viernes 4 de diciembre de 2009

¡Por fin me dieron Calabazas!

Y aquí estoy, tan satisfecho de que me hayan dado Calabazas... Calabazas, con mayúscula, es la revista antológica de terror trimestral que la nueva editorial Saco de Huesos está sacando. "Revista" es una palabra que puede llevar a engaño porque realmente es un libro y con un formato y diseño muy buenos, que nadie piense por un instante en un legajo de hojas grapadas porque estamos ante gente eficiente y que le echa bastantes ganas. Echadle un vistazo:
Calabazas en el trastero

Precisamente por eso tenía muchas ganas de ser seleccionado entre los 13 relatos y no es fácil cuando reciben cerca de 200 relatos, cribados con un sistema anónimo para evitar amiguismos. Fracasé en los dos primeros números y en el tercero ni siquiera llegué a escribir un relato sobre Poe. El nivel de la revista había ido in crescendo y empezaba a desmoralizarme... Hasta que la semana pasada supe que mi relato El sastrecillo y el hombre cangrejo estaría incluido. También reconozco que este relato supera mis dos intentos anteriores. El terror es un género que se me resiste y últimamente estoy descubriendo que es mucho más meritorio de lo que creía.

Espero que comprendáis mi alegría y que me permita recrearme para variar en mi modesto logro. Tengo unas enormes ganas de echarle las manos al ejemplar que me corresponde.


jueves 26 de noviembre de 2009

Libro recomendado: La luz del diablo

LA LUZ DEL DIABLO - Roberto Malo


Hay libros que es mejor no empezar si tienes algo pendiente que hacer y éste es uno de ellos. Lo comencé con la intención de leer uno o dos relatos antes de salir un sábado por la noche... y no lo abandoné hasta terminarlo con la sensación de que había sido muy corto.
Nunca creí que me pasaría con una antología de terror (no es mi género) pero el común denominador de estos relatos no es el terror (no lo son todos aunque sí la mayoría) sino el estilo peculiar de Roberto Malo. Tan expresivo en el lenguaje oral (muy majo a pesar del parecido con el asesino de Psicosis en la foto), comprobé que era capaz de trasladar esa capacidad al papel. No siempre ocurre. Yo mismo, lo confieso, me expreso mejor en el lenguaje escrito que en el oral.
El humor sarcástico y la capacidad de sorprender e impactar es común a todos los relatos. También las notables pinceladas de humor verde... El erótico tampoco es mi género pero después de haber disfrutado este libro me atreveré con Los guionistas, novela en forma de guión del mismo autor sobre el cine pornográfico. Dicho lo cual, apuntaré que la capacidad de sorprender y divertir no significa que el autor no demostrara también la habilidad de conmover. Por último, diré que el autor prefiere el uso de las oraciones breves y la eficacia con que las utiliza derriba otra de mis ideas preconcebidas.

Pero creo que cada relato bien merece un breve apunte:

El fin de la felicidad - El relato más convencional de la antología... y precisamente por ello el más atípico. No sé si fue escrito con la intención de despistar sobre lo que viene después pero es un bonito relato y bastante tierno.
Los favores se pagan - ¡Y tanto que se pagan! Porque el diablo es muy cabroncete, casi tanto como el lector. Se acabaron los sentimentalismos del primer relato.
La escena definitiva - ¿Cuál es la mejor escena del cine porno? Para una pregunta tan difícil nada mejor que uno de los relatos más ingeniosos del libro y quizás mi preferido.
La luz del diablo - Quizá el relato más convencional de terror, pero esto poco importa si la historia está tan bien escrita como aquí.
La fiesta - Podría decir lo mismo que del relato anterior. Entretenido hasta el final, estos relatos parecen escritos todos por el príncipe de las tinieblas...
Ojos extraños - Un relato divertido para que nadie piense (si todavía lo piensa a estas alturas del libro) que el terror está reñido con el humor.
Contactos - Todos hemos ojeado alguna vez esas páginas de contactos tan "interesantes" de los periódicos. ¿Pero cómo son los que contratan esos servicios? Un relato con muy mala leche, así que me gusta.
Billete mortal - Que sea el relato que menos me gustó no significa que sea malo: todo lo contrario, el nivel medio es bastante alto.
Lluvia sangrienta - El relato premiado del libro. No es el mejor para mi gusto pero entiendo que sí lo sea para los amantes del género. Muy notable en cualquier caso, aunque eche en falta el toque verde.
La revista acusadora - Para variar, un relato sobre padres e hijos. A mí también me hubiera gustado tener unos padres tan modernos...
El cuento mutilado - Gamberro, muy gamberro, así que me encantó este relato tan verde con intriga y un digno final.
La revelación - Cruel, terrible y, no obstante, muy divertido. Hubiera premiado este relato en lugar del anterior pero imagino que estoy algo pervertido. La lujuria y el terror unidos con un cierre final muy digno.

