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lunes, 23 de noviembre de 2009

El verbo prodigioso

Aquí el relato con el que participé en el TodoLeyendas de Sedice... y quedé en el puesto 37. No fue una buena elección para ese certamen y, sin embargo, no le guardo rencor y hasta le tengo mucho aprecio. Quizás arriesgué demasiado con el estilo atrevido y un episodio tan poco conocido como la Primera República.


EL VERBO PRODIGIOSO


Terminados los festejos, que son sobrios porque hay poco que celebrar, se abren para nosotros las puertas del Parlamento en el dos de enero de 1874, sexto año de la Revolución Gloriosa, llamada así primero con esperanza y luego con sarcasmo. Cuatro presidentes se han sucedido en menos de un año y muchos no creen ya en la supervivencia de la República. Encontraréis a Castelar, ahora presidente, y a sus predecesores Salmerón y Pi i Margall pero no a Figueras que, abrumado por los problemas de una nación en el caos, prefirió abandonar una tarea que superaba sus fuerzas. Cuando le busquen responderá con un enérgico “Váyanse a tomar por el culo”.

Disculpad tan poco memorables palabras porque, aunque groseras, expresan el sentir de muchos españoles que no tienen la elocuencia de tantas mentes ilustres. Es más, se diría que sus señorías sólo se escuchan a sí mismas en discusión permanente y no siempre desinteresada. Tenéis que prestar atención si queréis percibir entre el murmullo de los diputados otro murmullo que a Madrid llega como un eco de todos los rincones de España. Escuchad el murmullo que no cesa de un pueblo descontento, de unas esperanzas nunca satisfechas y de unos españoles que, despojados de su Imperio, se enfrentan a menudo con rabia y dolor...

Hasta que todos callan porque Don Emilio va hablar, el que para sus contemporáneos fue el hombre del verbo prodigioso y para nosotros, que no conservamos registro sonoro de su voz, el hombre de los grandes bigotes. Porque, en un siglo que es para los bigotes lo que el XVIII había sido para los peluquines, no hay bigote como el suyo, con las puntas vigorosas como cuernos de toro, cubriendo casi la mitad inferior de su inteligente rostro de ojos vivaces.

Claro que no es su mostacho lo que despierta la admiración de contemporáneos, incluso de sus adversarios, sino su prodigioso verbo. Tan brillante como Pi i Margall, el gaditano tiene la gracia de la que carece el catalán para hacer que sus discursos no sólo sean bellos sino que no dejen indiferentes a nadie. Acaso algo tenga que ver el proverbial gracejo andaluz con el don de la palabra de Castelar. No hay otro orador como él, ni siquiera entre tantas mentes preclaras, y el timbre de su voz es modulado y perfecto para exponer con gracia natural.

Sin excesivos preámbulos, Castelar habla de los males que asolan a España, que podrían resumirse en uno solo, el de la guerra, en un país en caos que hace demasiado tiempo que no conoce la paz. El reaccionario rey Carlos ha regresado de más allá de los Pirineos para organizar su Corte en Estella. Adorado por su séquito de boinas rojas, hace acuñar moneda con su efigie y manda sobre buena parte del país. Suyas son de facto las Vascongadas, donde la República se limita a las cercadas capitales, así como Navarra y las serranías del Maestrazgo y Castellón. Sus ejércitos se pasean por Cataluña y hasta por tierras castellanas, pues en la ciudad de Cuenca, tan cercana a la capital, acaban de alzarse los carlistas.

Pero si los boinas rojas campan a sus anchas por el noreste de España, la República no encuentra reposo en el sur. Allí el Cantón de Cartagena es un nido de corsarios. Impacientes, más ansiosos de derribar el viejo orden que de colaborar con la República, los cantonalistas han abortado la Constitución federal que dicen defender con el fuego de sus baterías. Valencia, Alicante, Málaga… Las costas levantinas son bombardeadas por los que fueron los mejores barcos de la armada y que ahora enarbolan la roja bandera de los cantonalistas en sus pabellones, roja como la sangre que riega España en nombre de algún ideal. Las demás potencias piden explicaciones al gobierno republicano por esta nueva Argel levantada en tierras murcianas.

Quizás se os antoje ocioso recordar a sus señorías el permanente caos en que vive la nación pero ni siguiera estos males bastan para unir a los republicanos. Muchos aguardan la réplica de Margall y, sobre todo, la de Salmerón, ahora enemistado con Don Emilio.

Éste insiste con ese estilo repetitivo que le es tan propio y que, lejos de ser monótono, martillea las conciencias y levanta pasiones. La unidad nacional debe comenzar por la unidad de los mismos republicanos. Pide un voto de confianza para salvar la República y para salvar la República no existe atajo al amargo pero necesario camino de la guerra. Explica que la República no puede permitirse un cambio de líder con la diplomacia que le es propia, temeroso de los celos y recelos de sus compañeros.

Pero a nadie se le escapa que Castelar no es el mismo hombre que disertaba en la Real Academia de la Historia. Su oratoria es vigorosa pero menos florida y más pragmática. Su voz ha perdido la musicalidad de antaño y suena más dura. No es que haya perdido fuerza su verbo, en absoluto, sino que, del mismo modo en que las manos del artesano se encallecen en su labor, Castelar ya no es el hombre que hablaba de ideales y para idealistas. Ha cambiado y eso algunos no pueden perdonárselo.

Como el mismo Nicolás Salmerón. El almeriense, que antes fue amigo y apoyo de Don Emilio, es ahora adversario y replica que sueña cada día con la democracia y no quiere esperar. Está cansado de los reclutamientos masivos y de las medidas excepcionales. ¡Tantos años esperó una oportunidad de salir del estéril régimen de la reina Isabel! Ahora el deseo de un gobierno realmente democrático y surgido del pueblo y para el pueblo no puede esperar.

Réplicas y contrarréplicas alargan el discurso hasta la madrugada pero, no temáis, que no os mantendré en vela. Con las primeras horas del alba se vota por fin la permanencia del presidente. Por apenas un puñado de votos es rechazada.


Ved un hombre derrotado, al que, tras horas de desvelo, las fuerzas le abandonan. El verbo más brillante de su tiempo no es capaz de expresar su desolación y sus oídos no oyen cuando sus colegas comienzan la votación para elegir a su sucesor.

Lo que sí oye es el rumor de que el general Pavia se ha sublevado nada más conocer la noticia y está de camino. Un joven diputado, suponemos que un idealista, llama a resistir y permanecer en sus asientos pero muchos se largan ya en discreta retirada. No habrá un quinto presidente y no esperan a escuchar el fuego de los fusiles. El pánico se desata cuando asoman los primeros tricornios. Comprendo vuestro asombro viendo a tan respetables prohombres trepar por sus escaños con la agilidad propia de una edad más inocente, ¡y algunos hasta se descuelgan por las ventanas como mozalbetes cogidos in fraganti en una travesura! El general, sarcástico, recuerda a sus señorías que pueden irse por la puerta... Más serio, se dirige a Castelar, que permanece en su sitio, y le ofrece el gobierno. Porque Pavia no es un monárquico sino un militar cansado del caos y de discusiones parlamentarias. Castelar le merece su confianza y basta con que le diga una palabra para que sea presidente de la República.

Pero no se sorprende cuando Castelar se niega y, aunque lamenta su decisión, le respeta más por ello. Ha puesto el poder a sus pies pero Castelar no quiere seguir el camino de la nueva República Francesa, construida sobre la sangre de la Comuna apenas un año antes. Los horrores de decenas de miles de revolucionarios fusilados en París y otros tantos enviados a fenecer en las cárceles de la Guyana le estremecen... No, él nunca podría y declina otra vez el ofrecimiento. Quizás sea un error y quizás pudiera salvar a la República pero siente miedo de sí mismo.

Cansado, muy cansado, abandona el Parlamento y nosotros le acompañamos con nuestra invisible presencia. A la salida se acerca a Margall, que también aguardó con valor a Pavía. Conciliador, le dirige la palabra cuando no tiene sentido ya la enemistad, que, por otra parte, nunca sintió por un hombre a quien respeta y aprecia.

-¡Quién podría imaginar esto!

-Sí, quién podría imaginarlo. Usted no, desde luego.

La voz de Margall responde afilada y dura, con odio incluso. Castelar no intenta demostrar su inocencia porque el odio de los que antes fueron sus compañeros le hiere más, incluso, que el triste final de un sueño. ¿Es que ni siquiera en la desventura pueden los españoles abandonar sus diferencias? Sólo le queda la esperanza de que sus compatriotas aprendan de la dolorosa Historia, que él tanto ha estudiado, y nosotros, privilegiados viajeros del presente, no le quitaremos esa esperanza.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Ucronía: Mil años de paz

Siendo la novela histórica y la ciencia ficción dos de mis géneros favoritos, y los que leo con mayor frecuencia e interés, era inevitable que intentase unirlos en ese subgénero que es la ucronía o historia virtual. El tema de esta primera ucronía (guardo más en el tintero) no es muy original, aunque en mi relato no llega a ocurrir la Segunda Guerra Mundial que conocemos sino que se cumple el peor temor de Stalin y estalla una guerra entre el Reich y sus aliados y la URSS. Me parece superfluo decir que no tengo simpatías por el nazismo. Sólo he tratado de imaginar la "utopía" que concebieron Hitler y compañía para Alemania.




