese universo llamado Dune, que consigue ser original y al mismo tiempo un reflejo de nuestra propia realidad. Y es que no pudo ser más fructífera la estancia del periodista en Pakistán, donde se inspiró para crear su propio universo según la complejidad de Oriente Próximo, pues a nadie se le escapa que el petróleo de esta región significa poco menos para nuestro mundo que la especia en el universo de Herbert. Así pues, Dune es un reflejo de algunos de los problemas más relevantes de nuestro tiempo como la escasez de los recursos naturales, los movimientos religiosos o la pomposamente llamada estrategia geopolítica. Todo ello en un mundo de paisajes sugerentes donde habita una de las especies más formidables del bestiario de la ciencia ficción.

La creación de este universo merece toda mi admiración pero no puedo decir lo mismo de la capacidad de Herbert como escritor, que nunca habría pasado de ser un autor de segunda o tercera fila sin Dune, y no puedo dejar de preguntarme, con bastante frustración, cuánto hubiera podido dar de sí ese universo en manos de un escritor mucho más competente.

Imagine el lector qué hubiera ocurrido si Tolkien nunca hubiera llegado a escribir El señor de los anillos y nunca hubiera dado forma a los numerosos apuntes y borradores que precedieron a la escritura de la novela capital del género. Imagine el lector si ese copioso legajo de papeles hubiera acabado en manos de un escritor mediocre y éste hubiera asumido el papel del maestro. Sí, es probable que ESDLA hubiera sido una novela a tener en cuenta pese a todo (muy incompetente tendría que haber sido para arruinar la idea), pero no sería lo mismo, como tampoco la Edad Hiboria de Howard ha sido escrita con tanta brillantez por otros escritores.


La primera de las grandes carencias de Herbert es, sin duda, su carencia de ritmo narrativo. Sus novelas son siempre lentas y la acción es administrada con cuenta gotas. No espere el lector grandes descripciones bélicas ni escenas trepidantes en general. Las novelas de Herbert parecen más bien obras de teatro noveladas en las que a menudo transcurren cien o doscientas páginas sin que ocurra nada relevante para que el autor recuerde que no puede prolongar la novela indefinidamente y se desencadenen los acontecimientos con precipitación para darle fin. Uno de los peores errores que puede cometer un escritor.

La falta de dinamismo es la primera dificultad a la hora de leer a Herbert pero tampoco se da mucha más maña a la hora de dar vida a sus personajes, a los que pretende dar un carácter arquetípico como los de los dramas de Shakespeare. Así pues, podemos reconocer en Paul al líder virtuoso, en Idaho al amigo y servidor fiel, en el barón Harkonen la crueldad, etcétera. El resultado son personajes artificiosos y carentes de naturalidad y, consecuencia inevitable, algunos de los diálogos más espantosos que haya dado la literatura. Herbert pretende convertir a sus protagonistas en personajes de tragedia griega poniéndoles en la boca frases que pretenden sonar profundas y que resuenan vacías y aburridas, por no hablar de lo cansino que es leer continuas descripciones sobre el tono de voz y la expresión facial que utilizan los personajes para decir cada frase.

Para no prolongar este examen de las carencias de Herbert, diré una sola palabra que las resume todas ellas: aburrimiento. No podría ser de otra forma cuando sus novelas siguen siempre el mismo esquema. En las novelas de Herbert los personajes no hacen cosas sino que hablan sobre cosas que pasan.

Todas estas carencias están presentes ya en el libro original que comenzó la serie pero se agravan a medida que avanzamos en la saga. “Dune” es rescatable e incluso digno de un notable si somos generosos, pero los libros siguientes degeneran de forma escandalosa. No soy amigo de cuantificar la literatura porque el arte es cualitativo y debe ser descrito y expresado antes que numerado, pero aun así, si tuviera que valorar y representar en una gráfica esta saga, no tendría más que dibujar una línea recta descendente que iría desde lo que en mis tiempos de estudiante llamaba un notable “raspado” hasta el deficiente. Los últimos libros de la saga trascienden lo aburrido para alcanzar lo insufrible, un esfuerzo bochornoso de resultado lamentable de Herbert por hacer una saga a cualquier costa. Pocos escritores han resistido la tentación de continuar una idea que sabían que no podía dar más de sí y continuar de forma digna, muy pocos han sacrificado la oportunidad de vender más libros para mantener su calidad literaria. Frank Herbert no está entre esos pocos, que incluso dejó que su novela original sirviera para crear una de las películas más espantosas (visualmente hablando) de la historia del cine y que emborrona el universo de Dune al evocar en el lector tan horrorosas imágenes... Sí, ese espantoso fotograma de Sting con calzoncillos futuristas que ilustra mi artículo tiene su origen en el delirio cinematográfico de David Lynch.


No puedo dejar de hacer algún comentario en cuanto a las nuevas secuelas de Dune aunque me cueste más comentarios negativos. Porque la trilogía de las casas no es tan mala como pueda esperarse según las novelas precedentes. Es posible que Brian Herbert haya cometido muchos errores al recrear el universo de su padre –no soy un experto en Dune para opinar sobre ello- pero es entretenida, algo que Frank Herbert nunca consiguió. La utilización de múltiples líneas narrativas resulta acertada y muy grata para el lector.

Repito que esta opinión se refiere a la trilogía de las casas. En cuanto a las nuevas dos trilogías es curioso que partiendo de una base mucho más interesante (la guerra contra las máquinas) el resultado sea tan pobre en comparación. Brian Herbert se demuestra en ellas digno sucesor de su padre y el empeño en escribir libros a destajo pasa factura, resultando insulsos y aburridos. Dudo mucho que lea la continuación de “Cazadores de Dune”. Existen libros mucho mejores que leer, lector, créeme.

No, no puedo considerar a Frank Herbert uno de los grandes del género. Pese a su popularidad y pese a su legión de admiradores, Herbert es un autor menor y que sólo merece un puesto de segundón por haber tenido una idea genial y crear un universo muy interesante. Pero Dune le queda demasiado grande y las posibilidades de ese universo con todos los personajes, criaturas y complejidad que contiene fueron más allá de sus limitadas capacidades como escritor.

Y es que a veces, por alguna extraña razón, las musas también se equivocan y eligen un amante equivocado al que inspirar.

Y sí, ahora sí es el momento de que el lector decida si comparte mi opinión o no.

domingo, 15 de febrero de 2009

Finalista del concurso Ovelles Elèctriques


El domingo pasado apareció la lista de finalistas del concurso Ovelles Elèctriques de relatos de fantasía, ciencia ficción y terror:

A sotavento de Montjuic
El curandero
El profundo espacio exterior
Humedades
Inmundicia, por solharis
Los héroes
Los recolectores
Napoleón y el mago
Robinsones
Rubén debe morir



Sí, ese relato es mío. He tenido que guardarme las ganas de decirlo hasta que ayer aparecieran los ganadores. Suena a tópico pero no esperaba ser finalista entre tantos relatos y me siento bastante satisfecho. En cuanto a los relatos ganadores son realmente buenos y podéis leeros en el blog del concurso:

http://ovelleselectriques.blogspot.com/

El curioso nombre del concurso se debe al famoso libro de Philip K. Dick "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" que dio lugar a la película "Blade runner". Es posible que haya libro con los relatos finalistas y seleccionados por el jurado. Espero poder dar noticias de ello.

En fin, reconozco que esto me ha subido bastante la moral y animado a participar en otros concursos.
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