lunes 23 de noviembre de 2009

El verbo prodigioso

Aquí el relato con el que participé en el TodoLeyendas de Sedice... y quedé en el puesto 37. No fue una buena elección para ese certamen y, sin embargo, no le guardo rencor y hasta le tengo mucho aprecio. Quizás arriesgué demasiado con el estilo atrevido y un episodio tan poco conocido como la Primera República.


EL VERBO PRODIGIOSO


Terminados los festejos, que son sobrios porque hay poco que celebrar, se abren para nosotros las puertas del Parlamento en el dos de enero de 1874, sexto año de la Revolución Gloriosa, llamada así primero con esperanza y luego con sarcasmo. Cuatro presidentes se han sucedido en menos de un año y muchos no creen ya en la supervivencia de la República. Encontraréis a Castelar, ahora presidente, y a sus predecesores Salmerón y Pi i Margall pero no a Figueras que, abrumado por los problemas de una nación en el caos, prefirió abandonar una tarea que superaba sus fuerzas. Cuando le busquen responderá con un enérgico “Váyanse a tomar por el culo”.

Disculpad tan poco memorables palabras porque, aunque groseras, expresan el sentir de muchos españoles que no tienen la elocuencia de tantas mentes ilustres. Es más, se diría que sus señorías sólo se escuchan a sí mismas en discusión permanente y no siempre desinteresada. Tenéis que prestar atención si queréis percibir entre el murmullo de los diputados otro murmullo que a Madrid llega como un eco de todos los rincones de España. Escuchad el murmullo que no cesa de un pueblo descontento, de unas esperanzas nunca satisfechas y de unos españoles que, despojados de su Imperio, se enfrentan a menudo con rabia y dolor...

Hasta que todos callan porque Don Emilio va hablar, el que para sus contemporáneos fue el hombre del verbo prodigioso y para nosotros, que no conservamos registro sonoro de su voz, el hombre de los grandes bigotes. Porque, en un siglo que es para los bigotes lo que el XVIII había sido para los peluquines, no hay bigote como el suyo, con las puntas vigorosas como cuernos de toro, cubriendo casi la mitad inferior de su inteligente rostro de ojos vivaces.

Claro que no es su mostacho lo que despierta la admiración de contemporáneos, incluso de sus adversarios, sino su prodigioso verbo. Tan brillante como Pi i Margall, el gaditano tiene la gracia de la que carece el catalán para hacer que sus discursos no sólo sean bellos sino que no dejen indiferentes a nadie. Acaso algo tenga que ver el proverbial gracejo andaluz con el don de la palabra de Castelar. No hay otro orador como él, ni siquiera entre tantas mentes preclaras, y el timbre de su voz es modulado y perfecto para exponer con gracia natural.

Sin excesivos preámbulos, Castelar habla de los males que asolan a España, que podrían resumirse en uno solo, el de la guerra, en un país en caos que hace demasiado tiempo que no conoce la paz. El reaccionario rey Carlos ha regresado de más allá de los Pirineos para organizar su Corte en Estella. Adorado por su séquito de boinas rojas, hace acuñar moneda con su efigie y manda sobre buena parte del país. Suyas son de facto las Vascongadas, donde la República se limita a las cercadas capitales, así como Navarra y las serranías del Maestrazgo y Castellón. Sus ejércitos se pasean por Cataluña y hasta por tierras castellanas, pues en la ciudad de Cuenca, tan cercana a la capital, acaban de alzarse los carlistas.

Pero si los boinas rojas campan a sus anchas por el noreste de España, la República no encuentra reposo en el sur. Allí el Cantón de Cartagena es un nido de corsarios. Impacientes, más ansiosos de derribar el viejo orden que de colaborar con la República, los cantonalistas han abortado la Constitución federal que dicen defender con el fuego de sus baterías. Valencia, Alicante, Málaga… Las costas levantinas son bombardeadas por los que fueron los mejores barcos de la armada y que ahora enarbolan la roja bandera de los cantonalistas en sus pabellones, roja como la sangre que riega España en nombre de algún ideal. Las demás potencias piden explicaciones al gobierno republicano por esta nueva Argel levantada en tierras murcianas.