MIL AÑOS DE PAZ


Dadme cinco años de guerra y yo os daré mil años de paz
Adolf Hitler



Con motivo del sexagésimo aniversario de la victoria, Volk, la revista mensual de actualidad les ofrece el testimonio del ex oficial Klaus Tuchen, uno de los poquísimos supervivientes que conocieron la victoria gloriosa. A pesar de su avanzada edad, Klaus habla con absoluta lucidez y nos impresiona con el vigor de sus palabras.

El día más triste de mi vida fue el día en que murió nuestro Führer. Lloré como un niño, como no había llorado desde la muerte de mi propia madre, pero eso había sido muchos años atrás, antes de que fuera yo un adulto y soldado veterano. ¡Nuestro Führer muerto apenas cuatro años después de la victoria contra los bolcheviques! ¡Él, que nos había prometido mil años de paz, apenas pudo ver el comienzo de la reconstrucción gloriosa que comenzaba para Alemania! De hecho, el alzheimer le había reducido a un estado indigno, especialmente los últimos dos años. En el último discurso de Año Nuevo a duras apenas había podido articular las frases que le habían escrito. Ese Hitler enfermo no hacía honor al hombre que más ha hecho por Alemania desde los tiempos de Federico el Grande. No creo en Dios porque siempre he sido un nacionalsocialista progresista y moderno, pero tamaña injusticia me hubiera disuadido de ello.
Aquel día emitieron música de su apreciado Wagner por la radio y a todas horas. Yo puse una vela delante de la fotografía del Führer y por una vez preferí el áspero vodka a la cerveza para animarme. Recordé a mis hijos -para que nunca lo olviden- que la granja, las tierras, los siervos, todo cuanto tenemos era gracias a Él.
Porque yo fui de los que confiaron en su palabra desde el principio, aunque luego muchos han presumido de sus raí­ces nacionalsocialistas. Voté por él en 1934 para que nos librara de la corrupta y degenerada República de Weimar y lluego luche por él y por Alemania en la guerra!
La guerra contra el enemigo bolchevique me sorprendió mientras me encontraba de servicio en España, en una guerra atascada por la incompetencia de ese Franco y el apoyo cada vez más decidido de Stalin a los rojos. Después del desastre del Ebro había enviado a su cuñado a Berlín para solicitar de ayuda y nuestro Führer fue lo bastante generoso para conceder una última prueba de buena voluntad. Cinco mil patriotas alemanes formamos partimos en el último refuerzo de la Legión Cóndor. Confiaba en ganar la guerra -como todos- pero nunca debimos mezclarnos en los asuntos de las razas latinas. No exagero si digo que españoles, italianos, etc. son pueblos demasiado diferentes, indisciplinados y atrasados. Sin duda algo tiene que ver en ello su sangre intoxicada con residuos semíticos. Aunque los españoles al menos saben luchar y sólo les falta disciplina. Los italianos son unos cantamañanas sin remedio, empezando por su Duce, que nos metió en aquella guerra para distraernos de los problemas realmente importantes.
Sí, conozco los embustes de los revisionistas actuales, que afirman que Stalin y Hitler habían acercado posturas antes de la guerra. ¡Nada menos! ¡Llevan sus mentiras contra toda evidencia hasta el extremo de hablar de una paz secreta entre ambos!

Todo eso no es más que un intento por desprestigiar al Nacionalsocialismo. Pero yo les diría a todos esos presuntos demócratas de Occidente, y que no son más que que liberales judíos, que su democracia se la deben al Reich de Adolf Hitler. Los alemanes dimos nuestra sangre por contener a las hordas marxistas y sin nosotros el bolchevismo se extendería hoy por toda Europa.
Como decía, el principio de la guerra me halló en tierra extranjera. Desde que el ejército bolchevique invadiera Polonia a nadie importó ya lo de España. Nuestro corazón estaba en Alemania. Brindamos con vino cuando nuestra flota destrozó a la rusa en el Báltico y sufrimos cuando los bolcheviques comenzaron la invasión. ¡El ejército rojo se abría paso por Polonia para invadir nuestra tierra! Tampoco podía evitar sentirme inquieto por mi familia en Berlín. Supe además que mi hermano Johann había sido movilizado.
Por fin volvimos a Alemania. Detrás dejábamos a España a merced del enemigo pero quizás sea bueno que todo hombre conozca alguna vez el fracaso. Tampoco era nuestra guerra. Cuando el bolchevismo llamaba a las puertas del Reich para pedir un duelo a muerte poco importaba la suerte de un país debilitado por el judaísmo y el catolicismo decadente.

Los dos primeros años de la guerra fueron muy difíciles. Rechazamos a su ejército pero la invasión del territorio bolchevique no era tarea nada sencilla. La Historia no recordaba un reto semejante desde que Alejandro Magno conquistara el Imperio Persa. El país de los bolcheviques era inmenso y gélido. Las estepas y los bosques sin límite se extendían ante nosotros. En primavera caudalosos ríos dificultaban nuestro avance por caminos embarrados y que apenas merecían tal nombre. En invierno olvidábamos lo que significaba el calor.
Por mi experiencia con los españoles me nombraron oficial en el mando conjunto de la División Azul, formada por exiliados de ese país. Ya fuera porque habían sido expulsados por los rojos o por el vestigio ario de su lejana herencia visigoda, lucharon bien y entramos en Leningrado. La ciudad era algo más que la llave del Báltico. Era la ciudad dedicada al líder de los bolcheviques y que ahora -gracias al Reich- el mundo conoce como Hitlerburgo.
No estuve en la captura de Stalingrado pero sí en la toma de Moscú, que había abandonado poco antes el cobarde de Stalin para refugiarse en la Siberia central. Fueron tiempos muy duros y, a pesar de nuestros sufrimientos, a menudo pensaba en los padecimientos de los míos y de todo el pueblo alemán.
¿Dónde estaba cuándo terminó la guerra? El día que terminó la guerra me hallaba perdido en un lugar al este de Finlandia y con un nombre impronunciable. Brindamos con agua de nieve derretida y con los dedos agarrotados por el frío pero, con todo, recuerdo aquel día como una de esas contadas ocasiones en que nos sentimos realmente felices en la vida.
La fiesta no había abandonado Alemania cuando regresé pero mi novia sí me había abandonado a mí después de tantos años de ausencia. No me esperó: había preferido casarse con un funcionario de obras públicas y tampoco la culpo por ello aunque en ese momento me sentí tan decepcionado que me planteé permanecer en el ejército. Mi camarada Jorg me disuadió de ello. Ah, era un patriota, un oficial de las SS... Toda esa leyenda negra alrededor de las SS es una gran mentira. ¿Acaso había otra forma de limpiar nuestras tierras recién conquistadas de judíos, gitanos, bolcheviques y demás escoria? Extirpar ese cáncer de la enferma Rusia no era tarea fácil pero, por primera vez en nuestra historia, Alemania tenía la oportunidad de expandir su prosperidad más allá del Vístula. No fue por regalo divino que nuestras fronteras llegaron de pronto hasta apenas doscientos kilómetros de distancia a Moscú y si queríamos conservar esa enorme conquista tendríamos que inyectar sangre alemana a los nuevos territorios. Así fue que me decidí a participar con mi camarada Jorg en el programa de repoblación de la antigua Ucrania, rebautizada como Nueva Baviera.
Confieso, no obstante, que me sentí desolado cuando llegamos a esta tierra. Había pasado la guerra en el frío norte, así que esperaba una tierra más acogedora en el sur. Pero al llegar aquí me sentí tan desolado como la estepa que se abría ante nosotros hasta el horizonte. La población de siervos que no que nos habían asignado no era más que un puñado de chozas, miserables antes aun de la guerra y de los gulags, y una veintena de eslavos harapientos nos miraban con miedo.
En mi memoria está grabado ese momento. Notando mi desánimo, Jorg se agachó entonces y recogió algo del suelo. Luego abrió el puño ante mis ojos. No era más que tierra...
-¿Ves esto? Es la tierra negra de Ucrania, la tierra más fértil del mundo. Nuestro Führer lo supo en cuanto la vio. Supo que esta tierra sólo necesita trabajo y organización. Todo el pueblo alemán le debemos gratitud por ello. Nuestros camaradas han regado con su sangre este suelo y es el momento de que nosotros la sembremos. Es la ocasión de mostrarnos tan patriotas en la paz como en la guerra.
¡Cuánta voluntad y convencimiento había en su voz! Me contagió su entusiasmo. Una tierra tan extraordinaria sólo necesitaba trabajo. No soy antropólogo pero es un hecho que los eslavos son europeos a medias, arios contaminados con la sangre de los invasores tártaros. De ahí su naturaleza salvaje e indolente a un tiempo, tan característica de los pueblos asiáticos. El eslavo carece de iniciativa y requiere ser disciplinado y dirigido.
Nos asignaron un lote de treinta eslavos a cada uno. Todos esos que hablan de colonialismo brutal tendrían que haber visto estas tierras antes de que los alemanes las convirtiéramos en el granero de Europa. Acostumbrados esos desdichados a la brutalidad salvaje de los comisarios comunistas nuestro dominio racional supuso una verdadera liberación para ellos. Aplicábamos los castigos corporales sólo en su justa medida.

