jueves, 16 de septiembre de 2010

El galeote

Un relato no muy largo (1.400 palabras) que pese a su título no es histórico sino más bien simbólico, casi existencialista.


EL GALEOTE


¿Cuál fue su delito? ¿Fueron cinco o diez monedas de plata? No lo recuerda y tampoco importa. Aquel gordo mercadel al que se las robó no trabajó en toda su vida lo que Volgrod ha sufrido en cada hora de castigo desde entonces. Esas monedas hace mucho ya que fueron pagadas con unos intereses usurarios que avergonzarían al mismísimo diablo.

¿Qué vale el sudor del hombre, su libertad o su alma? Encadenados a sus bancos, los hombres pronto dejan de ser hombres y se convierten en bestias envilecidas a las que, a diferencia de las verdaderas bestias, no se les permite siquiera gozar de la luz y la caricia del sol, de la libertad de correr sin rumbo, de respirar el olor del viento y de la hierba. Aquí no pueden más que respirar el hedor de la muerte, de la madera vieja y del sudor de los demás desgraciados. No necesitan cerebro, el mazo del tambor piensa por ellos. Ese tambor marcará su destino durante los días, meses y años que sobrevivan. Volgrod nunca ha sabido qué han hecho sus compañeros de infortunio porque donde no hay humanidad no hay verdadera camaradería.

Tampoco puede pensar en ello. No hay tiempo ni ganas para pensar. El hombre al que antes llamaban Volgrod y al que ahora el cruel capataz sólo se dirige con insultos, es un hombre fuerte como muy pocos. Aún tiene mucho que aguantar, si no enferma, antes de que sus poderosos brazos empiecen a flaquear. Pero no hay salvación para él ni para ningún otro en el banco de una galera. Jamás se acostumbrará a vivir en el infierno porque no es más que un ser humano que sufre más allá del lacerante tormento físico. Porque Volgrod ya no es el mismo que antaño. Los cabellos, antes rojos y radiantes como la flor de la amapola, le caen repugnantes y enmarañados hasta los hombros. El fuego de sus ojos grises se ha extinguido. Su expresión resignada no es la de un tigre sino la de un buey uncido a su yugo, tan fuerte como manso y estúpido, que primero entrega su fuerza a su amo y después su propia carne. Cada movimiento lo sufre como el anterior. Cada movimiento absorbe todas las energías de su cuerpo y por eso no puede preguntarse qué son el espíritu y la voluntad.


-¡Alto! -grita el capataz, que ha dejado de golpear el tambor.

Nadie necesita una segunda orden. Los condenados se dejan caer sobre sus rodillas, jadeando como perros sedientos. Sienten demasiado dolor para disfrutar realmente de su descanso, astutamente calculado para mantenerlos con vida un poco más pero no para que recuerden lo que es ser humano. Unos a otros se pasan los pellejos con agua enrarecida, que sabe mal y mata a casi tantos condenados como el propio esfuerzo criminal al que les obligan. No obstante a ellos les sabe a nectar y ambrosía.

¿Qué es espíritu? ¿Qué es voluntad? La voluntad es una chispa que prende la hierba seca, un rayo impredecible que cae del cielo para tocar la tierra. Esa chispa prendió la rabia, un fuego incontenible en el interior de Volgrod, y no sabemos por qué. El galeote tira del gancho al que está encadenado su brazo izquierda con todas sus fuerzas. El gancho parece oxidado y algo débil pero las venas brotan por sus robustos brazos como enredaderas alrededor de las columnas de un templo abandonado pero todavía vigoroso. Aprieta los dientes para que no escape el dolor... ¡y arranca por fin el gancho de su sitio!

Intenta hacer la misma hazaña con el gancho derecho pero no lo consigue. Su voluntad sigue encendida y piensa rápido. Mira al capataz y grita:

-¡Eh, capataz!

El increpado tarda en reaccionar, ninguno de aquellos miserables se atreve jamás a dirigirle la palabra, y mira con disgusto al esclavo:

-¿Cuál es tu problema, perro pelirrojo?

-Es que esta bebida es tan fresca y deliciosa que me han dado ganas de joder... y me han dicho que tu culo de sodomita es tan grande y prieto como tu tambor.