Quizás se os antoje ocioso recordar a sus señorías el permanente caos en que vive la nación pero ni siguiera estos males bastan para unir a los republicanos. Muchos aguardan la réplica de Margall y, sobre todo, la de Salmerón, ahora enemistado con Don Emilio.

Éste insiste con ese estilo repetitivo que le es tan propio y que, lejos de ser monótono, martillea las conciencias y levanta pasiones. La unidad nacional debe comenzar por la unidad de los mismos republicanos. Pide un voto de confianza para salvar la República y para salvar la República no existe atajo al amargo pero necesario camino de la guerra. Explica que la República no puede permitirse un cambio de líder con la diplomacia que le es propia, temeroso de los celos y recelos de sus compañeros.

Pero a nadie se le escapa que Castelar no es el mismo hombre que disertaba en la Real Academia de la Historia. Su oratoria es vigorosa pero menos florida y más pragmática. Su voz ha perdido la musicalidad de antaño y suena más dura. No es que haya perdido fuerza su verbo, en absoluto, sino que, del mismo modo en que las manos del artesano se encallecen en su labor, Castelar ya no es el hombre que hablaba de ideales y para idealistas. Ha cambiado y eso algunos no pueden perdonárselo.

Como el mismo Nicolás Salmerón. El almeriense, que antes fue amigo y apoyo de Don Emilio, es ahora adversario y replica que sueña cada día con la democracia y no quiere esperar. Está cansado de los reclutamientos masivos y de las medidas excepcionales. ¡Tantos años esperó una oportunidad de salir del estéril régimen de la reina Isabel! Ahora el deseo de un gobierno realmente democrático y surgido del pueblo y para el pueblo no puede esperar.

Réplicas y contrarréplicas alargan el discurso hasta la madrugada pero, no temáis, que no os mantendré en vela. Con las primeras horas del alba se vota por fin la permanencia del presidente. Por apenas un puñado de votos es rechazada.


Ved un hombre derrotado, al que, tras horas de desvelo, las fuerzas le abandonan. El verbo más brillante de su tiempo no es capaz de expresar su desolación y sus oídos no oyen cuando sus colegas comienzan la votación para elegir a su sucesor.

Lo que sí oye es el rumor de que el general Pavia se ha sublevado nada más conocer la noticia y está de camino. Un joven diputado, suponemos que un idealista, llama a resistir y permanecer en sus asientos pero muchos se largan ya en discreta retirada. No habrá un quinto presidente y no esperan a escuchar el fuego de los fusiles. El pánico se desata cuando asoman los primeros tricornios. Comprendo vuestro asombro viendo a tan respetables prohombres trepar por sus escaños con la agilidad propia de una edad más inocente, ¡y algunos hasta se descuelgan por las ventanas como mozalbetes cogidos in fraganti en una travesura! El general, sarcástico, recuerda a sus señorías que pueden irse por la puerta... Más serio, se dirige a Castelar, que permanece en su sitio, y le ofrece el gobierno. Porque Pavia no es un monárquico sino un militar cansado del caos y de discusiones parlamentarias. Castelar le merece su confianza y basta con que le diga una palabra para que sea presidente de la República.

Pero no se sorprende cuando Castelar se niega y, aunque lamenta su decisión, le respeta más por ello. Ha puesto el poder a sus pies pero Castelar no quiere seguir el camino de la nueva República Francesa, construida sobre la sangre de la Comuna apenas un año antes. Los horrores de decenas de miles de revolucionarios fusilados en París y otros tantos enviados a fenecer en las cárceles de la Guyana le estremecen... No, él nunca podría y declina otra vez el ofrecimiento. Quizás sea un error y quizás pudiera salvar a la República pero siente miedo de sí mismo.

Cansado, muy cansado, abandona el Parlamento y nosotros le acompañamos con nuestra invisible presencia. A la salida se acerca a Margall, que también aguardó con valor a Pavía. Conciliador, le dirige la palabra cuando no tiene sentido ya la enemistad, que, por otra parte, nunca sintió por un hombre a quien respeta y aprecia.

-¡Quién podría imaginar esto!

-Sí, quién podría imaginarlo. Usted no, desde luego.