También rebautizamos la población como Brunhild, la walkiria enamorada de Sigfrid en el anillo de los nibelungos... ¡Ah, las mujeres! Pese a los inmensos progresos y del trabajo que me ocupaba todo el tiempo, no conseguía olvidar el desengaño amoroso y la falta de una mujer... Fue precisamente entonces que el Consejo Supremo del Reich dio el visto bueno al Programa de Arianización. Expertos de las SS examinaban a las jóvenes eslavas para buscar aquellas en las que podían encontrarse una mayor proporción de herencia aria frente a las influencias tártaras que habían degenerado a toda su raza. Naturalmente era entre las más hermosas entre las que se encontraban los ejemplares más aptos pero sólo después de un concienzudo examen y la aprobación de un experto se les concedía una ciudadanía limitada para contraer matrimonio con un colono alemán.
El programa se aprobó por el plazo de diez años, pese a las muchas reticencias de algunos miembros del Consejo del Reich, y sólo porque los colonos alemanes eran insuficientes para colonizar las vastas tierras de nuestras nuevas provincias. Yo mismo me resistí a la idea pero sabía que si no contraía matrimonio en el plazo de cinco años perdería la propiedad de mis tierras e incluso me arriesgaba a ser sospechoso de tendencias viciosas, lo que era infinitamente peor. ¡Yo, buen patriota alemán y ciudadano ario, sospechoso de ser un inmundo sodomita! Ahorraría semejante vergüenza a mi familia y recuperaría el contacto con el bello sexo.
En cuanto lo solicité, me ofrecieron hasta una veintena de muchachas. Todas ellas eran atractivas pero no me fiaba de esto. Por alguna perversa razón su herencia tártara ha hecho a las mujeres eslavas bastante bellas en general. Pero me aseguraron que Helen, mi esposa hasta el día de hoy, tenía una importante herencia aria. Los que denuncian el racismo alemán (preservación y mejoramiento de la raza aria lo llamo yo) ignoran hasta qué punto aquel programa ha hermanado a dos pueblos, uniendo con lazos de sangre a lo mejor del pueblo eslavo y separando felizmente a los herederos de aquellos aventureros arios que llegaron desde Escandinavia para crear esta nación del estigma mongólico que la ha mantenido en el atraso respecto a Europa.
Y hemos sido felices hasta el día de hoy. Mis hijos son orgullosos ciudadanos alemanes y no han tenido que vivir los penosos sacrificios de la generación anterior. Pero precisamente por eso nunca he dejado de recordarles el generoso sacrificio del pueblo alemán y de su Führer. La historia de cómo un pequeño grupo de idealistas levantó a una nación desde la decadencia y la derrota hasta un imperio nunca debe ser olvidada.

Los ojos de Bruno brillan. Todo él desprende una fortaleza asombrosa pese a la edad. Al llegar a este punto, sin embargo, se muestra intranquilo y hasta apesadumbrado.


Sin embargo me siento enormemente preocupado por la opinión pública. No me preocupa lo que digan esos liberales extranjeros y mucho menos los embustes de los judíos o de los soviéticos. Lo que me llena de pesar es que todas esas mentiras han arraigado en parte de la juventud. No aquí, desde luego. En las provincias conquistadas no hay el menor atisbo de duda y lealtad. Es imposible olvidar la misión con que llegamos para llevar la civilización y depuración a unas tierras degeneradas. Pero toda esa juventud de Berlín que no aprecia el legado de sus padres y habla de democracia...
¡Democracia! Hablan de los millones de siervos eslavos oprimidos y digo yo: ¿no es la democracia el gobierno del pueblo? ¡¿Y acaso no es el Reich el gobierno del pueblo alemán por y para alemanes?! No necesitamos que nos gobiernen los eslavos, que jamás fueron capaces de gobernarse a sí mismos y que gozan de bienestar como bajo la dirección de Alemania, o los judíos de Washington y de Hollywood, corruptores de la juventud.
Mire, yo nunca he sido político pero no concibo un mundo sin nacionalsocialismo y mucho menos el regreso a la miseria de Weimar. Los alemanes hemos sido atacados repetidamente por las potencias extranjeras y no podemos dejar que ideologías judías nos corrompan. El pueblo alemán ha creado un nuevo régimen, nuestro régimen.
El legado del Führer jamás morirá. ¡Heil Hitler!

Nos despedimos conmocionados por la fe del viejo vetano. Confiamos en que el sacrificio de las generaciones pasadas sirva de ejemplo para las presentes y venideras.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Rey de reyes

El rey de reyes era el título para los antiguos emperadores de Persia. He aquí un relato que confieso que me dejó bastante satisfecho. Las imprecisiones históricas como confundir al célebre Leónidas con el también rey de Esparta, su suegro Cleomenes están calculadas para que parezca una crónica manipulada...


REY DE REYES

Y ocurrió que en el año trigésimo, según se cuenta desde el ascenso de Darío al trono de los Aqueménidas, el Gran Rey resolvió enviar una embajada al otro lado del mar de los griegos para exigir obediencia de las ciudades que permanecían insumisas. Dos embajadores partieron, pues, a aquel confín del Imperio, ambos ricamente enjoyados, mostrando apenas una pizca del poder del Rey de Reyes a aquellos que seguían ciegos a la luz de Ahura Mazda.

Pero he aquí que de la embajada sólo un esclavo fenicio, conocedor de la lengua de los griegos, regresó para contar su triste historia, y sus ropajes de seda estaban raídos y polvorientos por el largo viaje cuando se postró ante el Rey de Reyes y, tembloroso e inclinando la cabeza hasta tocar el suelo con la frente, se dirigió a Él con los títulos que merece el elegido de Ahura Mazda:

-¡Oh, he aquí el más humilde de tus esclavos, Gran Rey Darío, Rey de Reyes, señor de los arios; hijo del linaje de los Aqueménidas, que son arios; rey de Persia y de Media; rey de Babilonia, de Asiria, de la Bactria y del Indo; faraón de Egipto...


El Gran Rey alzó ligeramente la mano y sólo entonces se interrumpió el esclavo y alzó el rostro lo suficiente para hablar con voz alta y clara, pero sin atreverse a mirar a los ojos del que ha visto la luz de Ahura Mazda. Tal como narró el embajador su relato ha sido escrito aquí por voluntad del Rey de Reyes:

-¡Oh, Gran Rey, este esclavo tuyo viene a darte testimonio de la desventura de nuestra embajada! Comenzaré diciendo que no hubo problema alguno mientras viajamos a través de las tierras que ilumina el Dios verdadero. Sin incidentes viajamos por los caminos de piedra del Imperio hasta la ciudad de Sardes y luego hasta las ciudades de los griegos de la orilla oriental de su mar, que ahora están sometidas a tu gran poder. Desde el camino admiramos la grandeza de tus ciudades y de las provincias bien gobernadas.

>> Pero en cuanto hubimos atravesado el estrecho que los griegos llaman los Dardánelos no hallamos más que miseria, pues aquel estrecho separa los dominios de Su Majestad de la barbarie. Nada hay allí que pueda añadir esplendor a los dominios de los Aqueménidas. La ciudad de Atenas, que es la principal entre los griegos, cabría diez y veinte veces entre los muros de Susa o Persépolis. Los templos en los que guardan las imágenes de sus falsos dioses y de los que tanto se jactan cabrían dentro los sagrados recintos del Dios Ahura Mazda.

>> Tampoco vale gran cosa esa tierra difícil, de costas tortuosas y áridas colinas donde sólo crecen olivos de retorcidos troncos. Apenas hay comunicaciones entre unas ciudades y otras, ni comercio ni intercambio de conocimiento.

>> Menos valen aun sus habitantes, vanos y jactanciosos, soberbios y necios. Siempre en discordia entre sí, su entretenimiento es la conspiración. Los persas enseñamos a nuestros jóvenes a decir la verdad por encima de todas las cosas pero los nobles entre los griegos confían la educación de sus jóvenes a algunos que llaman sofistas y que no son más que charlatanes para los que la sabiduría no es sino demostrar cualquier argumento mediante engaños y retórica vacía.

>> Al dejar Atenas y atravesar la ciudad de Corinto, que es la puerta de la mitad meridional de la Hélade que ellos llaman el Peloponeso, llegamos a la ciudad de Esparta.

