viernes, 25 de septiembre de 2009

El fetichismo del libro

Para variar una opinión sobre libros para reivindicar el papel de las ilustraciones, tan denostado en el mundo del libro.


EL FETICHISMO DEL LIBRO

-Alicia, ¿aprendiste ya la lección?

-¡Pero este libro no tiene dibujos!

-¡Qué tontería! ¡Los mejores libros de este mundo no tienen dibujos!

Del inicio de la película Alicia en el país de las maravillas


Que la belleza está en el interior no por ser un tópico viejo y manido deja de ser cierto. Más incluso cuando hablamos de literatura, el arte más conceptual e intelectual por excelencia. Pero no por aceptar el tópico muchos amantes de los libros carecemos de sensibilidad hacia los libros como objetos físicos. Creo que es algo más que una manía aunque me guste llamarlo “fetichismo” del libro por lo divertido, y adecuado a mi entender, del término. Nos gusta el libro en sí mismo. Nos gusta tocarlo, acariciarlo, olerlo y -desde luego- nos gusta verlo.

Si el lector entiende, y comparte, este fetichismo entenderá mi sorpresa cuando, ojeando en una librería (afición que nos encanta a todos los fetichistas literarios del mismo modo que otros prefieren contemplar la ropa de los escaparates), descubrí la nueva edición de El hobbit de Espasa Calpe y no encontré al somnoliento dragón Snaug de la edición habitual. Allí no había ni dragones ni hobbits ni relucientes tesoros que descubrir, ninguna imagen alrededor del título, enmarcado en ese sobrio formato espartano que es marca de la casa de los libros de bolsillo de Espasa.

No voy a cuestionar la importancia de dicha editorial porque Espasa introdujo el libro bolsillo en España (¡casi nada!), poniendo las novelas de Baroja o La rebelión de las masas de Ortega y Gasset al alcance de los bolsillos de las propias masas. Es mi obligación comentar semejante aportación para evitar malentendidos. Pero aun así me sorprende tanta sobriedad y, si bien el caso de las ediciones de Espasa de bolsillo son el caso más extremo, en general los libros en España son bastante “discretos”. Quien no me crea puede buscar las portadas de las ediciones extranjeras de muchos libros y comparar para comprobar por sí mismo lo que le digo. También reconozco que a veces se producen excesos como las portadas de colores brillantes y horteras de algunas colecciones de novelas baratas que he visto alguna vez. Quizás un libro no deba tener la misma portada de un videojuego. Sí, es posible. Pero me disgusta que se prejuzgue a un libro por su apariencia y me parece que las causas y las consecuencias van más allá de lo anecdótico y del fetichismo personal por la belleza de un libro.

Lo que realmente me inquieta es que esta nueva edición de bolsillo de El hobbit atraerá a muchos lectores que rehuirían incluso el simple contacto del libro al ver la inquietante presencia de un dragón en la portada. Disfruto imaginando a un señor mayor con buen nivel educativo (un señor respetable para entendernos) pensando algo como: “Tolkien. Mmm... ¿éste no es señor ese de historias de fantasía”, hojeándolo luego con interés, porque si una editorial tan respetable como Espasa ha editado ese libro, entonces puede que tenga verdadero valor literario. Habrá que darle una oportunidad.

Me alegro de que ese tipo de lectores comprueben por sí mismos que el libro tiene “valor literario” y que Tolkien no sólo escribía para niños y adultos pueriles, pero al mismo tiempo me apena de que se juzgue a un libro por su imagen. Igualmente lamento que se desprecie el placer estético. Los mejores libros de este mundo no son los que no tienen dibujos. Lo que ocurre es que se nos ha enseñado que las ilustraciones son cosa de niños. Desde pequeños hemos aprendido de los mayores y en la escuela que la imagen es algo infantil que debe ser superado. La imagen contra la palabra. La “simple” apariencia contra el concepto puro e ideal que hay por debajo.

Ah, es cierto que al mismo tiempo nos bombardean con imágenes desde la televisión y descubrimos la belleza del cine, pero la distinción entre la imagen (lo visual, lo estético) y la palabra (el concepto, la idea, lo trascendente) persiste. De aquí procede el rechazo de muchos intelectuales por la imagen, personas serias que menosprecian el placer frívolo e intrascendente de lo visual. El libro, como registro de la cultura humana, es algo demasiado serio para distraernos con tonterías como una ilustración de portada. ¡No digamos ya el interior! Los libros serios, los mejores libros, -nos han repetido tantas veces como la institutriz de Alicia- no contienen ilustraciones. Rebuscando en ideas ciertamente anticuadas podríamos decir que un libro respetable es como una mujer respetable: viste con discreción, no se exhibe...

Quizás parezca que con el ejemplo anterior llevo demasiado lejos mis razonamientos pero no lo creo así. Intuyo que esta disyuntiva entre lo visual y lo conceptual tiene raíces muy profundas en lo que ha sido nuestra cultura occidental en los últimos siglos. Tal análisis me excede pero quede clara mi idea de que aquí pesa mucho ese rechazo de lo aparente y de lo físico, del cuerpo perecedero frente al alma, tiene mucho que ver con el cristianismo. Tampoco olvido el famoso “mundo de las ideas” de Platón, si bien el propio filósofo era un gran admirador de la belleza.

Semejante disyuntiva ha sido tan injusta como empobrecedora. Para la literatura y también para las otras artes, porque aquí hago cierto llamamiento a la solidaridad entre espíritus creativos. El ilustrador no frivoliza el libro. Sus ilustraciones no son -recuperando los símiles retrógrados- como maquillajes que hacen a una mujer parecer deshonesta. Su trabajo, además de meritorio, embellece al libro y añade el placer visual al contenido del libro en sí, que no por más inaprensible y conceptual es más puro o superior en forma alguna.

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