La voz de Margall responde afilada y dura, con odio incluso. Castelar no intenta demostrar su inocencia porque el odio de los que antes fueron sus compañeros le hiere más, incluso, que el triste final de un sueño. ¿Es que ni siquiera en la desventura pueden los españoles abandonar sus diferencias? Sólo le queda la esperanza de que sus compatriotas aprendan de la dolorosa Historia, que él tanto ha estudiado, y nosotros, privilegiados viajeros del presente, no le quitaremos esa esperanza.

lunes 9 de noviembre de 2009

Hispacon 2009

HISPACÓN 2009: CRÓNICA DE UNA DIVERSIÓN GARANTIZADA

Parece mentira. Todo un año esperando este encuentro entre amantes de la literatura y del sano entretenimiento y finalmente había llegado la Hispacón. Y ahora (¡cómo pasa el tiempo!) es agua pasada pero quedan los recuerdos y las amistades, que es lo que importa. Las anécdotas y el regusto de haber pasado tres días sin más preocupación que debatir sobre literatura, cine y cualquiera de las cosas que valen la pena quedan ahí. La Hispacón se ha convertido en una ocasión para que los que de alguna forma vivimos en este mundillo literario virtual estrechemos lazos más allá de la pantalla.

Ahí estaban los viejos conocidos. Con Nachob (José Ignacio Becerril) y Uriel (Miguel Puente) tengo la suerte de tener contacto aquí en Madrid. Pero ahí estaba Akhul/Patapalo (Juan Ángel Laguna), con quien tenía la espinita clavada de no haberme podido encontrar en su última visita a Madrid. También Ernesto Fernández y Palabras (Ángel Vela), la pareja de sevillanos que había animado las noches de la Hispacón anterior y que volvía reforzada con caras nuevas como Guybrush y Canijo (Manuel Mije). Tampoco olvido entre los nuevos a Felix Royo y Pilpintu (Eva), llegados para demostrar la creciente aportación que hace la web de OcioZero a este evento. Ah, y Kawaku (Michel) el hermano de Akhul y tan parecido en entusiasmo como en simpatía, que no en corpulencia... Mención especial merece Ftemplar o Fer (Fernando), un viejo y a la vez nuevo conocido. Encontré en el mundo real el mismo derroche de amabilidad y entusiasmo que en el foro, una persona con la que basta tratar un poco para sentir que la has tratado desde hace mucho tiempo. Viví esa sensación de acomodo en casa de Nachob con su familia y es que uno no se siente forastero entre los maños.

Después de este breve recuento, en el que temo olvidarme de alguno, alguno se preguntará qué se hace en una Hispacón más allá de la amistad. Bien, puedes conocer a escritores y editores de ese mundillo que se resiste a que la llamada literatura “de género” sea patrimonio extranjero. Este mundillo de las pequeñas editoriales que apuestan por el producto nacional es fascinante y vale la pena. No encontrará el lector en la Hispacón a Planeta, Timun Mas o La Factoría de Ideas. No es chouvinismo sino defender lo nuestro y también el esfuerzo y el talento y el arte y la creación frente al marketing y el negocio de las grandes editoriales.

Es un objetivo muy grande para pequeñas editoriales como AJEC o Equipo Sirius. Admirable la labor de Raul Gonzálvez, editor de AJEC con quienes compartimos sobremesa. Y Saco de Huesos, la pequeña editorial que Akhul y Uriel han levantado y que bien merece que le dedique un artículo propio. Siento envidia de tanto entusiasmo, lo confieso.

Por supuesto compré muchos libros que intentaré reseñar a medida que vaya leyéndolos. Aunque uno ha llegado terminado a Madrid. Se trata de La luz del diablo de Roberto Malo, a quien debo una reseña y una mención porque tuvo la amabilidad de regalarme Los guionistas cuando supo que su libro me había servido de diversión y descanso la última noche, en la que tomé algo de descanso en la habitación del hotel.

Desde luego hubo conferencias. Edgar Allan Poe, las últimas tendencias del terror, la colonización espacial, la llegada de los e-books... Es mucho lo que se puede aprender y ver tanta gente respecto a la anterior Hispacón me alegro especialmente, en particular por la gente joven que nos rodeaba, y es que ver a gente tan dispar, desde adolescentes a ancianos, reunidos por las aficiones comunes no es nada común. Allí estábamos los jóvenes de espíritu.