El Gran Rey, que no había sabido hasta entonces de aquella insignificante y remota ciudad, exigió saber en detalle sobre tal sitio:

>> Sabe, Gran Rey, que esa Esparta merece más el nombre de aldea que de ciudad y que es más pobre que la menos rica de las capitales de provincia del Imperio. No hay palacios ni grandes templos que la señalen. Ni siquiera la rodean murallas porque los fatuos espartanos alardean de que sus escudos son sus murallas.

>> Sabe, Gran Rey, que si sus edificios son toscos y burdos, más lo son sus habitantes, pues no hay pueblo más estúpido, bárbaro y arrogante que el de los espartanos. A diferencia de los demás griegos, tan aficionados a la intriga y la retórica, los espartanos no saben más que luchar como animales y tienen merecida fama de hoscos y silenciosos. Crían a sus hijos como bestias, sin enseñarles sino a pelearse entre sí. Son obtusos y groseros, y desprecian el menor refinamiento. Dejan que los cabellos les cuelguen largos y se afeitan el bigote pero llevan sin cuidado sus barbas. Son musculosos pero no hermosos, pues muestran las infinitas magulladuras y cicatrices con orgullo. La higiene es desconocida entre ellos.

>> Los espartanos odian a todos los extranjeros y no disimularon su desprecio cuando nos llevaron ante su líder, un tal Leonidas. Nada había en aquel individuo propio de un rey, ataviado con una burda túnica de lana sin adornos como los demás, y como los demás olía a queso rancio, a ovejas y a aceitunas agrias. Olía a griego. Los espartanos lo llaman rey –o diarca, pues tienen dos reyes- pero por su rostro vulgar y sus zafios ademanes se confundiría con un labriego cualquiera.

>> Como los espartanos no construyen palacios, parlamentamos en una de sus plazas sin empedrar. A nuestro alrededor se congregaban espartanos ociosos, envueltos en sus capas rojas, mirándonos con el odio marcado en sus rostros vulgares mientras masticaban algún mendrugo de pan duro o simplemente se espantaban las moscas.

>> -Escucha, Leonidas, rey de los espartanos –habló el principal de tus embajadores con voz clara-, venimos enviados por el Gran Rey para llevar su voluntad hasta el último confín de la tierra.

>> -¿Quién es ese gran rey? -preguntó el tal Leonidas con necedad, y tus embajadores creyeron que podrían mostrarle la luz.

>> -El Gran Rey es el Rey de Reyes, el soberano de la tierra, el que sólo responde ante Ahura Mazda. Los dominios del Gran Rey se extienden hasta los confines del mundo y ahora exige un gesto de buena voluntad de tu ciudad: un puñado de tierra y un poco de agua.

>> -Sabe entonces que los espartanos tenemos nuestros propios reyes y que no obedecemos sino nuestra propia ley.

>> Comprendiendo que hablaban a un necio, intentaron los servidores de Su Majestad ablandarle con la prosperidad de sus dominios. Le hablaron de las largas calzadas que parten de Susa y Persépolis hasta los confines del Caucaso y del Indo; de la grandeza de Babilonia, Ectabana y Nínive, en cuyos mercados se venden y compran mercaderías de todos los países del mundo; de los inmensos beneficios de la paz del Gran Rey y de cómo hasta la última de las provincias del Imperio florece bajo la soberanía de los herederos de Ciro como las mieses brotan del limo del Nilo.

>> Inútil fue su empeño, pues aquel asno no era sino como todos sus embrutecidos compatriotas, orgulloso de su propia miseria. Oh, Gran Rey, os aseguro que nunca pueblo alguno despreció el comercio, el oro y cuanto es bueno y hermoso como el de los espartanos. Antes civilizaréis a los etíopes que, desnudos, cazan elefantes con sus arcos o a los escitas que huelen como los caballos con que cabalgan por la estepa.

>> Entonces las palabras de tus embajadores fueron más duras, comprendiendo que aquellos bárbaros eran como bestias, que no entienden otro argumento que la fuerza. Con estas palabras hablaron al reyezuelo de Esparta:

>> -Sabe, pues, que el Rey de Reyes tiene más soldados en sus ejércitos que hombres y mujeres en todas sus ciudades juntas los griegos de ambas orillas. Soldados de todas las naciones del mundo combaten para el Gran Rey, también griegos que han comprendido el poderío de los Aqueménidas. Pero, por encima de todos, están los soldados que acompañan siempre al Gran Rey, los diez mil elegidos de su guardia personal. Los que luchan para el Gran Rey comparten su generosidad y prosperan a la luz del Aqueménida. Los que osan luchar contra Él no encuentran más que la muerte y después de la muerte los sufrimientos que Ariman les reserva en los infiernos.

>> Tampoco se dejó convencer por estos argumentos. Es más, sólo prestaba atención a medias pues al mismo tiempo acariciaba a su hija, una niña llamada Gorgo. He hablado de los hombres de Esparta pero sepa Su Majestad que esos hombres no son engendrados por mujeres mejores que ellos. Son delgadas y nervudas como varones e insolentes como ellos. Ni siquiera tienen el recato de las otras griegas y sostienen la mirada a los demás hombres y hablan en presencia de sus maridos. Cubren sus cuerpos con negligencia y son impúdicas como burras en celo. Aquella criatura, pues, nos miraba con el fuego de un demonio en sus ojos, abrazando las piernas de su padre como una serpiente que se enrosca en una vid. Su padre le acariciaba los cabellos despeinados con sus manazas de uñas negras.

>> -Papá, ¿cómo permites que un sucio extranjero te hable así?

>> Leonidas sonrió a su serpiente con una torva mueca. Ambos embajadores se sintieron justamente ofendidos porque una muchacha descarada osara hablar así en presencia de los enviados de Su Majestad. El embajador Artaxaxes, mi amo, no se contuvo por más tiempo:

>> -Sabe, rey Leonidas, que no hay mejores arqueros en el mundo que los persas y que los escudos de los griegos no pueden defenderlos. Porque las flechas de los arqueros persas caen tan juntas y apretadas que oscurecen la misma luz del Sol...

>> Entonces se adelantó un espartano, un asno llamado Dienekes:

>> -¡Mejor, entonces lucharemos a la sombra!

>> Todos rieron la broma. Tal es el humor de los espartanos, que no saben reír más que del dolor y la muerte. Sólo cesaron las risas cuando su reyezuelo tomó la palabra.

>> -¿Queréis agua y tierra? ¡Pues la tendréis!

Interrumpió en este punto su relato el embajador. El rostro del Gran Rey era imperturbable cuando prosiguió el esclavo.

-Entonces agarró a uno de los embajadores de Su Majestad y lo levantó en vilo. Su compañero protestaba pero a nuestro alrededor no había sino lanzas y espadas, amenazándonos, sin el respeto que les es debido a los enviados del Gran Rey. Horrorizado, fui testigo de cómo ese miserable llevaba a mis amos hasta la boca del pozo y los arrojaba a su interior con estas palabras:

>> -¡Ahí tenéis toda el agua que gustéis! ¡La tierra la encontraréis al fondo!

>> Sus brutales carcajadas casi no dejaban escuchar los horrorizados gritos de los enviados de Su Majestad. Algunos de los espartanos reían tan violentamente que se revolcaban en el suelo como puercos. El propio Leonidas se apretaba los brazos contra el pecho para contenerse.

>> Temí por mi propia vida pero, en vez de arrojarme al pozo con mis amos, el rey de Esparta me despidió con estas indignas palabras:

>> -¡Ahora ve tú hasta ese gran rey tuyo y dile cuál es la respuesta de los espartanos!

>> He aquí cuánto ha visto y oído este servidor de Su Majestad para dar testimonio de la verdad.

Terminado su relato, el embajador gateó hacia atrás besando el suelo que había pisado el Gran Rey hasta salir de su presencia.

El rostro del Aqueménida permanecía imperturbable como el de una estatua tallada en granito cuando dictó sentencia.

-¡Esto haré, Yo, Darío, el Gran Rey, señor de los persas y de los medos y de todos los pueblos que viven hasta los confines del mundo! ¡Ejércitos como nunca se vieron sobre la tierra llevarán el poder de Ahura Mazda hasta el otro lado del mar y darán ejemplo a quienes osaran burlarse de la palabra de los Aqueménidas! Es la voluntad de Ahura Mazda y mía.

Pero tiempo después, antes de que se hubieran congregado los ejércitos que darían justo escarmiento a los espartanos, dos de aquellos bárbaros osaron venir hasta la misma Persépolis. Se presentaron ante el Gran Rey sin el menor arrepentimiento, renuentes a postrarse ante el trono de los Aqueménidas, y con este arrogante mensaje:

-Venimos desde Esparta para reparar nuestro error. Que el rey de Persia obtenga justicia en nuestras personas y haga ejecutarnos como sea su gusto para reparar la muerte de sus embajadores.

Pero el Rey de Reyes no quiso escuchar más indignidades. Sin dejarse alterar por semejante proposición, respondió el que es justo a los embajadores de Esparta.