El capataz queda paralizado. Jamás había oído a aquella escoria reír y cuando habla tiene que gritar para hacerse oír entre las carcajadas.

-¡Silencio, perros, he dicho que silencio u os mato a palos! ¡Vas a ver quién jode a quién, grandísimo bastardo pelirrojo! ¡Te joderé a latigazos y luego te meteré por el culo la maza del tambor!

El esclavista camina hacia Volgrod con el látigo en la mano y la cara roja como la de un borracho. También tiene el entendimiento torpe como el de un borracho por la pura rabia. Lo que el esclavista no sabe es que Volgrod tiene un brazo libre y con eso le basta. Rápido como un leopardo, lanza al aire la cadena que pende de su muñeca izquierda y los eslabones se enredan en el cuello del capataz. Un hombre que se cree seguro es un hombre que en un segundo ha perdido su libertad. Volgrod tira del brazo hacia sí y el capataz cae al suelo como un perro a los pies de su amo.

Necesita la llave que guarda en una bolsita en la cintura. Otro tirón y le parte el cuello. Ya no es más que un fardo del que tira hasta las llaves están a su alcance. Se libera y pronto su compañero coge la llave para hacer lo mismo. Los galeotes que todavía permanecen atados increpan e insultan a los que se liberan... Uno de los mercenarios desciende por la escalerilla para averiguar qué es esta algarabía. Porta una espada corta y Volgrod sólo un látigo. Le basta el látigo para desarmarle y las manos desnudas para matarle. Estampa su puño en las costillas de su opresor y éste se desploma. Volgrod se ríe y se ríe aún mas del propio sonido de su risa. ¡Había olvidado lo que era reír! ¡Había olvidado lo que significaba el gozo y quebrar y aplastar con los propios puños los huesos y la carne de otro hombre!


Salen ya a cubierta los galeotes como un rebaño de potros enloquecidos por la tormenta. Los mercenarios no son más de quince y los galeotes les rodean pero éstos dudan en atacar. Sólo Volgrod tiene la espada corta que arrebató al mercenario y precisamente sólo él confía en enfrentar las manos desnudas y el odio contra el acero. La masa carece de voluntad propia sin un líder. Volgrod asesta el primer golpe y los perros se arrojan detrás de él.

¡Qué error tan grande encerrar a un lobo salvaje entre perros! Los hombres comos Volgrod no pueden ser domesticados; para ellos no hay más pacificación que la propia muerte. El capitán del navío lo entiende demasiado tarde, cuando la espada corta del bárbaro se hunde en su vientre como un cuchillo en un trozo de manteca.


Muchos galeotes yacen ahora muertos sobre la cubierta pero sus antiguos amos les hacen compañía. Los pocos estúpidos que piden clemencia son arrojados al mar con las manos atadas. Muy pronto los esclavos liberados han olvidado a sus compañeros, y ríen y se abrazan. Todo ha ocurrido tan rápidamente que nadie diría que son los mismos que un rato antes remaban con el mismo entusiasmo que un hombre obligado a cavar su propia tumba. Todo les parece posible y no existe más límite que la línea del horizonte. Sólo necesitan un líder, un caudillo que les ordene lo que ellos desean para que muchas voluntades se hagan una sola.

-¿Y ahora qué? -pregunta uno.

-¡Ahora el mar es nuestro! -clama Volgrod, con un nuevo timbre en su potente voz que hace que a algunos se les erice el cabello al reconocer a su líder natural.

-¿Tú? ¿Por qué tú?

-¿Por qué yo, preguntas, perro? Porque yo os prometo que haré de esta chusma que sois el terror de toda la costa. Porque yo os prometo aventuras y luchas; os prometo botines de plata y seda; os prometo cerveza de malta y vino especiado; porque yo os prometo riquezas y también mujeres deshonestas que os ayuden a malgastarlas.

-¿Piratas? ¡Los piratas son condenados a muerte! -recordó un cobarde.

-¡Sí, yo os prometo también la muerte! ¡Yo os prometo que habrá una soga fuerte con un lazo corredizo para cada uno de vuestros cuellos! ¡Pero también os prometo, que sea mil veces maldito por los dioses si miento, que bien habrá valido la pena!


FIN


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