La Hispacón es literatura pero las noches son muy largas después de las conferencias... Aunque debo advertir a quienes traten de aguantar el ritmo de los sevillanos. Y las largas sobremesas, tan necesarias para paladearse con la abundante y excelente gastronomía oscense, que si Huesca es una ciudad humilde comprobamos que se puede comer como un rey. ¡Pues no saben los oscenses lo que es la buena vida! Comer, beber y hablar en buena compañía de literatura, cine o cualquier otra cosa que valga la pena, desde el desayuno hasta la noche (o en el caso de los sevillanos desde la llegada a la estación hasta la salida). ¿Es que se puede pedir más? ¿Es que hacen falta más razones para venir a la Hispacón?

Y ahora la pregunta: ¿para cuándo la próxima Hispacón...?


viernes 16 de octubre de 2009

Ucronía: Pequeña camarada

Otro relato sobre ucronías, esta vez más humorística y, a mi humilde juicio, más original que la anterior. El comunismo ha derrotado finalmente al capitalismo... o no.



PEQUEÑA CAMARADA


Todas las niñas la querían. Todas se paraban en la calle para contemplar su más preciado deseo detrás de un escaparate. La muñeca de Rosa Luxemburgo, el juguete de moda que no podía faltar en la casa de ninguna pequeña proletaria. Reproducción fiel de la heroína popular, con cinco uniformes diferentes, hacía que a las pequeñas proletarias les brillasen los ojos, pero era al hablar cuando hacía que éstas no pudieran contener más las ganas de pedírsela a sus papas. La muñeca podía hacer feliz a cualquier niña diciendo algo como:

-¡Adelante, camaradas proletarias! ¡Luchad con la sección femenina por los derechos de la mujer y del pueblo trabajador!

Ah, y por supuesto incluía en su repertorio la celebérrima frase de la heroína de las niñas:

-¡Más vale morir de pie que vivir de rodillas!

Aquello había sido demasiado para la pequeña Olga, que veía con atención el boletín informativo para la infancia en su televisor. Emocionada, había ido enseguida a tirarle del pantalón a su papá:

-¡Solicítala y rellena el formulario, batiushka [papá]! ¡Yo también quiero ser una buena camarada como mi amiga Raquel, que la tiene!

-Cielo, no hace tanto te compré la muñeca de la Pasionaria…

-¡Pero esa sólo sabe decir que los fascistas deben ser exterminados! ¡Yo quiero ser una buena proletaria! ¡Cómprala, papá, por favor!

-Bueno, quizás el camarada Marx te la traiga este Noviembre si te portas bien…

La niña suspiraba y callaba, confiando en que el camarada Marx la recompensase el Cinco de Noviembre con su deseo. La noche de la jornada gloriosa, la del aniversario del triunfo de la Revolución Bolchevique sobre el zarismo capitalista-judeo-fascista Marx visitaba las casas de los pequeños para recompensar con regalos a los que habían sido buenos camaradas…

Desgraciadamente el padre de Olga no era tan previsor como lo había sido el filósofo alemán. Todos los años se hacía el mismo propósito de enmendarse y hacer las cosas con tiempo pero todos los años se encontraba con que el Cinco de Noviembre estaba a la vuelta de la esquina y no tenía aún los regalos porque no había cumplimentado dentro de plazo los correspondientes formularios. Ahora no le quedaba más alternativa que divagar de un Centro de Almacenamiento y Distribución a otro para que los funcionarios negasen siempre con la cabeza y le dijesen que la ansiada muñeca estaba agotada.

Sí, su labor de funcionario ejecutivo en el departamento de maquinaría agrícola pesada le tenía siempre ocupado, o ésa era la disculpa que se daba a sí mismo. Pero no menos cierto era que un buen camarada debía ser tan buen trabajador como padre.

En fin, ya no tenía remedio el problema. Estaba tan desolado que no hacía más que mirar al brillante suelo del Centro de Almacenamiento y Distribución. Un desconocido le cogió del brazo y le dijo de pronto:

-¡¿Es que no me reconoces, camarada Iván?!

Iván levantó la vista y sonrió:

-¡Privet, camarada Pedro! ¿Qué haces aquí?

-Pues nada, estoy con mis hijos mientras mi mujer se reúne con sus camaradas de sección femenina. Hemos ido a ver una película y estos pequeños camaradas quieren pedirle algo a Marx...

-¡Venga, papá! ¡No está bien hacer esperar al camarada Marx!