-Los Aqueménidas no conseguimos justicia por el asesinato ni intercambiamos unas vidas por otras. Marchaos, pues, a Esparta y decid a vuestros compatriotas que la sangre no se limpia con sangre y que el señor de los arios no aceptará más disculpa que la sumisión al Gran Trono. Tal es la voluntad de Ahura Mazda y mía.

Avergonzados, sin decir una sola palabra más, marcharon los embajadores de Esparta para dar noticia a sus habitantes del terrible castigo que, como rayo que cae en la tempestad, llevaría el Rey de Reyes a cualquiera que se le opusiera hasta en el último rincón de la tierra.



miércoles, 12 de agosto de 2009

Libro recomendado: El águila del Imperio

Mi ausencia ha sido breve y refrescante, no obstante el calor húmedo y sofocante de Almería. Como el verano es largo y queda mucho todavía, me parece que es momento de recomendar un libro para celebrar el descubrimiento de un autor francamente interesante, Simon Scarrow, así como de su saga de Quinto Licinio Cato.



EL ÁGUILA DEL IMPERIO - SIMON SCARROW


Título: El águila del Imperio (2001)
Autor: Simon Scarrow
Género: Novela histórica
Nota: 8.5


Como tantos aficionados a la Historia, tanto a nivel literario como de ensayo, no puedo evitar cierta envidia de los británicos, por el aprecio que sienten por su Historia y que ha sido la piedra angular del destacado papel de los novelistas británicos en el género histórico. Justo es reconocer que no tienen rival en cuanto a novela histórica de aventuras se refiere. Sirvan nombres como Bernard Cornwell, Donal McFrazier o Patrick O'Bryen como excelentes ejemplos de lo que digo.
También es el caso de Simon Scarrow, que ha elegido la conquista de Britania por el ejército romano como escenario para su saga y es que a menudo la literatura y el cine nos han hecho olvidar que detrás del lujo y refinamiento de Roma había un ejército extraordinario, una maquinaria eficiente y al mismo tiempo brutal. No será fácil el adiestramiento para el joven Cato, acostumbrado a la vida de palacio, y Scarrow consigue que el lector se admire de la dura existencia de aquellos hombres, que ajenos a la relativa abundancia del Imperio que defendían vivían en una tradición casi espartana. También que el lector se entretenga de principio a fin con las aventuras del joven Cato y del veterano centurión Macro.

Scarrow parece más un hombre de acción que un profesor de historia por el talento que demuestra al convertir la Historia en algo vibrante y enganchar así al lector. Hacía tiempo que no me divertía tanto con una novela histórica y de aventuras, así que sólo puedo lamentar que los buenos libros como éste se lean tan deprisa. El siguiente libro de Scarrow espera en mi mesa mientras escribo esta reseña...

viernes, 27 de marzo de 2009

Laro el cántabro

Para acabar marzo un breve relato, casi un divertimento, sobre el guerrero cántabro Laro, que habría combatido para el ejército cartaginés. Aprovecho además para recordar aquellos paisajes del norte tan familiares.


LARO EL CÁNTABRO

¡Cuán cierto es que el oro atrae a los hombres como la miel a las moscas! Mas, aunque compremos sus servicios, su voluntad es voluble y su lealtad se gana sólo con esfuerzo y siempre que haya algo más que avaricia en su empeño. Los cartagineses aprendimos muy duramente esa lección cuando vimos a nuestros antiguos aliados revolverse contra nosotros para ganarse el favor de Roma. Pero por aquel entonces Cartago resurgía del desastre, se alzaba de nuevo con orgullo pese a las humillantes condiciones de Roma, y el oro y la plata fluían en abundancia a la Nueva Cartago que estábamos construyendo en Iberia. Con la misma abundancia llegaban los grupos de mercenarios ansiando alistarse a las órdenes de Aníbal, ¡qué las bendiciones de Baal sean siempre con él!

En gran número desembarcaban las huestes de jinetes númidas. Sí, hombres de Cartago, los mismos númidas que ahora campan por nuestros dominios buscando pillaje, combatían para Aníbal con el servilismo traicionero que le es propio a su raza. Con la misma facilidad que montan a pelo sus caballos y aparecen y desaparecen en sus escaramuzas cambian de aliados. Pero entonces venían para prometernos lealtad, acompañados de los no menos numerosos lanceros libios y moros.

A los africanos se unían los hombres de los muchos pueblos que habitan Iberia y cuyos nombres no puedo recordar, pueblos muy diversos que no comparten entre sí sino un gusto común por la guerra. En Iberia encontramos hombres y recursos para desafiar otra vez a Roma. Del sur y levante llegaban los íberos con sus espadas retorcidas y sus escudos redondos, gentes más o menos civilizadas por el contacto con nuestros antepasados fenicios. También de los montes y mesetas del interior, más inaccesible y menos civilizado, poblado por gentes de lengua céltica.

¡Qué magnífico espectáculo, pues, ver a guerreros de tantos pueblos venir a los alrededores de nuestros cuarteles para ser reclutados! Reunimos un ejército magnífico de hombres valerosos para un líder magnífico y yo tuve mi parte en ello como oficial cartaginés. Cada día llegaban más hombres y yo sólo elegía a los mejores y les prometía oro.

Entre semejante multitud, un grupo atrajo mi atención por su ruda presencia, aun entre bárbaros. Cubiertos con simples túnicas de lana basta y con los cabellos largos sueltos o recogidos con una sencilla cuerda, aquellos hombres se comportaban con ademanes propios de la nobleza pese a su tosquedad. Ignorantes hasta no hacía mucho de cuanto ocurría fuera de sus montañas, observaban todo con altanería y altivez. Me gustaban.

Le pregunté a Ergio, mi colaborador y compañero. Nativo de la próspera región de Iberia de Turdetania, regada por el río Betis, me era especialmente útil por sus conocimientos del país y llevaba muchos años sirviendo a Cártago.

-Esos hombres han venido realmente de tierras lejanas, señor. Son cántabros y habitan la costa septentrional de Iberia, entre las montañas que separan la meseta del océano. Raramente las naves griegas y fenicias han visitado aquellas costas frías y difíciles, por lo que permanecen en la barbarie más absoluta. No beben vino ni tienen moneda. Recogen bellotas para hacer pan y cerveza y no tienen más riqueza que sus rebaños de cabras porque desconocen la agricultura y el comercio.

Sí, era un pueblo bárbaro y salvaje en verdad, pero la verdadera causa de mi interés no era el conocimiento de otros pueblos sino el hombre que acaudillaba a aquella veintena de bárbaros.

Del mismo modo que los pastores reconocen a cada una de sus bestias con su nombre y los mercaderes recuerdan el precio de todas sus mercaderías, un oficial debe recordar los rostros de sus hombres. Mas no merezco el menor mérito por recordar un rostro tan singular como el suyo, el de alguien que muy probablemente hubiera sido rey o general de haber nacido entre gentes más civilizadas. El cabello y la poblada barba eran negros como la pluma de un cuervo. Alto como un oso y cubierto de pieles, era la imagen del mismísimo Melkarto (1), que separó Iberia de África con la fuerza de sus brazos.

Le hice una señal para que se acercará con los suyos. Portaba un pequeño escudo redondo. También un enorme hacha de doble filo, ceñida a la espalda con un tahalí de cuero.

-¿Cuál es tu nombre, guerrero?

Hablaba el griego con mucha dificultad, como tantos otros mercenarios, y su expresión era seria, como si siempre estuviera meditando.

-Mi nombre es Laro, cartaginés.

-Me gustaría verte utilizar ese hacha en nuestro ejército, Laro. Parece demasiado pesada para un hombre, aun sujetándola con ambas manos...

Pero él esgrimió el hacha con una sola mano y me hizo una demostración de la rapidez con que podía utilizarla.

-¡Por Baal, que eres fuerte como un oso! Seguramente puedes talar un árbol con la mayor facilidad...

-¡Árboles! Hay muchos árboles en nuestra tierra pero mi hacha no está hecha para cortar madera sino cabezas.

Había hablado con seriedad pero entonces soltó una carcajada aterradora. Muchas veces volví a escuchar esa risa, que resuena en mis oídos, y ahora que soy un hombre viejo le envidio porque alcanzó la única inmortalidad que puede conseguir un hombre. En la euforia del combate olvidaba su condición mortal y reía a carcajadas. Su hacha cortaba el viento y los cuerpos de los hombres con la misma facilidad. Mientras otros sufríamos la angustia y la incertidumbre de la guerra, para él la guerra no era más que un juego. Carecía de toda malicia y era casto de cuerpo y espíritu, pues entre los suyos se considera la virginidad una gran virtud en un guerrero. Sí, era un niño que jugaba a decapitar hombres, un amante de la madre Astarté (2), amorosa y cruel con sus hijos al mismo tiempo.

Sí, ahora que soy viejo quisiera escuchar la risa brutal e invencible de aquel guerrero singular, del que tantas historias podría contaros...