Los cuatro -Iván, su amigo Pedro y los dos hijos de éste- siguieron caminando por el centro. Por fin encontraron la cola de niños que aguardaban para pedir su premio. Un individuo disfrazado de Marx, con su barba postiza, puro y su elegante traje negro, escuchaba los deseos de los chavales.

El primer niño de la cola se adelantó unos pasos y alzó el puño mientras le decía, algo intimidado:

-¡Saludos, camarada Marx!

-¡Saludos, pequeño camarada! ¿Has sido bueno este año?

-¡Sí, Marx, he sido bueno! ¡Me dieron una estrella en aritmética y fui héroe escolar del mes en matemáticas!

El presunto Marx sonrió:

-Bien, así me gusta. ¿Y qué es lo que quieres?

-Quiero ese soldado por control remoto de las Brigadas Internacionales, y ese otro de las fuerzas especiales soviéticas de Afganistán, que tiene tanque además, y el videojuego en el que hay que destruir las ciudades capitalistas...

-Son muchas cosas, ¿no crees? Recuerda que debo premiar a todos los buenos camaradas.

Le dio un cariñoso abrazo y enseguida una niña ocupó su lugar.


Cuando por fin los hijos del camarada Pedro pudieron solicitar sus premios, dejaron el Centro de Almacenamiento y Distribución. Fuera, la madrileña Avenida de las Brigadas Internacionales estaba engalanada como siempre para celebrar el Noviembre Glorioso: estrellas doradas colgadas en ristras, iluminando las calles por doquier, tantas como banderas rojas; enormes carteles de los camaradas Marx, Lenin y Stalin; el himno de la Internacional entremezclándose con el himno de Riego y el himno Soviético. En fin, era toda la parafernalia típica del Noviembre Glorioso, que entusiasmaba a los niños pero no a Iván, que tenía otras cosas en mentes mientras le explicaba su problema a su buen camarada.

-¡Joroscho! ¡Deberías habérmelo dicho antes! ¿Es que no recuerdas que ahora trabajo en el Subdepartamento de Distribución de Artículos Lúdicos para la Infancia?

-¡Es verdad! ¿Podrías hacer algo por mí?

-Claro, yo no sería un buen camarada si no. Cuenta con ello.

Iván, sintiéndose mucho más animado, cambió de tema de conversación:

-¿Y qué tal es la película que has visto?

-Bueno, no está mal. Trata sobre agentes trotskistas a sueldo de Estados Unidos. Se infiltran en el avión del Presidente de la URSS para asesinarle pero ya te puedes imaginar el resto...

-Ajá. Escucha, ¿no tendrán hambre tus hijos? -Y señaló la entrada de un Marxburger delante de ellos.

-Jajaja, ¡no será que eres tú quien tiene hambre!

Entraron. El establecimiento estaba lleno a rebosar pero era una tarde especial. Iván cogió un formulario modelo MB-9-1 del mostrador para rellenarlo. Eligió dos menús Happy-Soviets para los pequeños con sus correspondientes Lenincolas. Los adultos prefirieron dos Marxiburgers estándar y dos vodkas, además de patatas fritas con sus sobres de salsa proletaria.

Entregó el formulario a la joven funcionaria de la ventanilla y un rato después saciaron su hambre. Al salir ya era casi de noche y había todavía más gente.

-¿Sabes? Viendo a toda esa gente gastando sus cupones de remuneración pienso si no olvidamos el verdadero sentido de estas fiestas.

-Es cierto. A saber cómo viviríamos si no fuera por el comunismo. Ves todos esos boletines informativos sobre norteamericanos intentando atravesar la frontera de México, el PRI no sabe qué hacer con ellos, y te estremeces. No entiendo cómo puede haber jóvenes que luego se digan capitalistas. Si no fuera por el comunismo... ¿Te imaginas? Sería todo tan diferente. Viviríamos explotados en fábricas por burgueses con chistera, trabajando hasta la muerte.

-Pues sí, y luego nos olvidamos del sentido de estas fiestas. ¡Feliz Glorioso Noviembre y viva la Revolución del Pueblo Unido, camarada! -exclamó Pedro, y le dio un buen apretón de manos a su amigo.

-¡Lo mismo te digo, camarada Pedro!