  1. Melkarto era el equivalente fenicio de Hércules.

  2. Astarté era la diosa fenicia de la guerra.

martes, 2 de diciembre de 2008

Sangre, sudor y pólvora I

Si hay un género literario que me atraiga tanto como la ciencia ficción ése es el histórico. Aprovecho para empezar otra saga ambientada en el siglo de oro para las armas españolas. Me gustaría que fuese una saga bastante abierta en cuanto a argumento y si no es muy ordenada en cuanto a cronología espero haber conseguido la ambientación.

"Donde comienzan las andanzas del hidalgo Gonzalo Villanueva y se refieren los motivos que llevaron a nuestro protagonista al noble oficio de las armas."


SANGRE, SUDOR Y PÓLVORA

I

EL BUEN ACERO TOLEDANO




He oído a menudo decir –y acaso tengan razón- que solamente las gentes ilustradas y de talento debieran escribir los libros; que las plumas no hubieran de estar sino entre aquellos dedos que las esgriman como pinceles, con hermosa y cuidada caligrafía, y no en manos torpes como las mías, más hechas a propósito para empuñar un buen acero.


siglo de oro, aventuras, alatriste, relato

Por ello ruego a vuesas mercedes que tengan a bien leer lo que este viejo y humilde soldado español tiene que decirles y que con igual benevolencia disculpen a quien prefirió hasta ahora el arcabuz a la pluma. Acaso siguiera siendo de este modo si su cuerpo no se hubiera consumido por demasiado tiempo ya en los campos de batalla, resultando que en su vejez prefiere el retiro y el descanso que considero sobradamente merecidos por tantos años de servicio a dos grandes reyes. Confío, pues, en que lean lo que tengo que decirles, porque lo que me falta en educación procuraré compensarlo a vuesas mercedes en experiencias. No pudiera ser de otra manera después de haber servido al más grande soberano del Orbe por las tierras de Europa y África y más tarde a su hijo el príncipe Felipe, que es ahora Rey Nuestro y quiera Dios que siga siéndolo por muchos años.


Les narraré las desventuras de la guerra y la vida de un soldado tal cuál es, según las muchas y singulares experiencias que guardo en mi endurecida sesera, y, al tiempo que les maravillen, espero que les sirvan también de algún provecho, porque en todo ello pueden sacarse grandes enseñanzas morales. Al menos según mi modesto entender.


Tercero entre mis hermanos, fui último a la hora de repartir los bienes de la herencia. Las tierras correspondieron a mi hermano Juan y para mí no quedó sino la bendición de nuestro padre en su lecho de muerte y dos bolsas de ducados. Mas no me importó, pues recibí la mejor de las herencias: la hidalguía y el sentido de la reputación y de la honra. Cristianos viejos desde siempre, en mi familia nunca hubo narices retorcidas ni rostros cetrinos. Los Villanueva éramos buenos católicos y castellanos hidalgos, de tan noble estirpe que bien quisieran tenerla para sí muchos de esos nuevos aristócratas que pretenden comprar la nobleza con oro. La hacienda de la familia no era mucha pero se ganó sirviendo con lealtad al rey Alfonso VI de Castilla, aquel gran soberano que arrancó Toledo a los moros para la cristiandad, y desde entonces los Villanueva habitaron esta augusta ciudad, acaso la más noble de Castilla y de España, muy por encima de este Madrid al que Su Católica Majestad el rey Felipe ha querido hacer capital, y aunque yo no quisiera discutir el buen entendimiento de tan prudente rey, creo que no será capital por mucho tiempo, pues Madrid nunca tendrá la digna nobleza de la que fuera capital del reino godo, ya sea con Corte o sin ella.


Bien sé que a mi padre le hubiera dado mucho gusto tener un sacerdote en la familia, pero no pudo ser como él quiso. De siempre fui un muchacho muy duro de mollera para los latinajos, y las sutilezas teológicas resultaban harto complicadas para este servidor, que no podía entender como tres pueden ser uno y uno puede ser tres. Los misterios del Señor no fueron hechos para ser comprendidos por las inteligencias sencillas.


Lo que es aún peor: desde muy joven sentí una irresistible atracción por el bello sexo, atracción que no siempre me llevó por el buen camino. Creo poder afirmar que nunca fui débil ni blando, pero reconozco que el celibato no estaba hecho a mi natura, aunque no por esto he dejado de ser buen católico como deben serlo los españoles.


No había lugar en el seminario para mí y tampoco lo había en la universidad, así que resolví emprender la carrera de las armas, que es muy noble y la que mejor se adaptaba a mi carácter y forma de ser. Que si no defendí la fe de Cristo desde el púlpito, la defendí en la primera línea de batalla con espada en la mano, arcabuz en el hombro y el crucifijo de oro en el cuello. Treinta años serví a España, a Dios y a los dos más grandes reyes de la cristiandad, y con esto creo haber cumplido bien con mi obligación de católico. Pienso que en estos tiempos aciagos, en los que el turco pretende enseñorearse del Mediterráneo y el hereje se cree con derecho a hacer mofa y escarnio de las Sagradas Escrituras para defender lo indefendible, bien necesita Dios de quienes defiendan la fe católica y natural con su arrojo y entrega.


Aun siendo ciertas estas razones, justo es reconocer que otros motivos hubo que también me atrajeron hasta el duro oficio de la guerra. Desde luego nada tuvieron que ver las pagas en ello, que si bien es cosa justa y necesaria que un soldado reciba con qué mantenerse, éste no puede ser su único afán. Un soldado español es ante todo el servidor de su rey, no un mezquino mercenario como esos alemanes y suizos, que miden su fidelidad según el sonido de los escudos en su bolsa.


Es que muy a disgusto me imaginaba yo con una oscura sotana, viéndome mucho más de mi agrado con un reluciente casco, coleto de cuero (1), coloridos greguescos (2) y un acero colgando del cinturón de hebilla dorada. De tal guisa me gustaba imaginar viéndome observado por las damas, dedicándome alguna mirada perdida y acaso hasta algún dulce suspiro mientras yo me cruzara galante entre ellas y descubriéndome tal como deben hacer los caballeros…


Así pues, sin cavilarlo demasiado, me personé en el edificio en que se había acomodado el capitán encargado del reclutamiento en Toledo. Con un pálpito en el corazón, me acerqué a aquella casa sobre cuya puerta colgaba el tambor del reclutamiento, pesaroso por la muerte de mi padre pocos días antes pero feliz y ansioso de servir pronto al rey.


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Siempre he aborrecido las argucias que son tan frecuentes en los reclutamientos para defraudar al rey por unos miserables escudos. Que sepa el lector que muchos capitanes se han enriquecido con esta treta tan lamentable, quedándose para sí parte de lo que debieran emplear en contratar hombres. Tampoco son raros los aguzados reclutas que reciben el anticipo y se largan luego, sin dar cuenta a nadie, a pesar de que la justicia les da luego persecución.


Nada de esto ocurrió en mi inscripción, y sin embargo yo no había cumplido aún los veinte años necesarios para alistarse. Fue un pequeño engaño y puedo decir que no ha habido más. En el tono más firme que pude, ocultando la emoción, dije mi nombre al capitán y apenas podía creerme yo que así me llamara viéndolo apuntar al escribano en la lista. Me sonreí creyéndome el joven más dichoso del mundo, sin poder imaginar cuántos sufrimientos me esperaban… ¿Qué podía saber yo de los largos asedios, de las extenuantes marchas, de la violencia y del fuego en la batalla? ¿Qué podía saber yo de la muerte que puede llegar en cualquier momento al soldado y de su desesperación en no pocas ocasiones?


Y sin embargo sé que, si ahora me fuera dado a elegir desandar lo andado, no sería capaz de hacerlo. Porque entiendo que el hombre es como el hierro en una fragua, que, sacado de las llamas y golpeado contra el yunque una y otra vez, se endurece y adquiere templanza y resistencia. Honra, dignidad y acatamiento, esto es lo que significa ser español, católico y soldado.


Porque los jóvenes han de ser optimistas, hasta el exceso si me apuran, que los años vividos les darán la experiencia y los templará como el buen hierro. Pero esto no puede ocurrir sin ese empuje inicial y entusiasta de la juventud que anima a luchar.


Guardaba yo muchas ilusiones. Tales como viajar, conocer a otras naciones y sus gentes. ¡Yo, que nunca había salido de la ciudad de Toledo y de sus alrededores! No podía imaginarme hasta qué destinos viajaría en adelante, que mis pasos me llevarían hasta la rica Flandes o a las costas de la Berberia. Pero ningún otro viaje puedo recordar con más cariño que el primero, aquel en el que me llevó primero hasta Cartagena, abandonando las llanuras de Castilla, y luego hasta el Reino de Nápoles.


Me acompañaba el bueno de Agustín, hombre sencillo de poca mollera pero leal como el que más, buen servidor de mi padre y después mío. Nadie me ha servido con tanta fidelidad como él, siempre diligente para llevar mis armas y mis pertrechos y servirme en lo necesario. Dios tenga en su gloria a ese hombre bueno y sencillo.