Se despidieron los buenos amigos y esa noche el camarada Marx dejó un uniforme de pequeña proletaria para la Sección Femenina en casa de Olga. La muñeca de Rosa Luxemburgo llegó algunos días después.

martes 29 de septiembre de 2009

Libro recomendado: Imperio

IMPERIO


Título: Imperio (Empire, 2006)
Autor: Orson Scott Card
Género: Novela, Ficción política
Nota:8'0
Colección Nova, Cartoné
345 páginas
18€ aprox.


Aunque raramente me basta la breve sinopsis de un dorso del libro para decidirme por su adquisición y lectura, la idea de una guerra civil en los Estados Unidos hoy resultó demasiado atractiva para que pudiera resistirme. Sobre todo cuando desde el exterior se suele tener el concepto de un país muy unido internamente y que Scott Card no comparte. La idea de partida me decidió y también, claro, el nombre de un maestro de la ciencia ficción. El autor de El juego de Ender necesita poca presentación para el amante del género pero quizás éste no sepa que Scott Card es un mormón de opiniones abiertamente conservadoras. Sabiéndose objeto de muchas críticas, ha puesto toda la carne en el asador escribiendo sobre un golpe de Estado por parte de la izquierda en Estados Unidos.

El contenido político es tan evidente que protagoniza el prólogo de la edición española escrito por Miguel Barceló, quien nos recuerda que una novela donde el golpe de Estado fuera promovido por la derecha hubiera sido mejor aceptado. No le falta razón pero está claro que Scott Anderson no consigue mantener una posición centrada. En general, Imperio nos muestra a unos derechistas de mentalidad sencilla y respetuosa con la ley y el sistema frente a izquierdistas bastante más maquiavélicos y rebeldes, aunque el lector no entenderá hasta qué punto hasta concluir la novela. Ni mucho menos me atrevería a descubrir el final pero sí que es bastante interesante y confirma lo que digo...
Política aparte, se esté de acuerdo o no con el autor, no se puede calificar esta novela como panfleto y condenarla sin más. Es entretenida y, guste o no, eso es suficiente mérito para salvar cualquier libro. La trama es interesante y no deja indiferente al lector. Quizás la inclusión de elementos de ciencia ficción está un poco forzada y no era necesario después de que el autor se hubiera mostrado tan competente en un género que no es el suyo como la ficción política. También es cierto que en la última parte se pierde un poco el ritmo, si bien el final lo resuelve con una última vuelta de tuerca. Imperio no es una gran novela como lo es El juego de Ender pero en ningún momento me arrepentí de haber comenzado su lectura.

Incluso, a riesgo de parecer morboso, me hubiera gustado que la guerra civil hubiera ido un poco más lejos aun y corriera la sangre con mayor generosidad... No, no creo en la ciencia ficción como un género para la evasión. Prefiero lo políticamente incorrecto y si no comparto las ideas políticas del autor, sí aplaudo su valor para escribir una novela que es entretenida, digna de leerse, con un interesante final y que toca en fibras políticas muy sensibles. Comprendo que hay gustos para todo pero algunas críticas despiadadas que he encontrado por Internet merecían mi humilde réplica.

viernes 25 de septiembre de 2009

El fetichismo del libro

Para variar una opinión sobre libros para reivindicar el papel de las ilustraciones, tan denostado en el mundo del libro.


EL FETICHISMO DEL LIBRO

-Alicia, ¿aprendiste ya la lección?

-¡Pero este libro no tiene dibujos!

-¡Qué tontería! ¡Los mejores libros de este mundo no tienen dibujos!

Del inicio de la película Alicia en el país de las maravillas


Que la belleza está en el interior no por ser un tópico viejo y manido deja de ser cierto. Más incluso cuando hablamos de literatura, el arte más conceptual e intelectual por excelencia. Pero no por aceptar el tópico muchos amantes de los libros carecemos de sensibilidad hacia los libros como objetos físicos. Creo que es algo más que una manía aunque me guste llamarlo “fetichismo” del libro por lo divertido, y adecuado a mi entender, del término. Nos gusta el libro en sí mismo. Nos gusta tocarlo, acariciarlo, olerlo y -desde luego- nos gusta verlo.

Si el lector entiende, y comparte, este fetichismo entenderá mi sorpresa cuando, ojeando en una librería (afición que nos encanta a todos los fetichistas literarios del mismo modo que otros prefieren contemplar la ropa de los escaparates), descubrí la nueva edición de El hobbit de Espasa Calpe y no encontré al somnoliento dragón Snaug de la edición habitual. Allí no había ni dragones ni hobbits ni relucientes tesoros que descubrir, ninguna imagen alrededor del título, enmarcado en ese sobrio formato espartano que es marca de la casa de los libros de bolsillo de Espasa.