La espada la portaba yo con mucho orgullo, un auténtico acero toledano de rica empuñadura que tuve por mucho tiempo como mi más preciosa propiedad. De todos es sabido que no se hacen mejores aceros en el mundo que los forjados en las fraguas de Toledo. Son espadas ligeras y flexibles como juncos y al mismo tiempo tan afiladas como los dientes del diablo; también son las más bellas y su brillo es distinto a las demás. El simple hecho de cogerlas por la empuñadura devuelve la seguridad a su dueño. La recibí por sorpresa de mi bienamado padre y en ese momento comprendí que me perdonaba por abandonar la carrera del sacerdocio, dejándome caer al momento, todo emocionado, a sus pies para besarle la mano y pedir su bendición, tan necesaria para mí para marchar a la guerra como las mismas armas. Emocionado, le prometí que Gonzalo Villanueva defendería la fe y pondría en muy alto el honor de su apellido y de su país.


Además de la espada, mi padre me proporcionó los demás pertrechos necesarios, pues normalmente cada soldado ha de proporcionarse sus armas, prendas y otros suministros, o bien dar parte de su paga por ellos. De esta guisa salí de Toledo con el resto de los reclutas, con casco, golera (4) y coleto, espada y pistola al cinto, arcabuz colgando de la bandolera, jubón, calzas y mocasines, tan ufano de mí como si fuera un príncipe que acude a su coronación



Cartagena, España.

siglo de oro, aventuras, alatriste, relato

Claro que había aprendido algo de geografía y que conocía la enormidad de los océanos, que separan unos continentes de los otros, pero no era lo mismo saberlo que comprobarlo con mis propios ojos. Jamás hubiera podido imaginar algo tan enorme bajo el cielo y de igual color, por mucho que supiera que allí iban a parar todos los ríos del mundo. No habiendo visto más navíos que los pequeños botes en el río Tajo, me sentí confuso entre aquel bosque de altos mástiles y velas blancas en el puerto de Cartagena. ¿Y realmente podía el hombre subirse en esas gigantescas naves y llegar con ellas hasta las Indias, allende los mares?


Sudaría por la angustia y la ansiedad en muchas ocasiones en mi larga vida de militar, pero confieso que ningún lance fue como el de mi primer viaje por ultramar. No podía dejar de pensar que nuestra nave naufragaría, que era mucha la osadía del hijo de Adán pretender atravesar el océano sobre una carcasa de madera que había construido con sus humildes manos. Pensaba yo en que acabaríamos hundiéndonos sin remedio en las profundidades que sólo nuestro Señor, que todo lo hizo, conoce. Quizás me acordara yo en esa angustia del profeta Jonás, tragado por una ballena…


Eran infundados todos mis temores, pues, después de haber hecho escala en el puerto de Palermo en la isla de Sicilia, arribamos al puerto de Nápoles sin más contratiempo para mí que el que sufrían mis tripas, que creía removerse al vaivén de las olas. ¡Quién hubiera podido decirme que algún día haría la guerra sobre la cubierta de un barco!


Tal fue mi alegría, que me atreví a acercarme a la baranda del barco para contemplar con arrobo el puerto de Nápoles, no sólo aliviado del término del viaje sino esperanzado por las grandes cosas que me esperaban en Italia. Yo no lo sabía pero la gloria nos aguardaba, si bien no antes de recibir un duro adiestramiento.


(1) Especie de peto de cuero que se llevaba sobre el jubón. Ésta era una prenda que se llevaba ajustada sobre el pecho hasta la cintura.

(2) Prenda que se llevaba bajo la cintura y sobre las calzas como adorno.
(3) Protector metálico que se llevaba sobre el cuello.

domingo, 20 de abril de 2008

Gatti di Roma

GATTI DI ROMA

Se oye una exclamación en alguna lengua que no consigo identificar. Otra turista hace un gesto con la mano y, obedientes, volvemos la mirada al centro del coliseo para admirar la peluda cabecita de un felino emergiendo de las profundidades del foso. Somnoliento todavía, parpadea una sola vez y mira a su alrededor con curiosidad. Finalmente, abre las mandíbulas y nos dedica un largo bostezo. Se acabó su interés por nosotros, que no somos más que unos turistas entre los muchos que, fielmente, visitan el coliseo cada día.

Sí, se trata nada menos que de un genuino gato romano. En otro lugar quizás no fuera más que uno de tantos gatos que callejean en las grandes ciudades, pero los “gatti di Roma” son aristócratas entre los gatos, ¡y eso no es cualquier cosa para un animal que es noble por naturaleza! No es su pedigrí lo que le ennoblece, pues los gatos romanos son de una raza indefinida: atigrados o manchados, de color blanco, negro o marrón o de todo un poco a la vez. La pureza racial es un concepto demasiado humano para estos animales sociales que prefieren mezclarse con sibarita promiscuidad. Los gatos romanos jamás se acomplejarían ante la presencia de las razas más puras del Oriente. No se amilanarían ante los cuerpos estilizados y las grandes orejas de los gatos egipcios; ni ante los luengos y suaves cabellos de los gatos persas y de Angora; tampoco se dejan impresionar por los misteriosos ojos azules y caras pardas de los gatos siameses.

Ellos se consideran tan nobles como estos primos lejanos porque saben que de su estirpe desciende el gato romano o europeo, también llamado por algunos zafios humanos gato común o corriente. Pero sus antepasados llegaron desde el Oriente. ¿Quién sabe si fue su exótica belleza la que sedujo a los antiguos romanos o su talento más práctico como reguladores de la población ratonil? No sé en qué preciso momento ocurrió pero puedo imaginarlos con sus ojos curiosos, contemplando desde los regazos de las sirvientas del séquito de Cleopatra la ciudad que pronto iba a ser suya. Lo que nunca imaginaron los romanos es que esos hermosos animales venían como conquistadores para apoderarse de sus corazones como habían hecho antes con los pueblos de Egipto y del Oriente...

Cayó el Imperio Romano pero los felinos conquistaron el mundo, haciendo de la cuna de Occidente su lugar de partida y hoy su santuario. ¡Que se queden los modernos romanos con sus bloques de apartamentos! Los gatti di Roma hacen hoy vida social entre las ruinas del Foro donde en otro tiempo la hicieron sus antiguos amos, aquellos que conquistaron el Mare Nostrum; la colina Palatina, que eligieron los mismísimos emperadores para hacer construir sus palacios, les sirve de lugar de descanso; también juegan entre los jardines y las fuentes de los Borgia; se pasean sin timidez por los suelos de las termas de Caracalla, impresionantes aun despojadas de sus fastuosos revestimientos de mármol; ronronean contentos en la entrada de alguna de las innumerables y centenarias iglesias de Roma... En cualquier rincón donde la Historia pone su coto a la modernidad tienen los gatti di Roma el lugar que les corresponde, que comparten con generosidad con los turistas. Hasta tienen su santuario en el Área Sacra. Allí, entre los templos de la antigua República, los gatos son atendidos por los muchos voluntarios que aman a estos animales. ¡No tenéis más que ver la desvergüenza de un gato despanzurrándose sobre la misma escalinata en que Julio César fuera asesinado! Pero no importa, todo puede perdonárseles, y eso es algo que yo, que pertenezco a un felino doméstico, comprendo muy bien.

Pero en ningún lugar se evidencia su señorío como en el coliseo. Ahora que el gran anfiteatro no tiene ya suelo y el sol deja al descubierto sus sótanos, los gatos merodean y buscan refugio en ese lugar siempre fresco. Desde fuera, los sudorosos turistas admiramos la humedad que guardan las musgosas paredes del foso. Envidiamos su magnífico refugio y ellos, de vez en cuando, salen para echarnos un vistazo. ¿Qué piensan de nosotros? ¿Nos consideran sus invitados? No lo sé y tampoco puedo saber si son las hipnóticas pupilas de ese gato, la magnificencia del lugar o el calor húmedo del Lacio, pero empiezo a ver cosas increíbles reflejadas en las misteriosas pupilas de ese gato, cosas que los demás turistas no podríais ver sino tan sólo soñar...

Hombres y animales se hacinan en los sótanos del coliseo. El olor almizcleño de las bestias es poco más intenso que el de los propios esclavos que, sudorosos, se mueven con rapidez, sin darse un minuto de respiro. Las fieras son tan conscientes de la tensión del ambiente como los humanos y se pasean inquietas en sus jaulas. Llevan días sin comer y el trajín de los humanos, el estruendo amortiguado que llega desde fuera, todo ello las excita y los esclavos se cuidan mucho de acercarse demasiado a los barrotes de las jaulas. Cuando empiezan a girar la manivela, las pocas bestias que permanecían echadas se levantan al sentir que sus jaulas se elevan del suelo.

Cuando por fin las jaulas son abiertas, las bestias parpadean, cegadas por la luz del Sol, que no han visto en muchos días. Al acostumbrarse de nuevo a la luz, alzan la vista y ven más seres humanos de los que jamás creyeran que pudieran existir. Senadores o plebeyos, con togas de bordes púrpuras o con túnicas remendadas, la multitud aúlla como una manada de monos y amedrenta a las propias bestias casi tanto como los hombres y mujeres que no tienen la suerte de estar allá arriba.