No voy a cuestionar la importancia de dicha editorial porque Espasa introdujo el libro bolsillo en España (¡casi nada!), poniendo las novelas de Baroja o La rebelión de las masas de Ortega y Gasset al alcance de los bolsillos de las propias masas. Es mi obligación comentar semejante aportación para evitar malentendidos. Pero aun así me sorprende tanta sobriedad y, si bien el caso de las ediciones de Espasa de bolsillo son el caso más extremo, en general los libros en España son bastante “discretos”. Quien no me crea puede buscar las portadas de las ediciones extranjeras de muchos libros y comparar para comprobar por sí mismo lo que le digo. También reconozco que a veces se producen excesos como las portadas de colores brillantes y horteras de algunas colecciones de novelas baratas que he visto alguna vez. Quizás un libro no deba tener la misma portada de un videojuego. Sí, es posible. Pero me disgusta que se prejuzgue a un libro por su apariencia y me parece que las causas y las consecuencias van más allá de lo anecdótico y del fetichismo personal por la belleza de un libro.

Lo que realmente me inquieta es que esta nueva edición de bolsillo de El hobbit atraerá a muchos lectores que rehuirían incluso el simple contacto del libro al ver la inquietante presencia de un dragón en la portada. Disfruto imaginando a un señor mayor con buen nivel educativo (un señor respetable para entendernos) pensando algo como: “Tolkien. Mmm... ¿éste no es señor ese de historias de fantasía”, hojeándolo luego con interés, porque si una editorial tan respetable como Espasa ha editado ese libro, entonces puede que tenga verdadero valor literario. Habrá que darle una oportunidad.

Me alegro de que ese tipo de lectores comprueben por sí mismos que el libro tiene “valor literario” y que Tolkien no sólo escribía para niños y adultos pueriles, pero al mismo tiempo me apena de que se juzgue a un libro por su imagen. Igualmente lamento que se desprecie el placer estético. Los mejores libros de este mundo no son los que no tienen dibujos. Lo que ocurre es que se nos ha enseñado que las ilustraciones son cosa de niños. Desde pequeños hemos aprendido de los mayores y en la escuela que la imagen es algo infantil que debe ser superado. La imagen contra la palabra. La “simple” apariencia contra el concepto puro e ideal que hay por debajo.

Ah, es cierto que al mismo tiempo nos bombardean con imágenes desde la televisión y descubrimos la belleza del cine, pero la distinción entre la imagen (lo visual, lo estético) y la palabra (el concepto, la idea, lo trascendente) persiste. De aquí procede el rechazo de muchos intelectuales por la imagen, personas serias que menosprecian el placer frívolo e intrascendente de lo visual. El libro, como registro de la cultura humana, es algo demasiado serio para distraernos con tonterías como una ilustración de portada. ¡No digamos ya el interior! Los libros serios, los mejores libros, -nos han repetido tantas veces como la institutriz de Alicia- no contienen ilustraciones. Rebuscando en ideas ciertamente anticuadas podríamos decir que un libro respetable es como una mujer respetable: viste con discreción, no se exhibe...

Quizás parezca que con el ejemplo anterior llevo demasiado lejos mis razonamientos pero no lo creo así. Intuyo que esta disyuntiva entre lo visual y lo conceptual tiene raíces muy profundas en lo que ha sido nuestra cultura occidental en los últimos siglos. Tal análisis me excede pero quede clara mi idea de que aquí pesa mucho ese rechazo de lo aparente y de lo físico, del cuerpo perecedero frente al alma, tiene mucho que ver con el cristianismo. Tampoco olvido el famoso “mundo de las ideas” de Platón, si bien el propio filósofo era un gran admirador de la belleza.

Semejante disyuntiva ha sido tan injusta como empobrecedora. Para la literatura y también para las otras artes, porque aquí hago cierto llamamiento a la solidaridad entre espíritus creativos. El ilustrador no frivoliza el libro. Sus ilustraciones no son -recuperando los símiles retrógrados- como maquillajes que hacen a una mujer parecer deshonesta. Su trabajo, además de meritorio, embellece al libro y añade el placer visual al contenido del libro en sí, que no por más inaprensible y conceptual es más puro o superior en forma alguna.

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