Pero el hambre se impone ante cualquier temor que sientan las bestias. No necesitan ser invitadas a matar porque no las mueve a matar el placer sino por instinto: son muy diferentes de los corrompidos humanos, que confunden la crueldad con la necesidad y han pervertido la idea de la supervivencia.

Estremecido, oigo gritos y chillidos de espanto. Capturados por la justicia para abastecer de carne al populacho, la mayoría no son más que delincuentes de poca monta, algunos ni siquiera por eso. Corren como si tuvieran el demonio metido en el cuerpo y apenas puedo escuchar sus alaridos de terror entre las risas del populacho. Sí escucho aplausos y vítores cuando alguno de ellos es derribado por la zarpa o los colmillos de una fiera. Porque los lamentos de terror, las maldiciones furiosas y las lágrimas de los que están abajo son las risas y los aplausos de los que están allá arriba, disfrutando el democrático placer del sufrimiento ajeno. Poderosos y humildes sienten la dicha de saberse seguros, de saber que no son ellos los que padecen. La mayoría de las víctimas están tan famélicas como las bestias pero estás desgarran sus secas carnes a dentelladas, machacando nervios y tendones, buscando con los colmillos el escaso magro que pueden encontrar. La sangre gotea en sus colmillos cuando miran amenazadores arriba, a la muchedumbre, que aplaude con lágrimas en los ojos de alegría...

¡Todo ha sido una ilusión! Nada queda de la plebe romana y no veo más que una veintena de turistas paseando por el coliseo. Callado el estruendo del populacho, siento ese profundo silencio que viene después del estruendo. Allá abajo, los gatos se pasean o se echan para descansar en la sombra. Uno de ellos bosteza y veo sus dientes. Por un momento se me antoja que sus colmillos son más largos y sus ojos son más fieros, que su hocico se vuelve grande y leonino... Pero la visión desaparece tan pronto como cierra la boca. No es más que un gato romano, que me mira con sarcasmo, casi sonriendo. Hay demasiada Historia para mí en este lugar y el gato se burla porque no soy más que un impresionable humano. ¿Es que lo sabe? ¿Acaso alguien más ha podido verlo?

Todavía queda mucho que ver en Roma y sus gatos estarán allí para acompañarme. Cuando encontréis una tienda de recuerdos -lo que será fácil, pues hallaréis una en cada manzana-, ¡no olvidéis comprar un calendario o una postal de los gatti di Roma...!

sábado, 22 de marzo de 2008

El honor del general Silvestre

EL HONOR DEL GENERAL SILVESTRE

¿Pero qué ocurrió con el general Silvestre aquel funesto 22 de julio de 1919? Desapareció de la Historia durante el caos más absoluto, cuando difícilmente los oficiales podían vigilar los movimientos de su general. ¡Ya tenían bastante que hacer mientras los moros disparaban auténticas ráfagas de cartuchos contra el campamento y los convoyes!

Algunos aseguraron después, llegado el momento de investigar los gravísimos hechos ocurridos, haber visto al general Silvestre escabullirse al interior de su tienda para perderle el rastro allí. Otros afirmaron, en cambio, que había dirigido la retirada. Pero no hay pruebas fiables detrás de esta versión, si acaso la buena intención de algunos oficiales de salvar el honor del general Manuel Fernández Silvestre…

***

Silvestre encontró una calma irreal en el interior de su tienda, la quietud que hallaríamos en el ojo de un huracán mientras la destrucción nos rodea allá donde miremos, sin dejarnos una sola oportunidad de escapar. De fuera de este engañoso refugio llegaban los gritos y las maldiciones de los españoles y se confundían con las desagradables voces de la morisma, que no concedía un instante de tregua y cerraba el paso a los convoyes que desesperaban por escapar. Pero, por encima de las voces de los hombres, se imponía el ruido ensordecedor de los fusiles, que, cartucho tras cartucho, demostraban la contundencia de los hechos sobre las palabras.

Al general Silvestre ya no le importaba, o acaso le importaba tanto lo que estaba ocurriendo ahí fuera, le dolía tanto que no quería saber nada más del mundo que se venía abajo. Sus oídos estaban sordos para el ruido de los fusiles, la ininteligible algarabía, los gritos de rabia, los lamentos de dolor...

Aturdido, como si hubiera fumado alguna de las hierbas que tomaban los moros y que provocaban una calma artificial mientras la mente perdía lucidez, su atención fue hasta uno de los mapas que habían quedado desplegados sobre la mesa, un amplio mapa estratégico de Marruecos. Una gruesa línea dividía el país entre Francia y España. Al sur, la zona más amplia ocupaba el Atlas y las fértiles llanuras centrales, con las grandes ciudades como Fez, Rabat, Casablanca... Esto era para Francia. Al norte, el Rif, una pequeña franja de tierras montañosas y ásperas, estériles y sin más valor que ciertas minas de hierro de las que poco provecho podía sacarse. Esto era para España. ¡Con razón decían algunos que Marruecos era una chuleta y Francia se había quedado con la carne y España con el hueso! Pero si el Rif era una tierra áspera, más lo eran los rifeños, gentes duras y traicioneras que no eran leales sino para la tribu o cavila. El diablo se llevase a las cavilas de aquellos harapientos y su líder Abd-el-Krim.

Una cruz situaba el campamento en un valle llamado Annual, del que nadie había oído hablar jamás y que carecía de cualquier valor estratégico. Tras el campamento, tres fuertes hasta Melilla y alrededor una serie de pequeñas fortificaciones o blocaos. En el papel, una imponente línea defensiva. En la realidad, un sistema muy frágil de fortificaciones pequeñas y mal abastecidas que se habían levantado con muchas prisas y pocas consideraciones de logística. Muchos blocaos ni siquiera tenían acceso al agua. Sólo hacía falta que los rifeños se crecieran y los españoles no podrían hacerse fuertes en un sistema defensivo tan deficiente… y mucho menos confiar en las cavilas antes aliadas y que ahora les traicionaban sin pudor para aliarse con los de su raza contra el invasor.

Pero no era momento de despotricar ni de lamentarse. Su tiempo se estaba agotando rápidamente ahí fuera y no quedaba tiempo más que para asumir la culpa y aceptar que sus planes habían sido tan precipitados como erróneos. Quedaba salvar el honor, porque, al final, el honor era lo único que importaba, más allá del éxito o el fracaso.

Silvestre dejó de prestarle atención al mapa y desenfundó su revólver. Lo tanteó despacio: no hacía falta cargarlo. Estaba frío cuando se encañonó justo por encima de la oreja derecha. No le tembló el pulso, había llegado el momento de asumir errores.

Pero antes pidió perdón.

Pidió perdón a Su Majestad, que tantas esperanzas había depositado en él. Ahora le había fallado a Su Majestad y temía que aquel desastre fuera para perjuicio de la corona.

Pidió perdón a los políticos, aunque no los tuviera en tanta estima como a Su Majestad y aunque supiera que muchos utilizarían aquel desastre como argumento en las Cortes. Aun así, había fallado al objetivo que debería haber cumplido para su patria.

Pidió perdón al mismo Dios, porque sabía que lo que estaba a punto de hacer no era cristiano. Pero ya había hecho la elección entre su alma y su honor e iba a llegar hasta el final.

Pidió perdón, en fin, a tantos oficiales y soldados que quedarían abandonados a su suerte. Podía imaginar una retirada que, ante el pánico y la falta de dirección, pronto degeneraría en desbandada ante el empuje de las hordas de Abd-el-Krim. Lo sentía por todos los españoles que tratarían de escapar hacia Melilla de los fusiles y los puñales de los moros, pero él no podía dirigir una retirada después de prometer avanzar hasta someter todo el Rif. Morirían centenares, no, miles, porque el enemigo no iba a conceder piedad… Él quisiera intentar salvarlos pero le faltaba valor para sacrificar su propio honor. A España volvería como un héroe o no volvería jamás, pero no regresaría al mando de un ejército derrotado.

Quizás estaba pidiendo demasiadas disculpas, más de las que era razonable pensar que pudieran ser perdonadas. Si existía un más allá, no había que hacerse ilusiones. Nadie podría perdonar tanto. ¡Pero qué estúpido era especular sobre el mundo ultraterreno cuando estaba a punto de saber si existía o no y si tendría que rendir cuentas ante Dios! Pidió perdón por última vez y se apretó aún más el cañón de revólver, hasta que se hizo daño, hasta que la punta del revólver se marcó sobre su carne débil. Notó los hilillos de sudor y no era el calor. Escuchó su corazón latiendo más deprisa, sabiendo éste que pronto dejaría de latir. Tragó saliva, cerró los ojos y murmuró “perdón”.

Luego el general Manuel Fernández Silvestre se voló la tapa de los sesos como un hombre con honor.

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